ABajarsexo | Sexo con chicas desnudas guarras | Chat de sexo gratis » Relatos eróticos http://www.abajarsexo.com Fotos de tias mus buenas desnudas y sexo. Chicas muy guarras por el chat de sexo Sat, 04 Feb 2012 23:33:11 +0000 http://wordpress.org/?v=2.9.2 en hourly 1 Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 8/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-8 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-8#comments Fri, 18 Apr 2008 13:30:26 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-8 - ¡Para de morderme maldita zorra! –gruñó con dolor Sirkka, al tiempo que sentía como su espalda chocaba contra la pared. Su rival la había arrastrado hasta esa posición desfavorable, y un escalofrío recorrió su cuerpo, extraño entre el frío de la pared y el calor del cuerpo de la sueca.
- ¿No puedes tomar mi beso, furcia barata? –jadeó Lena, sabiéndose victoriosa ahora.
- ¡Puta, tú no pudiste tomar mis pezones! –se enojó Sirkka, y vio sonreír a Lena. Maldiciéndose por haber indirectamente admitido su derrota de su lengua y de sus labios, la finlandesa miró desafiante a su contrincante.
- ¿Entonces por qué no tomo un poco más de tus pezones y tu tomas un poco más de mi lengua? –desafió Lena, sacando la punta de su órgano húmedo de entre sus cremosos labios.

- Tomaré eso y lo que QUIERAS añadir, Lena –ronroneó lujuriosamente la finlandesa, frotando su cuerpo con suavidad contra el de su rival.
- Oh, sí, Sirkka, también tomaremos ESO –la sueca supo leer las palabras y la mirada de su oponente. Lena trajo lentamente su entrepierna hacia delante, y justo cuando ambas sintieron el roce de la otra braga mojada, cuando ambas jadearon casi imperceptiblemente ante la sensación, el ruido de una llave sonó en la puerta. Paralizadas, ambas no supieron qué hacer mientras la puerta se abría.

Verónica, la bonita compañera de piso de Lena, entró bruscamente en la habitación, como si la hubieran empujado. La llave cayó de sus dedos, al tiempo que se giraba con un gemido de rabia. Su vestido de Caperucita Roja estaba hecho harapos, y su cuerpo brillaba a causa del sudor. De un portazo, una bella muchacha de su misma edad entró en el piso, con fuego en sus ojos. La recién llegada era rubia, y vestía un destrozado disfraz de duende. Los cuerpos perfectos de las chicas chocaron en un ruidoso abrazo pecho a pecho, y las dos se tambalearon entre mordiscos y gemidos hacia la habitación de Verónica, tan absortas en su duelo, que ninguna vio a las dos nórdicas abrazadas contra la pared.

Las rubias vieron como Verónica empujaba sobre su cama a su oponente, antes de cerrar su puerta bruscamente. Ahora, sólo suave gemidos llegaron del dormitorio, y no podían decir si eran de placer, de dolor, o de ambas cosas.
Lena notó entonces algo entre sus piernas. Algo crecía en su interior, y enseguida supo que su clítoris empezaba a asomarse de entre la oscuridad húmeda de su sexo. Su larga lanza se endurecía ante esos gemidos, y no pudo pensar en otra cosa que en ella y Sirkka, desnudas, en un cuerpo a cuerpo final, con su clítoris empujando y doblando el de Sirkka. No sabía el porqué de ese pensamiento lésbico, el porqué venía a su mente justo ahora el deseo de acabar follando con su más odiada rival. No sabía de dónde venían esos pensamientos. Pero sabía que era ESO lo que había deseado desde la primera vez que la vio, aunque hasta ahora no había podido definir sus sensaciones.

Y, por el centelleo de los ojos azules de Sirkka, Lena supo que la finlandesa deseaba EXACTAMENTE lo mismo.
- ¿Lo notas? –susurró Sirkka entonces, y Lena de pronto se dio cuenta de a lo que su rival se refería. En su entrepierna, algo se clavaba insistentemente. No era la única cuya lanza sexual había despertado.
- Lo noto –jadeó la sueca, caliente-, y es pequeño.
- ¿Estás segura? –replicó la finlandesa, mientras ambas empezaban a frotar con insistencia sus entrepiernas. A pesar de sus destrozadas faldas y sus bragas, el calor en sus ingles fue descomunal-. ¿Podrías tomarlo sin nada por medio?
- Podría –dijo Lena-. ¿Podría tomarlo ese endeble clítoris tuyo?
Sirkka tembló entre sus brazos. Al fin habían dicho la palabra prohibida, y casi con sólo su pronunciación la finlandesa había estado a punto de estallar en un duro orgasmo. Tomando aire, trago saliva.
- Follemos –masculló Sirkka, y ambas perdieron el control. Agarrándose los restos del otro disfraz, empezaron a tironear de ellos, buscando la desnudez rival. Entre sonidos de telas rasgadas, fueron tambaleándose por el salón, hasta el dormitorio de Lena. Tras un mutuo empujón, Lena cerró la puerta de un portazo y se lanzó sobre su rival, cayendo ambas en la cama. Allí terminaron de rasgar sus vestidos, quedando ambas en bragas. Pero pronto las bragas azules de Sirkka y las amarillas de Lena fueron dolorosamente rasgadas, y las dos bellezas se lanzaron en un férreo abrazo, rodando en la cama.

Entonces, sus clítoris se tocaron accidentalmente, y ambas gritaron, separándose desesperadamente entre jadeos. Sentándose a un lado de la cama, Sirkka se llevó la mano enseguida a su entrepierna, asustada. Pero a pesar de la enorme humedad, no se había corrido como había creído. Pudo comprobar como Lena había tenido la misma duda, pues se tocaba su sexo… y entonces es cuando se fijó en él. Y, al verlo, la vista se le nubló, y sus pezones y clítoris crecieron en longitud y dureza.

- Depilada… como yo –jadeó lujuriosamente Sirkka.
- Veo que… Hans también te… convenció a ti –jadeó en respuesta Lena.
- Bueno –la finlandesa lamió sus labios-. Así nada se… interpondrá entre… nosotras.
- Perfecto… ven aquí.

Lentamente, las jadeantes nórdicas gatearon hacia la rival. Para ambas todo pareció trascurrir a cámara lenta: su rival se alzaba sobre sus rodillas a la velocidad que crece una planta. Una sudorosa y desnuda planta. Por instinto, sus cuerpos se abrazaron pegajosamente, sin que ninguna recordara haberlo hecho. Sus pechos y pezones se rasparon gastados, trasmitiendo más calor a sus entrepiernas, aún separadas por escasos milímetros. Con sus vientres juntos como lapas, las dos rubias notaron el ardor surgiendo del otro sexo. Sus clítoris crecieron aún más, tan duros como rocas. Sus ojos claros se encontraron entre brillos de odio y pasión, y sus brazos se ajustaron más férreamente alrededor del otro cuerpo desnudo.

Entonces, Lena empujó adelante con sus caderas, trayendo sus clítoris juntos. Con una mueca de desprecio, Sirkka imitó a su rival, maldiciéndose por dejar que la sueca hubiera llevado la iniciativa. Y, justo en ese momento, sus clítoris duros volvieron a tocarse. Y volvieron a gritar.
Sin embargo, esta vez ambas lograron mantener sus calientes clítoris en contacto. Sus lanzas placenteras se frotaron sensual y lentamente desde todas las direcciones, y de distintas maneras. Jadeando pesadamente, las dos mujeres movieron sus caderas arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Sus clítoris chocaron como espadas, dando tajos, embistiendo, defendiendo y perforando. Sus pechos se unieron a esta batalla, aplastándose juntos mientras los largos pezones se clavaban dolorosamente en la otra carne.

Sirkka vio entonces a Lena llorar. Calientes lágrimas caían desde sus bellos ojos, recorriendo sus mejillas y saltando a su propia cara. Entonces la finlandesa notó que ella también lloraba, y las lágrimas de ambas se mezclaban en sus perfectos rostros, que ahora mostraban muecas de angustia sexual. Sus bocas estaban abiertas, soltando respiraciones pesadas y cálidas, tragando lágrimas propias y ajenas que dejaban un regusto amargo en sus lenguas y labios.
Lena percibió miedo en los ojos de Sirkka, al mismo tiempo que se vio reflejada en sus profundos ojos azules, observando su propio temor. Ambas temblaban: de placer, de lujuria, y de miedo a la derrota y a la humillación sexual. Sus sexos palpitaban casi dolorosamente mientras ambas se sentían, ahora con movimientos más violentos y rápidos. Jadearon angustiosamente, deseando huir a la vez que deseando follar ese maldito cuerpo perfecto de la rival.

Sirkka, deseando apagar su propia respiración ruidosa, lanzó su boca abierta contra Lena, besándola ávidamente. La sueca aceptó el desafío, y sus largas lenguas rosadas se entretejieron en una nueva batalla. Sus brazos estrujaron con todas sus fuerzas el otro cuerpo, provocando que sus tetas se aplanaran casi totalmente. Ambas gimieron en la otra boca, sin dejar de besarse con violencia y fuerza.

Las dos nórdicas notaron como el mayor orgasmo de sus vidas iba haciéndose notar en sus ingles en duelo. Era doloroso, y ambas supieron que, seguramente, sería definitivo. Agotadas, y sin saber muy bien cómo, cayeron sobre el colchón de la cama, donde rodaron de un lado a otro, empujando con sus pelvis con fuerza. Descontroladas, sólo buscaban que la otra se corriese antes que su propio orgasmo la derrotase. Con gruñidos salvajes, intercambiaron sus posiciones a gran velocidad sin dejar de moler cuerpos.
- ¡Córrete puta! –gritaron a la vez.

Entonces, Sirkka empujó su clítoris con sus escasas fuerzas contra el de Lena, y la sueca gritó angustiada. La finlandesa logró montarla, mientras notaba como su sexo estaba a punto de explotar. El sudor y el olor llenó sus sentidos, y ambas batallaron en el final de su larga guerra. Lena, desesperada bajo Sirkka, besó con rabia los suaves labios de su rival, haciéndola jadear. Sirkka replicó al beso, mientras las rubias estrujaron juntas sus tetas desgastadas, y sus sexos calientes.

- No, no, no… -jadeó Sirkka, notando como el orgasmo llevaba. Iba a perder, y lloró. Esa zorra sueca iba a derrotarla finalmente…
Entonces, algo explotó entre sus piernas. La finlandesa se sorprendió al oír el grito agónico de Lena. ¡Ella se corría! La sueca tembló y se convulsionó bajo ella, maldiciéndola en su lengua natal, mientras Sirkka estrujaba su cuerpo para sellar su victoria final con su propio orgasmo. Su coño estalló entonces, y Sirkka disfrutó de él mientras saboreaba los suculentos labios de Lena, que ahora lloraba derrotada.

- No creas… que esto ha acabado… puta –jadeó Lena, mientras sus ojos se cerraban.
Diez minutos después, Sirkka salía del dormitorio, vestida con ropa del armario de Lena. Orgullosa, pero totalmente agotada, se tambaleó hasta la puerta de salida. Entonces, oyó un ruido, y una dulce voz.
- ¿Has ganado o perdido?
Girándose, Sirkka vio a la rubia que había entrado en la casa con Verónica. Como ella misma, la mujer estaba agotada, sudorosa, y vestida con ropa que la finlandesa había visto usar a la compañera de piso de Lena.
- Ganado, aunque por poco –tuvo que admitir Sirkka-. ¿Y tú?
- Gané. También por poco –la mujer se adelantó, y ofreció su mano a Sirkka-. Me llamo Suzanne, y soy holandesa.
- Sirkka, de Finlandia.
Sus manos se estrecharon, con más fuerza de la que ambas tenían, y sus miradas se cruzaron.
- Cuando quieras –fue todo lo que dijo Suzanne, leyendo la mente de Sirkka. Entonces la holandesa abrió la puerta, y se marchó, notando como Sirkka miraba su cuerpo con deseo y rivalidad.

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Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 7/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-7 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-7#comments Thu, 17 Apr 2008 13:28:11 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-7 El inicio brusco llenó de gemidos ultrajados el aire, pero tan pronto como había empezado el duelo violento, éste se convirtió en algo más lento, más sádico, más táctico. Nada más entrar en el salón se habían dejado llevar por el ardor del deseo, pero poco a poco el duelo volvía al cauce lento y sensual que había llevado desde que se habían encontrado en el Schlossgarten la mañana anterior.

A pesar de la tormenta de exterior, el silencio llenó la habitación, sólo roto por suaves jadeos y por el sonido de carne frotándose con carne. Cara a cara, labio a labio, las nórdicas batallaron con las miradas fijas en los otros bellos ojos claros. A veces, por sus rostros cruzaba una sombra angustiosa, como si alguien pasara un cuchillo por sus tetas. De hecho, es lo que les hacía sentir los otros largos pezones.
- ¿Aún crees que tus tetas son mejores que las mías, zorra? –jadeó Sirkka, dando un suave pero firme empujón con sus pechos.
- Definitivamente lo son, furcia –Lena replicó, frotando circularmente sus tetas con Sirkka-. Y Hans piensa lo mismo.

- ¡Embustera! –gruñó la finlandesa, abrazándose duramente a su rival, que jadeó dolorida antes de responder con la misma fuerza.
- ¡Demuéstrame que me equivoco! –desafió la sueca.
Ambas empezaron a usar más sus hombros para lograr mejores palancadas contra la oponente, trayendo sus orbes juntos sudorosamente, ansiando disminuir el otro pecho a su mínima expresión. Aumentando progresivamente la presión, sus tetas se hicieron literalmente puré de carne ante la enorme compresión. Sus cabezas terminaron giradas, quedando ambas mejilla a mejilla. El sudor las empapaba, haciendo más resbaladizos sus cuerpos y pechos. Pero nada de ello frenó la intensidad del duelo de senos.

Tras un largo minuto más de duelo, Lena apartó su rostro de Sirkka para mirar abajo, a sus pechos en duelo. Su cara mostró decepción: no había podido aplastar ni un milímetro del otro orbe. Sirkka miraba sus tetas también, con la misma frustración. Ese sentimiento las impulsó a usar todas sus fuerzas en ese empeño: machacar las otras tetas totalmente. Reajustando sus cuerpos, las dos colocaron sus cabezas sobre el otro hombro derecho, y se abrazaron aún más duramente, entre gemidos doloridos.

Ni una ni otra podía creer que unos pechos y sus pezones pudieran causar tanto sufrimiento. Y lo hacían. Sólo deseaban que la otra rubia estuviera soportando tanto dolor como ella misma.
Sirkka supo que el duelo podría alargarse durante horas a este ritmo, por lo que decidió cambiar de táctica para romper el estancamiento. La finlandesa aflojó sus brazos para echarse levemente atrás. Tras tomar aire e inflar sus tetas, Sirkka empujó con ellas, lenta pero pesadamente. Lena hizo una mueca de malestar, e imitó a su rival. Así, ambas inflaron sus pechos, y los aplastaron juntos, mirándose de nuevo a los húmedos ojos. Una, dos, tres veces; relajaron, endurecieron, atacaron. Sus pechos llenos de aire caliente se aplastaban en igualdad de condiciones, pero al observar el enrojecido rostro de Lena, Sirkka supo que ella estaba tomando de alguna manera la delantera. ¿Pero cómo?

Entonces, Sirkka lo notó. Sus pezones marrones estaban doblando las lanzas rojas de Lena. Levemente, por poco, pero sus pezones estaban ganando. Decidida, la finlandesa buscó con ansia el contacto directo, pezón a pezón. Lena, notando la derrota de sus pezones, intentaba evitar el choque entre sus palillos, pero el mutuo y férreo abrazo impedía que una u otra pudiera alejarse lo bastante. Jadeando, la sueca terminó desesperadamente entrando en el juego. Pero tras más de tres minutos de intensa lucha pezón a pezón, y a pesar de haber logrado alguna que otra victoria en sus choques, Lena supo leer en los ojos de la finlandesa que la batalla tomaba el color marrón de los pezones de Sirkka.

Una última embestida de los pezones de Sirkka dobló totalmente los pezones de Lena hacía abajo, haciendo gritar de angustia a la sueca. Las manos de Lena se convirtieron en garras entonces, y sus uñas se arrastraron de un lado a otro de la espalda desnuda de la finlandesa. Sirkka gruñó y apretó los dientes, levantando su cabeza mientras una lágrima se escapaba de sus ojos azules. Lena aprovechó para embestir con sus tetas. Sonoramente, sus pechos aplastaron los de Sirkka, haciéndola jadear de tormento. Los pezones de Lena, como lanzas de caballería, se hundieron en el pecho de su oponente, mientras Sirkka caía al suelo del piso de su enemiga. Lena cayó sobre ella, y jadeó al sentir como sus pechos se empalaban contra los perforantes pezones que esperaban en los orbes redondos de Sirkka. La finlandesa gritó de dolor al sentir como su cuerpo y sus pechos eran aplastados, y alzó su cabeza en un acto reflejo. Sus frentes chocaron ruidosamente, al mismo tiempo que un trueno resonaba en el cielo, y Lena cayó a un lado, llevándose las manos a su dolorida frente.

Con sus ojos azules llenos de lágrimas, las dos mujeres rodaron por el suelo, alejándose de la otra. Jadeantes, ambas quedaron tumbadas, frotándose la dolorida cabeza con una mano y masajeando sus aplastadas tetas con la otra.

Sirkka sollozaba, con la habitación dando vueltas alrededor suya. Decidió cerrar los ojos para combatir la sensación, y pareció funcionar cuando notó una fuerte mano agarrando su bello cabello ahora oscurecido por el barro seco. Dolorida, Sirkka abrió los ojos justo para ver a Lena asomarse sobre ella, con ojos asesinos. El puño libre de la sueca se alzó en el aire amenazadoramente, y antes de que Sirkka pudiera reaccionar, éste se clavó en su pecho izquierdo con enorme fuerza. El grito de la finlandesa resonó en todo el piso, y Lena pareció dudar. No quería despertar a los vecinos, no que llamasen a la policía. Pero Sirkka, enrabiada, no pensó en ello, y lanzó su puño contra la teta derecha de Lena, que gritó y se apartó de ella. Ambas se levantaron con rapidez, alzando sus puños cerrados de forma amenazadora.

- Puta, voy a destrozar esas malditas tetas tuyas –gruñó Lena.
- Supongo que no has tenido bastante con mis pezones destrozando tus pechos, zorra –replicó Sirkka, mientras ambas se circundaron-. Pero si quieres que ahora los destroce con mis puños, ven aquí.
- ¡Maldita engreída! –rabió Lena, sabiendo que el duelo de pechos lo había perdido. Tenía que equilibrar la balanza, pero no podía dejarse llevar por la rabia de nuevo. Si alguien las oía gritar sobre la tormenta, y la policía llegaba allí, las detendrían. Y no quería que todo acabase con Sirkka teniendo la ventaja de haber vencido a sus tetas. Así, se calmó-. Si quieres que sigamos con esto, deberemos hacerlo en silencio. No quiero que me detengan antes de acabar contigo.
- Valientes palabras para una chica con tetas tan sensibles –Sirkka había tomado al fin ventaja en algo, e iba a explotarlo. Pero sabía que Lena tenía razón-. Tampoco quiero que nos paren antes de enseñarte más lecciones, así que simplemente hagámoslo en silencio.
- Entonces que sea con palmas en vez de con puños, si te atreves –dijo Lena, abriendo sus manos-. Y nada de bofetadas. No quiero oírte gritar, zorra debilucha.
- Ni yo a ti, puta endeble.

Un nuevo trueno dio la señal. Las dos muchachas avanzaron con sus brazos colgando en sus costados y sus palmas abiertas. Cuando Sirkka estaba a tiro, Lena dio un rápido paso adelante y golpeó con su palma derecha sobre la teta izquierda de su odiada enemiga. No fue una bofetada al estilo clásico, sino un golpe recto con su palma, como si fuera una luchadora de sumo. Enseguida atacó con su otra palma, golpeando el otro pecho justo en el centro de gravedad del orbe de Sirkka, sobre su pezón. Lena vio los orbes perfectos de su rival estremecerse como dos globos del agua ante los impactos secos, y a Sirkka gemir de dolor. Los pezones de la finlandesa se sintieron ásperos y duros bajo sus palmas, y ello enojó a Lena, recordándolos contra los suyos. Al menos la mueca de dolor silenciosa de su contrincante aliviaba ese recuerdo.
Entonces, Sirkka replicó con una mirada de animadversión y lujuria.
La rubia golpeó con la misma técnica a su rival, alcanzando su teta derecha. Sirkka amagó un ataque con su otra mano, engañando a Lena, y volviendo a golpear la misma teta. A pesar de todas sus palabras arrogantes sobre los pechos de Lena, y a pesar de su victoria en el duelo de pechos, Sirkka notaba los otros orbes duros, firmes y resistentes bajo sus palmas, y los odió por ello. Lena gruñó por un tercer golpe, ahora en su otra teta, y replicó con un rápido y consistente golpe al pecho derecho de Sirkka, que jadeó mientras su pecho temblaba.

Girando una alrededor de la otra en el salón, Lena y Sirkka intercambiaron media docena de golpes más, y detuvieron otros tantos, antes de que Sirkka atorara deliberadamente su palma derecha en el vientre de Lena. Lena dio un paso atrás, jadeando por el golpe, y cuando Sirkka se le echó encima, golpeó rápidamente arriba, bajo la barbilla de su oponente. Entonces, mientras Sirkka gruñía, Lena golpeó con su palma el plano vientre de la finlandesa, cortándole brevemente la respiración, pero Sirkka pudo lanzar un golpe afortunado contra su pecho izquierdo como réplica, haciendo que ambas se separasen y, entre jadeos agotados, se circundaran atentamente.
- Así que quieres incluir nuestros vientres en esto, ¿no Sirkka? –jadeó Lena.
- ¿Tienes miedo de que también lo destroce como hice con tus tetas, Lena? –jadeó Sirkka.
- Mi vientre es mucho más duro que el tuyo.
- Demuéstramelo.

Las dos rubias volvieron a embestir, golpeándose mutuamente los vientres. Sin embargo, en vez de volver a golpear, Lena y Sirkka mantuvieron sus manos derechas en el tenso vientre rival, escavando con ellas mientras con sus brazos izquierdos cercaban el otro cuerpo por sus cuellos, medio abrazándose. Mirando abajo, ambas mantuvieron sus tetas separadas por un mutuo acuerdo silencioso mientras sus dedos arañaban, penetraban y tanteaban el firme estómago de la otra. Jadeando y gruñendo, ambas se metieron en este nuevo desafío de cuerpos con ardor y lujuria.

- ¿Sientes MIS músculos, perra? –jadeó Sirkka, orgullosa de su vientre plano-. ¿Crees que puedes tomarlo antes de que YO acabe con el tuyo?
- ¿Por qué no simplemente disfrutas de MIS músculos? –replicó Lena, apretando su vientre ante el vicioso ataque de los dedos de la finlandesa-. ¿O mis dedos son demasiado para TU fofo vientre, zorra?
- ¡Puedes traer tu vientre contra el mío y ver QUIÉN tiene el vientre fofo, puta! –se enojó Sirkka, metiendo un dedo en el ombligo de Lena y haciéndola temblar.
- ¡Tráelo entonces, furcia, porque estoy deseando humillar esa GORDA barriga tuya! –Lena imitó a su enemiga, penetrando su ombligo con su índice.
- ¡Espero que tu vientre lo haga mejor que tus pezones, Lena, o no tendré con lo que entretenerme!
- ¡Tendrás más de lo que esperas, Sirkka, y luego volveremos a ver qué podemos hacer pezón a pezón, si te atreves!

Las chicas apartaron sus manos tras unos últimos y viciosos arañazos, para chocar sonoramente vientre a vientre. Ambas mantuvieron aún sus tetas apartadas, aunque el duelo de vientres hizo que sus pezones se rozasen de vez en cuando, trayendo muecas de lujuria a sus bellas caras. Hambrientas, ambas agarraron el otro cabello mientras frotaron sus tensos vientres juntos, arriba, abajo, a un lado y a otro. Sus sudorosos y resbaladizos abdómenes eran perfectamente planos, y eran a la vez femeninos y firmes gracias a los ejercicios que diariamente realizaban las dos.

Sus ombligos se alinearon y succionaron juntos mientras las nórdicas ajustaron una y otra vez sus vientres en duelo, rehuyendo el contacto teta a teta. Sirkka admitió silenciosamente que el vientre de Lena era tan terso y resistente como el suyo, y por la mirada de respeto y lujuria de los ojos azul-verdosos de Lena, ella supo que la sueca pensaba lo mismo de su vientre. Ni una ni otra encontrarían nunca un desafío tan igualado como el que les daba la otra muchacha.
La pugna se alargó durante más de cinco agobiantes minutos, hasta que los constantes roces de pezones dieron paso a choques intencionados de pechos. Lena deseó una revancha con Sirkka, y la finlandesa estaba decidida a demostrar que su anterior victoria no fue fruto de la casualidad o la suerte. Ambas chicas embistieron teta a teta, pezón a pezón, tirándose del pelo con fuerza y manteniendo sus vientres lo más juntos posibles.

- ¡Debes amar sentir mis tetas aplastando las tuyas! –gruñó Sirkka, frotando sus pechos con Lena durante unos lujuriosos segundos antes de volver al duelo de choques de tetas-. ¡Volveré a destrozártelas como antes!
- ¡Lo único que amo es esta sensación de mis tetas abrumando las tuyas! –jadeó Lena, logrando un tembloroso jadeo de Sirkka tras una dura embestida-. ¡Y cuando acabe con ellas iré por esos pequeños pezones marrones!
- ¿Por qué esperar? –Sirkka empujó sus pezones directamente contra los de Lena, y la sueca gruñó ante la sensación-. ¡Voy a partir esos débiles pezones rojos tuyos en dos!
- ¡Si crees que vas a tener tanta suerte como antes, es que eres más estúpida de lo que creía!
Sirkka y Lena empujaron sus pezones juntos con rabia, y las dos no pudieron reprimir un pequeño grito de dolor y lujuria ardiente. El duelo de pezones se intensificó durante unos pocos segundos antes de que la tensión fuera demasiado para ambas, y con un gemido los dientes de Lena resbalando a través de la mejilla derecha de Sirkka, mordiéndola con efusividad. Triturando sus tetas totalmente ahora, las chicas empezaron a morderse las mejillas y barbillas, como animales, dejándose llevar por la lujuria de sus cuerpos sudorosos. Silbando, las rubias terminaron encajando sus bocas juntas, y tras un rápido intercambio jadeante de mordiscos en los otros suculentos labios, las jóvenes separaron sus dientes.

- ¿Quieres seguir con esto? –jadeó Sirkka, con sus labios calientes rozándose con los de Lena.
- ¿Podrás tomarlo? –replicó calientemente Lena.
Ambas torcieron sus cabezas y se besaron con una pasión que ninguna podía creer de sí mismas, con sus largas lenguas enlazándose lujuriosamente. Ninguna era lesbiana, pero esto les parecía una evolución natural de su ardiente duelo, una forma más de marcar el cuerpo rival con su sello, otra manera más de humillar la sexualidad de la enemiga. Ambas se odiaron ahora más que nunca, odiándose por haber tenido que llegar a esto, por sentir los otros suculentos labios y las otras húmedas lenguas. Pero ninguna se retiraría, por orgullo, y por deseo de humillación.
Así siguieron pasionalmente abrazadas, pecho a pecho, pezón a pezón, vientre a vientre, lengua a lengua, durante una eternidad, o eso le pareció a ambas. Antes de que se diera cuenta, Sirkka empezó a notar como la lengua de Lena hacía unos lentos pero firmes movimientos circulares alrededor de su propia lengua y del interior de su boca, causándole una sensación ardiente increíble.

Jadeaba de placer, y de humillación, y fue entonces cuando empezó a sentir como su lengua iba siendo dominada muy lentamente, iba siendo besada hasta la sumisión. Finalmente, Sirkka no pudo con la pasión demostrada por Lena y apartó su boca de la de la sueca con una explosión de aire caliente. Ambas jadearon entre los brazos rivales, y Lena enseguida fue a buscar los labios rivales, pero Sirkka la evitó, y Lena se lo hizo pagar con un ardiente mordisco en su mejilla.

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Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 6/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-6 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-6#comments Wed, 16 Apr 2008 13:25:51 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-6 - Has notado más de lo que he notado yo en ti.
- Tengo ABUNDANTES argumentos ahí mismo, todos para ti –dijo Sirkka, empujando su pecho suavemente contra el de Lena.
- No son argumentos de suficiente PESO para convencerme, zorra –replicó Lena, frotando sus tetas contra las de Sirkka con lentitud.
Sirkka sintió como los pezones de Lena traspasaban ambos vestidos y se clavaban directamente en sus pechos, junto a sus aureolas. Por el gesto en el bello rostro de la sueca, sin embargo, la finlandesa supo que sus pezones estaban haciendo bien su trabajo también en las tetas de Lena. Mordiendo su labio inferior, Sirkka movió levemente los hombros, al tiempo que Lena hacía lo mismo. Sus cuatro pezones se tocaron bajo sus telas, y las dos rubias jadearon, mirándose con odio a los ojos.

Cada vez más empapadas por la cada vez más fuerte tormenta, Lena y Sirkka usaron sus calientes pechos y sus largos pezones duros una contra otra, siempre lentamente y sin apartar la mirada de la otra cara. Sirkka tuvo que cerrar momentáneamente sus bonitos ojos cuando el pezón derecho de Lena dobló su pezón izquierdo durante un segundo. La finlandesa gruñó, y segundos después logró torcer el pezón izquierdo de la sueca, haciéndola gemir de dolor. Sirkka se preguntó lo que ambas podrían hacer si no estuvieran separadas por sus ropas y sostenes, y el daño y la humillación que ello traería al duelo.

Siguiendo el lento combate, ambas bellezas rastrillaron tetas y pezones, una contra otra, con un ritmo cada vez algo mayor. Ignorando la lluvia que caía sobre sus cabezas, hombros y espaldas, las dos nórdicas siguieron inclinadas adelante con sus torsos superiores, moliendo, frotando y clavando.

Lena entonces soltó un angustiado jadeo al sentir todo el peso completo de ambos pechos de Sirkka sobre los suyos. Sirkka se había hartado de jugar con pezones, y ahora embestía con todo. Lena replicó con toda su masa de carne, y la finlandesa sintió todo el peso completo del otro pecho firme. En una especie de juego lujurioso, ambas intercambiaron por turnos sus embestidas: Lena, Sirkka, Lena, Sirkka, Lena, Sirkka. Tras una docena de topetazos, las nórdicas echaron levemente atrás sus cuerpos, para embestir enseguida duramente. Tras el golpe, ambas gruñeron de dolor, pero dejaron sus pechos presionados juntos, comenzando una intensa y lenta pugna de tetas exprimidas. Deseaban saber cuáles orbes podían soportar más presión, aún cubiertos por sus cada vez más deshilados y húmedos trajes.

Tras soltar algún que otro jadeo de esfuerzo y sufrimiento, las chicas apartaron sus doloridos pechos, y sus miradas bajaron a los senos rivales. A causa de la lluvia y de la presión entre sus cuerpos, ahora sus disfraces de Alicia y de Ricitos se empezaban a trasparentar a la altura de sus redondas tetas, donde los sostenes ya no se ocultaban y donde sus pezones destacaban cada vez más. Rabiosas ante tal visión, ambas volvieron a batallar pecho a pecho, con bruscos movimientos de hombro y angustiados jadeos de esfuerzo. La lucha de pechos se tornó áspera, con choques más rápidos, violentos y descontrolados. El sonido del intercambio combatió con el de los truenos, mientras la lluvia traspasaba sus ropas.

- ¡Maldita puta! –jadeó Lena, golpeándose frustrada contra Sirkka, pecho a pecho. Su salvaje golpe derribó repentinamente a la finlandesa, que cayó todo lo larga que era sobre el embarrizado césped. Entre respiraciones pesadas, una y otra se miraron, asombradas ambas. La sueca enseguida dejó el estupor para atacar verbalmente a Sirkka-. ¿Quién tiene las mejores tetas ahora, Sirkka? ¿Cuáles pechos son los más grandes, eh puta?

Con una mirada asesina, Sirkka alzó su cuerpo para volver a encarar a su rival. Gruñendo de dolor al tener que apoyarse en sus agotados brazos, la finlandesa se lanzó con todas sus fuerzas contra Lena, teta a teta. El duelo de pechos volvió a empezar, ésta vez más ardiente y violento que antes. Lena tuvo que defenderse de las acometidas rabiosas de Sirkka al principio, pero finalmente el duelo volvió a igualarse entre sus dañados pechos.

- ¡Cae perra! –gritó Sirkka bajo la lluvia, estampando su pecho totalmente contra las tetas de Lena, justo al tiempo que un relámpago cruzaba el nocturno cielo. Lena gritó de dolor, y cayó atrás, derribada por el ataque de su enemiga. La nueva pausa alivió a ambas, cuyas tetas empezaban a dejar descargas muy doloridas sobre sus cuerpos. Sirkka miró con desprecio a su caída rival-. ¿Qué tienes que decir de mis tetas ahora, Lena? ¿Sabes ya qué pechos son los mejores y los más grandes, zorra?

Lena se levantó como pudo del embarrado suelo, mientras traspasaba con la mirada a su rival. Encarándose, ambas simplemente se miraron a los ojos. Esta vez mantuvieron sus tetas apartadas, sin que ninguna se atreviera a batallar con ellas. Las dos rubias las sentían zumbando, entre tensos dolores. La tormenta, además, estaba empeorando.
- No serías tan dura sin ese traje cubriéndote, zorra engreída –masculló agotada Lena, cruzando la línea que ambas deseaban traspasar.
- Justo pensaba lo mismo de ti, puta altiva –replicó sin fuerzas Sirkka, ansiosa por ver adónde llevaba el hasta ahora igualado duelo-. No creo que pudieras tomarme en algo más cercano, más íntimo y… más sucio –susurró finalmente la finlandesa, dejándose llevar por el calor que sentía bajo su pecho.
- Puedo tomar todo lo que tu cuerpo me dé –la sueca miró el trasparentado pecho de Sirkka con lujuria-, sea lo que sea.
- Bien –gruñó la finlandesa-. ¿En tu casa o en la mía?
El fino dedo de Lena llamó al ascensor. Mientras ella y Sirkka esperaban que bajara, la sueca miró a un lado y otro de la entrada del edificio donde vivía. No quería que algún vecino la viera allí, con su traje destrozado, y con su cuerpo embarrado y mojado, en compañía de otra muchacha con idéntico aspecto. No quería tener que responder preguntas. Bastante difícil había sido tener que llegar hasta aquí, en plena noche lluviosa, manteniéndose en pie a pesar de que sus piernas no daban más de sí sólo por mantener su orgullo ante su odiada rival finlandesa. Lena se preguntaba si Sirkka estaba tan cansada como ella, pero si lo estaba, lo ocultaba bien, como ella misma.

El ascensor abrió sus puertas, y Lena miró con repulsa a la otra chica.
- Si sabes lo que es bueno para ti, y para tu cuerpo, no entres en el ascensor –amenazó la sueca. Eran las primeras palabras que se dirigían desde que abandonaron el césped de la universidad.
Por respuesta, Sirkka la miró con desprecio, y entró en el iluminado espacio del ascensor. Lena sonrió malévolamente, entrando enseguida y pulsando el botón del quinto piso. Las puertas se cerraron, y el ascensor subió en silencio.
- ¿Has llegado a esto alguna vez con otra chica, antes? –preguntó de repente Sirkka, rompiendo el silencio, cuando iban por el segundo piso. La pregunta pilló por sorpresa a Lena, que sólo pensaba en sobreponerse a su agotamiento para poder humillar a la finlandesa. La sueca, incluso, detecto en la voz de Sirkka cierto matiz de deseo.

- No, nunca. ¿Y tú?
- Tampoco, eres la primera –replicó Sirkka.
Lena notó en su rostro satisfacción. Entonces, supo que ella también se alegraba de que Sirkka nunca hubiera llegado a esto con nadie antes. Era la primera vez de ambas, y las dos amaban entrar en este desconocido mundo vicioso, y descubrirlos juntas, paso a paso.
- Ya he pensado qué hacer con tu cuerpo una vez que te haya batido TOTALMENTE –gruñó Lena, cuando estaban a punto de alcanzar el quinto piso.
- Yo también lo he pensado, y sé que NO te va a gustar –replicó Sirkka. Lena tuvo que resistir fuertemente sus ganas de pulsar el botón que pararía el ascensor, ansiando tomarla ahí mismo.

Con un ligero timbre, las puertas se abrieron, y ambas caminaron seguras hacia su destino final.
La palma abierta de Sirkka golpeó ruidosamente la mejilla izquierda de Lena. Mientras la sueca gruñía de dolor y alzaba su mano para devolver el golpe, la finlandesa seguía pensando en cómo habían llegado a esto. El golpe fue seco y duro, y Sirkka jadeó dolorida. La hostilidad inicial que había sentido por Lena desde que la vio por primera vez había degenerado en una sensación húmeda, viciosa y odiosa. Pero al mismo tiempo, revitalizante. Mientras retrocedía un paso atrás, Lena volvió a abofetearla, y rabiosa, Sirkka le devolvió el golpe con fuerza. Viéndola gritar y retroceder, la finlandesa disfrutó del sentimiento caliente que recorría su cuerpo: una mezcla de ira, odio, fuerza y sensualidad. Un deseo, un pasión por humillar, más fuerte que nada que hubiese sentido antes, llenó el perfecto cuerpo de Sirkka, mientras ambas bellezas se abofetearon a la vez, gimiendo. Lena agarró el traje de Sirkka, y tiró de él, rasgándolo.

La finlandesa replicó igualmente, enseñando sus dientes a su enemiga.
Las mejillas enrojecidas de Lena ardían. Tras entrar en su piso, la sueca había empezado enseguida un intercambio de bofetadas con su rival, en el salón, sin mediar una palabra entre ellas. Frustrada por la igualdad, había decidido desnudar y humillar a su oponente. Un secreto deseo lujurioso por verla desnuda invadía su cuerpo y, mientras las finas manos de Sirkka tiraban de su disfraz, también deseó enseñar su perfecto cuerpo a la finlandesa. Lena amaba haber llegado a esto con Sirkka. No sabía cómo la pequeña bola de nieve se había convertido en una avalancha épica, pero ya no le importaba. Sólo quería destrozar ese cuerpo tan similar al suyo, ver el sufrimiento reflejado en ese rostro tan bello como el suyo, ver lágrimas en esos bonitos ojos azules que desafiaban a los suyos. Mientras la mano de Sirkka rozó su pecho derecho, Lena deseó que la finlandesa la sintiera bien. Sin poder evitarlo, rasgó el escote rival, sintiendo los pechos de Sirkka bajo la tela. Mientras su sexo palpitaba, Lena, por primera vez, pensó en follársela.

La tela de sus disfraces embarrados cayeron al suelo del iluminado salón con sonidos rasgados. Ambas muchachas jadeaban y gemían mientras sus piernas se enlazaban juntas como serpientes y sus manos trabajaban sobre los torsos superiores y las faldas, y las medias blancas. Sus manos, intencionadamente o no, pellizcaron la carne bajo la ropa, mientras el duelo se calentó. Enseguida ambas quedaron en sostén, con los jirones de la falda aún colgando precariamente en sus cinturas. Ante la vista de los redondos pechos de la rival, ninguna pudo resistir la tentación y lanzó desesperadamente sus manos hacia los perfectos orbes.
Y, entonces, se sintieron.

- ¡Puta! –jadearon a la vez. Ambas cavaron con sus dedos en las glándulas temblorosas rivales, sintiéndolas suaves pero firmes bajo el otro sostén. Las manos de Lena palparon duramente bajo el sujetador azul de Sirkka, y las manos de Sirkka hurgaron férreamente bajo el sostén amarillo de Lena. Gruñendo y apretando sus dientes, la sueca y la finlandesa acercaron más sus rostros, apretándose más pierna a pierna y estrujando los otros pechos. Quedando casi boca a boca, las dos nórdicas sintieron la caliente respiración de la contrincante. Sirkka bajó la vista a los suculentos labios de Lena, y momentáneamente una extraña sensación de deseo nubló su mente. Las palabras de Lena distrajeron entonces a la finlandesa de ese oculto deseo.

- ¿Cómo se sienten esos pechitos bajo mis dedos, zorra?
- Se sienten más firmes que tus tetitas bajo los míos, puta –replicó Lena.
Enojadas, ambas agregaron más presión en los pechos cercados entre sus dos cercanos cuerpos medio desnudos. Haciendo muecas de dolor, las chicas giraron en lentos círculos en el centro del salón, acercándose al sofá sin darse cuenta.
- Noto esos pequeños pezones tuyos, Sirkka –jadeó Lena, notando como las lágrimas acudían a sus ojos-. Se sienten débiles bajo mis palmas.
- Yo en cambio apenas siento tus delicados palillos, Lena –la finlandesa usó la rabia acumulada en su interior para estrujar las tetas de la sueca, y notó como Lena le devolvía el favor con la misma fuerza-. Pronto no quedará nada de ellos para encarar los míos después.
Lena jadeó de placer y dolor ante las últimas palabras de Sirkka. Había captado la indirecta, y el desafío. Pero no pudo seguir con ese pensamiento, pues notó como sus piernas tropezaban contra el sofá. Con un leve grito de sorpresa, la sueca cayó al revés sobre el sofá, con Sirkka sobre ellas. Sin embargo, ninguna perdió el asimiento sobre los pechos de la otra.
- Oh, esto va a ser divertido –sonrió Sirkka, sobre Lena. Las dos rubias torcieron toda la masa caliente de pecho posible entre sus manos, dolorosamente, mientras las piernas de Sirkka iban encerrando el cuerpo de Lena bajo el suyo, inmovilizándola. La cara de Sirkka mostraba seguridad, con una media sonrisa dibujada en su rostro, mientras la de Lena era una máscara de odio y frustración. El sudor llenó sus cuerpos, cayendo de Sirkka sobre Lena ácidamente. Sobre el sofá, ambas trataron los otros pechos como si fuera la masa de alguna receta de cocina, exprimiendo y amasando, hasta que Lena logró empujar a Sirkka.

Cayendo al suelo, la finlandesa gimió de dolor mientras el cuerpo de la sueca aplastaba el suyo. Siguiendo estrujándose las tetas, las mujeres lucharon en el suelo, con Lena sobre Sirkka. Las dos se mascullaron insultos, amenazas y sucias palabras en sus lenguas natales, y a pesar de no entenderse ambas leyeron en las extrañas palabras mensajes de humillación, envidia y rivalidad.
Con gran esfuerzo, Sirkka logró finalmente empujar a Lena a un lado. Las chicas se arrodillaron con gran rapidez, y hundiendo sus manos profundamente en el otro pelo embarrado, chocaron cuerpo a cuerpo con un grito de rabia. Gritando ante una desconocida y electrizante sensación que recorrió entonces sus cuerpos, las dos muchachas cayeron atrás, sobre sus traseros. Fue entonces cuando ambas vieron al fin los otros pechos desnudos, jadeantes y sudorosos, y supieron que sus sostenes se habían terminado deshaciendo bajo sus uñas y dedos. También supieron que la extraña sensación eléctrica había sido producida por sus ahora desnudos pezones, que se habían doblado mutuamente juntos.

Pero ahora era el momento más esperado por ambas, y sus ojos claros volaron de arriba a abajo, de derecha a izquierda, a través del otro desnudo pecho, espectacular a pesar de las marcas de las garras. Examinaron y compararon, haciendo rápidos cálculos sobre tamaño, firmeza, levantamiento, forma. Ambas siempre habían estado seguras de que tenían el par más agradable, más grande, más bello… pero ahora, dudaban. Parecían igualadas en tamaño y forma, y tras haberse sentido pecho a pecho y con sus manos ambas creían estar igualadas también en firmeza. Y sus pezones no rompían el empate técnico: de la misma longitud y grosor, sólo el tono más rojizo de Lena y el más pardo de Sirkka diferenciaban ambos pares de lanzas. Unas lanzas que iban creciendo más y más por momentos.

- Esto SÍ va a ser divertido –gruñó Lena, obligándose a parecer confiada mientras se arrodillaba de nuevo. Sirkka la imitó, y sin necesidad de palabra alguna ambas se encararon, y muy lentamente se abrazaron. Sus vientres desnudos fueron los primeros en tocarse, y las rubias notaron la otra tersura y dureza mientras sus ombligos se absorbieron juntos. Intencionadamente, Sirkka y Lena mantuvieron apartados sus pechos mientras cercaban el otro cuerpo con sus finos y fuertes brazos y miraban profunda e inquietantemente los otros ojos, buscando alguna ventaja psicológica antes del lujurioso duelo.

Sus pezones se rozaron, y todo empezó violentamente. Con un sonoro golpe de carne a carne, sus cuerpos chocaron violentamente, y ambas usaron sus pechos como puños contra la rival, estrujando, aplastando, embistiendo, chocando. Los pezones acuchillaron, y la carne firme de pecho estalló junta.

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Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 5/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-5 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-5#comments Tue, 15 Apr 2008 13:23:46 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-5 - Vamos, puta. ¿Tienes miedo de ir abajo conmigo? –retó Sirkka.
- Deberías recordar nuestro primer encuentro ayer, en el Schlossgarten. Así sabrías que soy más fuerte que tú, zorra –respondió Lena, agachándose frente a su amarga enemiga. La sueca sabía que su duelo de piernas quedó en claro empate, pero no estaba dispuesta a conceder eso a Sirkka.
- Demuéstramelo ahora –masculló Sirkka, mientras las nórdicas alzaban sus manos y brazos lentamente, sobre sus cabezas. Sirkka respiró profundamente, al tiempo que sus yemas de los dedos se tocaban juntas. Increíblemente, una fuerte presión ya se notaba aquí, procedente únicamente de las yemas en duelo. Ambas jadearon suavemente, y supieron que el duelo de fuerza iba a ser largo y duro. Ambas eran chicas muy deportistas, y más fuertes de lo que aparentaban sus delgados cuerpos. Mirándose directamente a los ojos, Lena y Sirkka juntaron ahora las palmas de las manos, agregando mucha más presión al silencioso duelo. Con los dedos separados, las rubias empujaron adelante, aun manteniendo sus cuerpos superiores separados, mientras abrían algo más sus rodillas en la tierra para aumentar su estabilidad. Lentamente, acumularon energía y fuerza tras sus manos, empujando, buscando algún signo de debilidad en los preciosos ojos de la otra mujer.

La prueba de presión mutua siguió dos minutos más, causando leves chasquidos de dolor en sus hombros. Lena decidió que así no resolverían nada, por lo que tomando aire, se puso nariz a nariz con su odiada rival, trayendo sus pechos en leve contacto. Sirkka y Lena jadearon ante el contacto, notando como sus pezones y los de la rival se rozaban a través de sus disfraces. Lena, sin dejarse distraer por las tetas de Sirkka, siguió con su plan, deslizando con lentitud sus dedos entre los de su oponente. Así, ambas chicas entrelazaron sus dedos y manos, y el verdadero duelo de fuerza empezó.

Las manos de ambas mujeres se notaban irrompibles, tenaces. Y así se reflejaba en sus bellos rostros, donde el odio y la frustración se podían observar con facilidad. Sirkka sentía como sus antebrazos temblaban de tensión, con molestias, mientras se inclinaba adelante y traía un contacto directo desde las manos enlazadas hasta las axilas. Ambas jadearon de dolor, con sus brazos totalmente estirados arriba, mientras sus tetas ahora se aplastaban totalmente juntas, pezón a pezón. Presionadas mejilla a mejilla, las mujeres reajustaron sus torsos superiores, causando gemidos de dolor cuando sus pezones, aún bajo sus vestidos, eran capaces de cortar los otros pechos. Ambas pensaron en qué serían capaces de hacer los otros pezones si estuvieran desnudas, y se preguntaron si serían capaces de tomarlo.

Presionadas mejilla a mejilla ahora, las chicas empujaron con todas sus fuerzas, con brazos, manos y pechos. Ambas se alzaron un poco más sobre sus rodillas, buscando alguna ventaja, pero su idéntica altura ayudaba a la igualdad. Sirkka decidió ir más allá, y trajo sus hombros al juego. Lena, casi como si le hubiera leído el pensamiento, empezó a usar sus hombros al mismo tiempo que su rival, y ambas jadearon y gruñeron ante la fuerte presión en sus brazos y en sus tetas.

De repente, un giro brusco de Lena trajo su pecho izquierdo entre las dos tetas de Sirkka, quedando así atrapada al igual que el pecho derecho de la finlandesa quedaba encerrada entre los orbes de la sueca. Sus pechos se condensaron en esta nueva posición, y ambas agradecieron estar vestidas, pues las sensaciones ardientes que lanzaban sus bustos en duelo estaban distrayéndolas mucho del duelo de fuerza.

Sirkka ajustó una rodilla por detrás suya, buscando un mayor impulso en su duelo. Con un gemido de esfuerzo, Lena imitó rápidamente a la finlandesa, al notar la fuerza extra conseguida por su contrincante. Ambas jadearon mientras el duelo dejaba de ser lento y silencioso y se volvía violento, entre gemidos. De repente sus brazos bajaron hasta quedar en cruz con sus cuerpos, temblorosos por el esfuerzo. Sus tendones ardían, a punto de explotar.

- Estás temblando, puta –jadeó Sirkka, mientras notaba como Lena traía al duelo su vientre.
- Tú también, furcia –replicó Lena, notando el plano vientre de Sirkka luchar contra el suyo a través de sus telas.
- Aún no me has demostrado nada, guarra –gruñó la finlandesa, casi sin aire.
- Tú me has demostrado aún menos, zorra –jadeó la sueca, con su pecho aprisionado.
Ninguno pudo hablar más. Las otras tetas y la fuerza del otro torso superior estaban dejándolas sin aire en sus pulmones. Pensando en ello, las dos tuvieron la misma idea a la misma vez.
- ¡Es hora de dejarte sin aire! –gritaron a la vez, soltando sus manos y abrazándose con todas sus fuerzas restantes, justo cuando un lejano trueno resonó en el aire. Con sus brazos derechos por arriba y sus izquierdos por sus cinturas, las nórdicas se estrujaron cuerpo a cuerpo sobre sus rodillas, sin darse cuenta de la tormenta que se acercaba. Sus caras descansaban en los otros hombros, y las dos sintieron el caliente jadeo de la rival en su cuello. Sin embargo, sus brazos no podían más, y sus músculos se desinflaron en sólo unos segundos de duelo agónico. Así, ambas dejaron de presionarse, quedando abrazadas, arrodilladas, jadeantes, sudorosas.

Tomando aire momentáneamente, ambas descansaron, vertiendo a veces, y brevemente, algo de sus pocas fuerzas en sus doloridos brazos para intentar someter a la rival. Pero sus fuerzas se deshacían por momentos, y sus mutuos quejidos de agotamiento evidenciaban que sus brazos no podían dar más de sí, al menos durante varios minutos. Había sido un largo duelo, y ahora debían pensar en seguir con su pelea de otra forma.

Lena pensaba en ello, pero no quería pedir un cambio de táctica en su enfrentamiento, pues podría quedar como cobarde, o como derrotada.
- ¿Quieres que siga estrujando tu patético cuerpo entre mis fuertes brazos? –jadeó, amenazantemente, pero deseando que Sirkka no aceptara. Durante un segundo, la finlandesa estrujó su cuerpo, y algo insegura de seguir, Lena replicó con otro abrazo con sus últimas fuerzas, pero Sirkka enseguida dejó la presión.
- Si mis fuertes brazos ya te han dado bastante, podemos pasar a otra cosa, zorra –replicó Sirkka. Ahora fue Lena la que en respuesta a sus palabras estrujó a su rival levemente, y la finlandesa replicó con sus escasas fuerzas. Sólo duró medio segundo.
- Puedo lucharte de cualquier manera que esa sucia mente tuya piense –jadeó Lena en el oído de Sirkka.
- Y de todas esas maneras, y más, te sometería, sarnosa –la finlandesa susurró al oído de la sueca. Sirkka notó como el cuerpo de Lena temblaba bajo sus palabras, y se dio cuenta de que su propio cuerpo palpitaba también ante sus propias palabras lascivas. Pero no era un temblor de miedo, sino una mezcla de lujuria, rivalidad y duda ante una línea que cruzar.

Con un nuevo relámpago, seguido enseguida de un trueno, empezó a llover con suavidad. Pequeñas gotas frías cayeron sobre sus cabezas y hombros.
- ¿Siguen doloridas esas piernas gordas tuyas? –dijo en voz baja Lena, con arrogancia en su voz.
- No tanto como esas patéticas piernas tuyas –replicó con un jadeo Sirkka. La finlandesa quiso tomar la iniciativa iniciada por Lena-. ¿Lo quieres?
- Lo quiero –masculló con sensualidad la sueca.

Separando sus cuerpos calientes, las dos rubias se sentaron sobre sus perfectos traseros, mientras la lluvia, aún muy suave, caía sobre ellas, humedeciendo sus disfraces. Sirkka y Lena se quitaron los zapatos oscuros de ancho tacón, lanzándolos a un lado del césped. Sus bellos rostros se endurecieron con una mueca de rivalidad, al tiempo que trababan sus largas piernas mojadas. Estirándose, sus piernas se entrelazaron como serpientes, longitud contra longitud, antes de contraerse levemente en su mutuo duelo. Lena se preguntó de quién sería el par más largo. Siempre había supuesto presuntuosamente que sus piernas eran mejores en cada aspecto que las de Sirkka, incluyendo la longitud de éstas, pero mientras ahora miraba con deleite y celos las otras firmes piernas, la sueca empezó a tener sus dudas. Por el centelleo de los ojos claros de la finlandesa sobre sus propias piernas, Lena supo que Sirkka tenía los mismos pensamientos, y titubeos.

Bajo la lluvia, Sirkka jadeó mientras su muslo derecho, atrapado entre las piernas de Lena, fue estrujado. Ella pudo oír el mismo jadeo de Lena mientras aún estaban colocándose en posición. La finlandesa, por las sensaciones entre sus piernas, notó que ambas, a pesar de sus sucias palabras desafiantes, estaban muy tensas. Por alguna razón este duelo no iba a tener nada que ver con la lucha de piernas del día anterior. Quizás todo lo que había ocurrido desde entonces, con sus innumerables piques, y especialmente su ardiente baile en la carpa sólo unos minutos antes, había cambiado la perspectiva y el camino de su rivalidad. Las palabras lanzadas sin temor también habían dado una nueva dimensión lujuriosa al desafío, y ambas sabían perfectamente que la derrota vendría acompañada de alguna sucia humillación por parte de la rival.

Las mujeres inclinaron sus torsos atrás, colocando las manos en el césped tras sus cuerpos tras tomar una buena posición. Sus brazos, poco recuperados aún de su duelo de fuerza, temblaron visiblemente, pero ambas apretaron los dientes y resistieron mientras las palmas de las manos se manchaban con tierra mojada y césped húmedo.

Desde esa posición, Sirkka puedo ver como la falda blanca y amarilla del disfraz de Lena se alzaba, mostrando más de los muslos de su rival. Se veían dulces, y apetecibles, y por un momento Sirkka reconoció, con envidia, que Hans encontrara atractivas esas piernas y esos muslos. Imaginándose al hombre entre esos muslos, el corazón de la finlandesa latió a gran velocidad, rabioso, bajo la lluvia. Sirkka pudo ver, brevemente, unas bragas amarillas al fondo de esos muslos, pero las perdió de vista en menos de un segundo.

Lena tampoco había perdido la oportunidad de analizar más de los muslos de su oponente. Aprovechando que la falda blanca y azul de Sirkka no ocultaba ahora los muslos finlandeses, Lena los analizó. Húmedos bajo la tenue lluvia, esos muslos se mostraban esplendorosos y atractivos. La sueca envidió esa belleza, y durante un momento un negro pensamiento cruzó su mente: ¿Añoraba Hans estar entre esos muslos? Siguiendo con esa idea, la sueca intentó ver más allá, pero sólo tuvo un fugaz vistazo de unas bragas azules más allá de los muslos de Sirkka.
Con estas reflexiones envidiosas en sus cabezas, las chicas alzaron la vista de sus muslos a sus ojos. Azules frente a azules, aunque con tonos rojizos de rabia y furia. Sirkka dio al muslo prisionero de su enemiga un apretón amenazador, desafiante. Lena replicó con idéntica fuerza, con idéntica amenaza. Era la señal.

Con mucha lentitud, gradualmente, las chicas empezaron a estrujar, a acumular presión, sobre las otras piernas y muslos, mientras la lluvia mojaba todo el frente de sus cuerpos. Las gotas de lluvia se mezclaban con las de sudor en sus piernas y frentes, saltando bruscamente con cada apretón. Sus miradas inflamadas subían y bajaban, desde sus piernas en duelo a sus ojos azules, deteniéndose continuamente en el otro pecho, que se movía pesadamente bajo sus ropas al ritmo de sus cada vez más irregulares respiraciones. Ambas podían intuir los otros pezones bajo sus disfraces, endurecidos por el frío de la lluviosa noche y el calor de sus tensos cuerpos en duelo.

- Cuando mis piernas humillen a esos debiluchos palillos tuyos, Lena, seguiré con esas tetas –gruñó calientemente Sirkka. La finlandesa notó como los pezones de su rival se alargaban ante sus palabras, y sus propios pezones también se endurecieron bajo su disfraz, provocando cierto dolor ante la presión a la que estaban sometidos.
- Sirkka –jadeó Lena, pronunciando el nombre como si le provocara una ardiente lujuria su sola mención-, no creas que tus tetas quedaran intactas cuando termine de partir tus piernas.
Sus músculos de las piernas se tensaron con adrenalina, causando un gemido angustiado en ambas chicas. Sus brazos no pudieron mantener más el peso de sus cuerpos, y se doblaron, lanzando las espaldas de las mujeres contra el cada vez más embarrizado césped.

Tumbadas, siguieron presionándose pierna a pierna, mientras sus brazos descansaban muertos en sus costados. Sus cabellos rubios se mancharon de barro al quedar tendidas, por lo que sus perfectas coletas doradas se oscurecieron mientras el duelo de piernas siguió bajo la lluvia. Cerrando los ojos y la boca para evitar las frías gotas de la tormenta que se avecinaba, Lena y Sirkka gimieron de dolor ante el tormentoso reto. Sus piernas exprimieron totalmente a las rivales con una fuerza que nunca ninguna de ellas creyó tener, pero aún así ninguno se rindió.

La lluvia fue haciéndose más fuerte, con unos truenos y rayos cada vez más frecuentes. La intensidad cada vez mayor de la tormenta se emparejaba con la intensidad cada mayor de su enfrentamiento de piernas. Los gemidos y jadeos pasaron a ser gritos y sofocos. Nunca habían sentido tanto dolor en su vida.
- ¡Puta! –jadeó Lena.
- ¡Zorra! –replicó Sirkka.
El dolor pasó a convertirse en algo casi interno, embotado, constante, mientras también sus piernas iban perdiendo sus fuerzas. Ambas rubias usaron sus últimas reservas en un intento de tomar ventaja, pero aquello alcanzó un nivel insoportable de tensión, que concluyó con un doble grito de frustración mientras sus piernas crujían audiblemente y las chicas dejaban repentinamente de apretar. Sus largas extremidades inferiores quedaron entumecidas, paralizadas. Como dos peces fuera del agua, las mujeres jadeaban y se ahogaban bajo la lluvia mientras muy lentamente separaban sus destrozadas piernas.

Cada vez más llenas de barro y agua, ambas se sentaron, con enorme esfuerzo. Ni sus brazos ni piernas daban más de sí, pero ni una ni otra quiso pedir una tregua o un descanso, temiendo quedar como una cobarde.

Lena, entonces, alzó su mano derecha hacia su pecho. Ese pequeño gesto provocó una mueca de sufrimiento en su rostro, pues los músculos de su brazo estallaban con eléctricas sacudidas de dolor. La sueca agarró el lazo amarillo que tenía sobre el cerrado escote, y lo desabrochó, logrando que sus aprisionadas tetas tuvieran algo más de maniobra bajo su disfraz de Ricitos de Oro. Lena miró fijamente a Sirkka mientras hacía el gesto de la forma más desafiantemente posible. La finlandesa imitó su gesto, y con el mismo dolor abrió su lazo azul, preparándose mentalmente para el duelo que sabía que vendría.

Mirándose a los ojos, donde lágrimas y agua de lluvia se confundían, las dos nórdicas se arrastraron torpemente adelante. Sus piernas seguían sin dar señales de vida, e incluso este movimiento causó jadeos irregulares en las chicas. Al fin quedaron frente a frente, sentadas. Ambas estiraron sus derrotadas piernas a un lado de la otra, evitando el contacto entre ellas, mientras sus embarrados traseros quedaban lado a lado, rozándose. Ambas giraron sus torsos –Lena a la izquierda, Sirkka a la derecha-, encarándose bajo la lluvia. Si no podían usar sus brazos o sus piernas para pelear, tenían que emplearse con otra parte del cuerpo…
- Tráelas de una vez, perra engreída –jadeó Sirkka.
- Tráelas tú, furcia arrogante –replicó Lena.
- ¿Tienes miedo de acabar lo que hemos empezado varias veces? –dijo la finlandesa.
- Sabes que siempre he tenido ventaja ahí –contestó la sueca.
- Nunca he notado nada destacable ahí.

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Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 4/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-4 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-4#comments Mon, 14 Apr 2008 13:21:14 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-4 - ¡Al fin! –gritó Verónica.
- Dime que estoy perfecta –pedía Lena a su compañera de piso. Jennifer levantó la vista de su escritorio, de su libro de física, y tras recolocarse sus gafas, miró a su amiga.
- Lena, por favor, sabes que eres un bombón –dijo “la empollona”, como la llamaba cariñosamente la sueca-. Más quisiera yo tener ese cuerpo.
- No seas tan dura contigo –dijo Lena, mirando su reflejo en el espejo. Jennifer la miró con una mezcla de envidia y orgullo. La sueca estaba radiante disfrazada de Ricitos de Oro, con su cuerpazo adaptándose perfectamente al ajustado traje amarillo y blanco, de muy cortas mangas –apenas tapaban poco más allá de sus hombros- y con una pequeña falda de ancho vuelo en el mismo vestido. Un corsé amarillo apretaba su cintura y ajustaba el traje contra su curvilíneo cuerpo; del corsé, quedando justo en la parte frontal de la falda, salía un trozo de tela blanca a modo de delantal con tres pequeños ositos pintados. Las redondas tetas de Lena resaltaban ante el ajustado vestido, pero no mostraban todo su esplendor ante su prácticamente nulo escote, donde resaltaba un lazo anudado de color amarillo-. Tendría que haber comprado uno más escotado –se lamentó la sueca, mientras siguió analizando su vestido. En sus piernas dos medias blancas decoradas con algún osito tapaban desde sus rodillas hacia abajo, donde dos zapatos oscuros con tacón ancho elevaban algo su altura. La sueca se había hecho dos coletas con su largo cabello dorado, cada una a un lado de su rostro, y las había rematado con dos lazos amarillos. Así enmarcaba su bello rostro, maquillado con exquisitez y perfección: sus labios estaban pintados de un rojo claro, sus pestañas estaban bien resaltadas, sus cejas estaban perfectamente perfiladas, y sus ojos resaltados con una ligera sombra oscura de ojos-. Me voy Jennifer.

- Lena –dijo la compañera en el último momento. Cuando la sueca la miró, Jennifer sonrió-. ¡Patéale el trasero!
La sueca sonrió, y cabeceó, asintiendo, con una mirada de determinación en sus llamativos ojos azul-verdosos.
La fiesta de la Universidad era todo un éxito. La enorme carpa estaba a tope, con una pista de baile llena de bailongos universitarios. Todo el mundo estaba disfrazado. Sirkka, tras despedirse de Verónica, se cruzó con Superman, con Marilyn Monroe, con unos cuantos vikingos y con un par de orcos sacados directamente de “El Señor de los Anillos”. Pero sus ojos azules sólo buscaban a alguien en concreto: a su presa.

Lena rechazó la bebida que le ofrecía uno de los camareros, vestido de troglodita como el resto. Siguió buscando, casi olfateando el aire en busca y captura de su objetivo. Sus ojos claros pasaron sobre una pareja disfrazada de Aladdin y Jasmine, sobre unos cuantos y poco originales futbolistas, sobre algún Spiderman…

Se vieron al mismo tiempo. O mejor dicho, vieron los otros dos ojos azules, que mostraban el mismo deseo: encontrar. Casi empujando a la gente, se acercaron una a otra, sin dejar de enfocar directamente esos preciosos ojos desafiantes. De nuevo se olvidaron del resto del mundo, e incluso del resto del otro cuerpo: sólo tenían ojos para, justo, los otros ojos.
Se detuvieron a pocos centímetros de la otra, y entonces fue cuando parecieron despertar, y ser conscientes del otro cuerpo por completo. Sus rostros mostraron sorpresa, y luego odio. Sus vestidos eran, prácticamente idénticos. Igualmente ajustados, igualmente apretados, igualmente sensuales, igualmente… todo. Simplemente, donde uno era azul, el otro era amarillo.
Lena sintió un ardor nacer en sus entrañas, rápidamente extendiéndose por todo su cuerpo, resaltando especialmente en sus dos firmes pechos y en su entrepierna. Sus pezones se marcaron levemente a través de su disfraz, endureciéndose.

La sueca notó esto, e instintivamente bajó su mirada al pecho de su rival. Allí, percibió dos puntos remarcados a través del traje de Sirkka, y notó como sus propios pezones se endurecían aún más ante esta erótica visión. Obligándose a apartar la vista, Lena miró de nuevo el rostro de la finlandesa, para ver cómo Sirkka miraba su pecho con una mueca de desprecio. Lena notó como los ojos glaciales de Sirkka miraban directamente a sus pujantes pezones, y ello la excitó aún más. Con una rápida mirada arrogante, la sueca vio como los pezones de la finlandesa también se estiraban más y más bajo su disfraz.

Sirkka puso sus manos en sus caderas, en una posición desafiante, mientras trataba de controlar el calor que recorría su cuerpo. Ahora mantuvo sus ojos sobre los ojos azul-verdosos de su oponente, luchando contra su deseo de mirar los pezones de Lena, y pudo notar en la mirada de la sueca que ella también estaba usando toda su voluntad en mirar fijamente a sus ojos y no bajar la mirada. Sirkka casi notó cierto dolor en sus pezones al estar aprisionados bajo su sostén y su vestido, y deseó que Lena sintiera la misma sensación de malestar. La sensación de ardor hizo un amago de estallar cuando vio a la sueca colocar las manos en sus caderas, imitando su posición femeninamente provocadora. Sus ojos siguieron lanzándose dagas envenenadas, mientras a su alrededor la gente bailaba, reía, charlaba y ligaba sin darse cuenta de la lujuriosa batalla silenciosas de voluntades que se daba entre las dos calientes nórdicas.

Lena explotó finalmente, y sin poder evitarlo, lanzó su cara adelante. Sus labios se pegaron al oído izquierdo de Sirkka, mientras evitaba intencionadamente juntar sus excitadas tetas con los firmes pechos de su rival. Ambas agradecieron esto, pues ninguna se veía capaz de soportar el contacto de los otros calientes orbes y sus duros pezones en este momento. Sabían que perderían el control si ello ocurría, y no debían llamar la atención.

- Creo que ha llegado el momento de quitarle a Alicia esa arrogante mirada de su fea cara –Lena gritó en su oído, pues la alta música evitaba que pudieran hablar con normalidad. Mientras Lena se refería a ella como Alicia por su disfraz, Sirkka tembló levemente al notar los suaves labios de la sueca rozar su oreja, y pensó en su ex novio, Hans, besando esos esponjosos labios rojizos. Pensó si él compararía sus besos, y si ella era la deseada o la segundona en este examen. Apartando esos pensamientos fogosos de su mente, la finlandesa se inclinó adelante, sobre el oído izquierdo de Lena, mientras se lamía los labios.

- Si quieres luchar, Ricitos de Oro, vamos fuera y resolvamos esto en el césped, como mujeres –desafió Sirkka, harta de los rodeos. Ambas siguieron evitando el choque de pechos, mientras durante unos segundos ambas dieron vueltas en sus cabezas al desafío lanzado. Lena, tras aspirar el aroma de una coleta de Sirkka, lamió sus labios mientras rabiaba por la sensación de los dulces labios rosáceos de su rival en su oreja. ¿Hans los echaría de menos?
- No, zorra –jadeó Lena.
- Maldita cobar… -empezó Sirkka, pero Lena siguió su frase.
- Si deseas tenerme, tómame en la pista de baile, como mujeres –dicho esto, la sueca se separó de la finlandesa, y tras una última mirada lujuriosa, empezó a caminar hacia el gentío, hacia la abarrotada pista de baile.
Verónica bailaba con otra chica, una bonita holandesa disfrazada de sensual duende. A pesar de sus sonrisas, ambas estaban en una dura batalla por la atención de un atractivo chico, y el duelo estaba lejos de acabar. Ambas lo sabían.
- Si hace falta, terminaré con mis uñas en tus gordas tetas –masculló Verónica en español a la holandesa, sabiendo –o eso creía -que no la entendía.
Entonces, la bella morena vio pasar a Lena, seguida de cerca por Sirkka. Sonriendo, le deseó mentalmente suerte a su amiga, mientras volvía a enfocar a su rival. Ella y la holandesa chocaron teta a teta, y cuando sintió las garras de su rival en su culo, Verónica supo que el duelo había subido de nivel.

Sirkka siguió al contoneante cuerpo de Lena, muy enojada. Había perdido la calma hacía unos segundos, retando a su enemiga a una pelea barriobajera en el césped de la universidad. Lena había rechazado algo tan vulgar, desafiándola a un duelo mucho más íntimo, controlado y lujuriosamente caliente. Se odió por no haber sido ella la que hubiera lanzado el guante a su rival, y ahora sólo pensaba en cómo recuperar la lasciva iniciativa que ahora llevaba su fogosa antagonista.

Lena, mientras tanto, se movía entre los universitarios, sin atreverse a detenerse, sin atreverse a mirar atrás. No sabía si Sirkka la seguía, y no sabía si deseaba que así fuera. De hecho, no sabía cómo había sido capaz de desafiar a su enemiga a un duelo tan erótico en medio de una atiborrada fiesta. Había deseado con toda su alma salir fuera del lugar, agarrar las coletas de su rival y acabar con los vestidos destrozados mientras luchaba en el césped con ella. Pero algo en su interior le dijo que había otra manera de resolver sus cada vez mayores y más agrias diferencias.

Tomando aire, Lena, la sueca, se giró para encarar sus miedos, y sus más íntimos deseos. Y allí, frente a ella, la esperaba Sirkka, la finlandesa.
En el centro de la pista, separadas por apenas medio metro, las sensuales nórdicas se circundaron con recelo, empezando a sentir la música en su interior. Los primeros compases de “Mecasanova”, un tema de la cantante alemana Sandra Nasic, empezaron a sonar en la fiesta, y la gente empezó a bailar locamente. Recelosas, ambas bailaron en círculos, manteniendo la distancia. Sus miradas no dejaban de observar en detalle las otras atractivas curvas bajo sus disfraces.

La pista de baile fue apretándose a su alrededor, mientras las caóticas luces de colores conferían cierta intimidad a las duelistas. Ambas cerraron distancia, y se prepararon para el esperado contacto de sus cremosos cuerpos. La sensualidad llenó sus cuerpos, y, al fin, sus pechos se tocaron en un rápido frotamiento mutuo. Separándose, con un mudo jadeo, siguieron bailando, exasperadas porque el contacto les supo a poco. Volvieron a chocar, nariz a nariz, y esta vez presionaron sus tetas juntas con fuerza durante unos pocos segundos, los suficientes para sentir la firmeza de las otras tetas, la dureza de los otros pezones. Jadeantes, las chicas se volvieron a separar, deteniendo su baile durante un segundo para mirarse las tetas con odio.
Enseguida siguieron bailando, esta vez evitando el contacto para centrarse en un duelo de movimientos de cuerpos, de marcar su sensualidad con caderas, pechos y traseros, con coletas al aire y miradas lujuriosamente azules.

Sirkka supo que debía dar un claro paso adelante en este duelo, y tomar la iniciativa. Entonces empezó a sonar “She´s Hearing Voices”, de Bloc Party, y con el ritmo más pausado de este tema, Sirkka tuvo una caliente inspiración: llevaría el duelo a una escala más cercana.
Lena vio la determinación en la cara de Sirkka, mientras la finlandesa se le echaba encima. Juntando sus cuerpos, frente a frente, desde los dedos de los pies a sus barbillas, las mujeres empezaron a bailar al pegadizo ritmo de la batería, frotando la totalidad de sus frentes. Arriba y abajo, a derecha y a izquierda, bailaron en batalla. Sus manos estaban alzadas sobre sus cabezas, moviéndolas con lentitud mientras se miraban a la cara con pasión y envidia, y con mucha seguridad en sí mismas. Los minutos pasaron, y ambas siguieron con el erótico duelo mientras empezaban a sudar, y a atraer miradas.

Un nuevo tema empezó. Una voz femenina anunciaba el inicio de “Zerstören”, de Rammstein. Al unísono, justo cuando las guitarras hicieron su potente aparición en la canción, y sin poder resistirlo más, Sirkka y Lena se abrazaron, bailando muy juntas, y alocadamente. Sus pechos aplastaron, sus pezones perforaron, sus vientres besaron, sus entrepiernas frotaron.
- ¡No parecen tan grandes, zorra! –se gritaron al oído, mientras una fiebre lujuriosa las invadía en su constante frotar de tetas.
Pero, para su desgracia, ni una ni otra pudo seguir con este deseado duelo ardiente. La gente a su alrededor empezaba a murmurar, a mirar asombrados. Con un mutuo empujón, las bellezas rubias se separaron, sudorosamente jadeantes. Lena, entonces, se acercó a Sirkka para gritarle en el oído.
- ¿Aún sigue en pie lo de tomarme en el césped, puta?
La luna brillaba llena en el nocturno cielo, salpicado de estrellas, mientras una negras nubes casi invisibles se empezaban a otear en la lejanía. Y esa era toda la luz que necesitaban para su íntimo y personal duelo. El ruido de la fiesta resonaba a lo lejos, mientras las chicas se encaraban en el césped de la universidad, tras unos árboles y arbustos que las ocultaban del camino más cercano.

Ambas se concentraron en la otra, y el sonido de la fiesta se apagó en sus oídos. En el ahora absoluto silencio de la noche, Sirkka sólo oía la nerviosa respiración de Lena, y la suya propia. Empezaba a sentir esto casi como algo irreal: las encantadoras Alicia y Ricitos de Oro de los cuentos, peleando en una estrellada noche silenciosa, para demostrar quién de ellas era la mejor mujer.

- ¿Desde cuándo has deseado esto, Sirkka? –rompió el silencio Lena. Su voz sonó baja, nerviosa y viciosa.
- Podría decir que desde que te vi con Hans, Lena, pero mentiría –replicó la finlandesa con un susurro excitado y cargado de lujuria-. Te he odiado desde la primera vez que te vi, sentada en la biblioteca…
- Oh, recuerdo ese día –cortó la sueca-, ha quedado marcado con fuego en mi corazón, furcia. También te he odiado desde que te vi entrar ese día en la biblioteca.
- Bien, parece que estamos hechas la una para la otra –ironizó la finlandesa.
- Debes sentirte humillada por lo de Hans –Lena decidió hurgar en la herida de su rival, buscando tomar ventaja en este duelo de palabras-. Debe joderte que me prefiera a mí antes que a ti.
- Cuando esta noche te arranque hasta el último pelo de tu bonito cabello veremos a quien prefiere ese estúpido –replicó Sirkka, cada vez más impaciente por empezar.
- Cuando haga explotar esas gordas tetas tuyas en unos minutos veremos si vuelves a atraer a cualquier otro hombre –dijo Lena, mirando con desprecio los pechos de su oponente.
- Me has estado evitando mucho tiempo, perra, pero eso se acabó ahora mismo.
- ¿Evitándote yo? No me hagas reír. Estoy aquí, enfrente tuya, y estamos solas. ¿Qué vas a hacer?

Sirkka empezó a caminar decididamente adelante, y Lena la imitó para ir a su encuentro, ansiando agarrar ese bonito pelo dorado. Pero entonces, sorprendentemente, Sirkka se arrodilló. Lena se detuvo, a escasos centímetros de ella, con una mueca de extrañeza. La finlandesa, sonriendo, alzó sus dos manos desnudas, en un claro desafío. Deseaba iniciar una prueba de fuerza.

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Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 3/8) http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-3 http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-3#comments Sun, 13 Apr 2008 13:16:13 +0000 davidoff http://www.abajarsexo.com/relatos-eroticos-06-3 - Sólo sé que… -Sirkka dio un paso adelante, quedando muy cerca del bello rostro de Lena. El tono de voz de la finlandesa descendió-, mis pechos aportan más peso a mi cuerpo que los tuyos.
- Eso no es lo que tus pechos demostraron ayer –susurró Lena, que entonces se giró sobre sí misma y se alejó. Cuando estaba a un par de metros de su rival, la miró por encima de de hombro izquierdo-. Más bien demostraron lo contrario –concluyó con una sonrisa y una mirada desafiante.
Sirkka frunció el entrecejo, enojada. Su cuerpo ardía por el duelo de palabras, pero se sentía frustrada porque la otra se apartara. Así, la siguió. Justo como Lena quería.
Así, Sirkka llegó hasta la zona de venta de los televisores. Allí, Lena la esperaba ante un televisor de plasma enorme, sonriente. La finlandesa miró la pantalla, y supo porqué sonreía su enemiga.

- Oh, lucha libre… femenina –Sirkka sonrió a Lena, y ambas intercambiaron una mirada sugerente.
- Aunque sea puro teatro, siempre me ha gustado ver como dos mujeres atléticas encaran sus cuerpos, sus virtudes y sus habilidades en cualquier tipo de desafío –dijo Lena, mirando fijamente a los ojos a Sirkka-. A cualquier desafío… y en cualquier lugar.
- Incluso en, digamos, ¿un supermercado? –la finlandesa lanzó la carnaza, y se mordió el labio inferior mientras su corazón se aceleraba.
La sueca miró a un lado y a otro, como si buscase algo. Finalmente pareció hallarlo, pues volvió a mirar a Sirkka, con fuego en su mirada.
- Quiero ver la ropa de oferta, ¿vienes? Seguro que habrá algo que te interese.
- ¿Cómo rechazar una oferta de ti, cariño? –dijo la finlandesa, que caminó para el sitio rápidamente, queriendo llevar esta vez la iniciativa. Lena la siguió de cerca hasta que se encontraron frente a un gran recipiente rectangular lleno de ropa pasada de temporada a un precio ínfimo. Allí, una docena de mujeres y chicas jóvenes buscaba entre la ropa como aves de rapiña, con algún empujón leve entre ellas en busca de la aguja en el pajar.

- Zorra lista –sonrió Sirkka mientras las dos se colocaban lado a lado, metiendo las manos en la ropa. Enseguida el lado derecho de la cadera de la finlandesa y el izquierdo de la sueca empezaron a rozarse, y a chocarse con suavidad. Era el inicio. Sus manos se encontraron disimuladamente bajo la ropa, y sus dedos batallaron. Lena hizo una mueca de dolor cuando la finlandesa pellizcó el dorso de su mano derecha, y enseguida Sirkka se mordió el labio al sentir como la sueca doblaba su pulgar izquierdo. Algún pellizco, tirón y apretón fue intercambiado entre sus manos mientras sus cuerpos se aplastaban lateralmente, ahora claramente. A ambos lados de las chicas se habían colocado dos adolescentes que alocadamente buscaban ropa, por lo que tenían la excusa perfecta para no separar sus cuerpos y batallar silenciosamente. De hecho, muchas mujeres más, al ver como tantas féminas se interesaban por aquella ropa, se acercaron a mirar.

Así, Lena aprovechó para empujar lateralmente con su teta izquierda sobre el costado derecho del pecho de Sirkka. La finlandesa soltó un suave gemido, que hizo sonreír con arrogancia a Lena. Sin embargo, la finlandesa empujó con el lateral de su teta derecha para contrarrestar a la sueca, y ambas comenzaron una batalla lateral de pechos mientras sus manos seguían en duelo bajo la ropa. Ambas mordieron sus labios para controlar sus respiraciones, pues las dos nórdicas empezaron a notar cómo una ola de calor –mezcla de odio y lujuria- recorría sus cuerpos, desde la punta de los dedos de sus pies hasta el último cabello de sus cabezas.

Justo cuando sus corazones iban a salirse de sus pechos, o eso parecía, fueron empujadas atrás por la masa de mujeres. Habían estado tan atentas a su propio duelo que ello les pilló desprevenidas. Tambaleantes, las dos retrocedieron, pero Sirkka, instintivamente, golpeó con su cadera a Lena, que cayó sobre su trasero ruidosamente, soltando un jadeo dolorido. Un hombre ayudó a la sueca a levantarse.
- ¿Te encuentras bien? –dijo el señor educadamente.
- Perfectamente –dijo Lena, sin dejar de traspasar con su mirada a Sirkka.
- ¡Oh! ¿Estás bien querida? –Sirkka se acercó con una media sonrisa en la cara. Entonces habló al hombre-. A veces es un poco torpe… -volvió a mirar a la sueca-, y no sabe cuando parar… sus pies. Alguna vez se hará daño de verdad.
Que Sirkka le insinuara eso hizo que Lena estuviera a punto de lanzarse sobre ella, agarrar su bonito pelo y destrozarla allí mismo. Sin embargo todo ello sólo se tradujo en que Lena entrecerró levemente sus ojos con odio.

- Cariño, gracias por tu preocupación –replicó Lena, con todo el veneno que pudo lanzar desde su boca sin que el hombre se percatara de ello-. Ahora, acabaré mis compras, pero espero verte pronto.
- Quizás antes de lo que quisieras –susurró Sirkka, mientras ambas se giraron, meciendo sus cabellos rubios orgullosamente, y se separaron.
Lena montó en el aglomerado metro, con su bolsa de la compra. No había sitio para sentarse, así que tuvo que conformarse con quedar de pie, en el pasillo del vagón, agarrada a la barra central con su mano izquierda, rodeada de una masa caótica de gente.
- Hora punta –susurró, agobiada.
La sueca se entretuvo mirando a una joven pareja que, sentada en los asientos, se besaba dulcemente, agarrados de las manos. Lena pensó en la última escena de la obra “Romeo y Julieta”, donde Hans agarraría sus manos de esa manera, y le daría un pequeño beso en los labios. Y cuando la obra terminase, ella y él…

Los pensamientos de Lena fueron interrumpidas por un ligero golpe en su firme trasero. La sueca hizo caso omiso de él, pues era algo normal en un vagón de metro lleno. Pero cuando vino un segundo y más enérgico choque, Lena hizo una mueca de molestia y se giró para pedir a quien fuera que se topaba con ella que tuviera un poco más de cuidado.
Y entonces, su corazón se paró durante un segundo, para enseguida acelerarse hasta casi salírsele del pecho. Allí estaba, justo tras ella, a escasos centímetros. Dándole la espalda, Sirkka le sonreía malévolamente por encima del hombro, agarrando con una mano la barra del metro y con otra su bolsa de la compra. La mirada de Lena bajó hasta ver el bien colocado trasero de la finlandesa. Su propio culo y el de Sirkka sobresalían sensualmente de sus cuerpos, dándoles un perfil maravilloso. Y ahora entre ellos apenas cabría la hoja de un cuchillo.
La mirada de Lena volvió arriba. Fríamente, ambas se sonrieron, con sus ojos ardiendo de impaciencia por comenzar lo que sus mentes ya habían pensado. Tras una última mirada despectiva, ambas volvieron a mirar adelante, para disimular su duelo y, aunque no quisieran reconocerlo, para no mostrar ninguna debilidad a su oponente.

Esta vez fue Lena la que dio el primer paso, con un muy suave roce de su trasero contra el culo de Sirkka. Las nalgas de la finlandesa respondieron con la misma delicadeza, y ambas nórdicas entraron en un duelo lento, metódico y calmado, suavidad contra suavidad. Así se tantearon durante un minuto completo, hasta que Sirkka decidió que ya habían perdido bastante tiempo.
La finlandesa apartó lo justo su trasero, tomó fuerzas apretando su culo, y lanzó un bien medido golpe contra las nalgas de la sueca. El empellón hizo a Lena morderse el labio inferior, pero no perdió tiempo en imitar la táctica rival: tomó una leve distancia, endureció su culo, y golpeó como un percutor. Sirkka hizo una mueca de desagrado, y volvió a embestir con la misma sutileza. Las dos chicas entraron en un juego de intercambio, con golpes cada vez más firmes pero igualmente indetectables para los numerosos ocupantes del vagón. El combate por turnos acabó degenerando en topetones simultáneos, donde sus duras nalgas perdían su forma perfecta durante centésimas de segunda mientras chocaban para volver a separarse, retomar su silueta original, endurecerse y volver a chocar.

Sus angelicales rostros ocultaban sus sensaciones, pero de vez en cuando una de ellas momentáneamente guiñaba un ojo, apretaba sus dientes, mordía su labio inferior o cerraba con fuerza su mano sobre la barra del metro. Justamente, a las dos mujeres les vino una imagen mental muy apropiada para el lugar donde estaban: dos locomotoras chocando, frente a frente.
Sus pechos subían y bajaban al ritmo de sus cada vez más desiguales respiraciones, mientras gotas de sudor empezaban a formarse en sus frentes, axilas y alrededor de sus redondos pechos. Habían perdido la noción del tiempo, del lugar.

El metro hizo entonces una parada, y mucha gente empezó a bajarse. Las jóvenes detuvieron su duelo por miedo a ser descubiertas, y esperaron a que más gente entrara para volver a llenar el vagón. Lena miró fuera, deseando que hubiera suficiente gente para ello. Entonces vio el nombre de la parada… era la suya. La sueca se mordió el labio inferior, pensativa. Si no se bajaba ahora, se alejaría mucho de su piso. Pero…
Con el vagón empezando a llenarse, Sirkka volvió a atreverse a rozar suavemente su trasero contra el de Lena, como si le recordara su desafío. La sueca tomó su decisión, y apretujó su culo contra la finlandesa. El vagón se llenó de nuevo, las puertas se cerraron, el transporte empezó a moverse por los raíles, y sus traseros volvieron a chocar duramente.

Rabiosa por haber perdido su parada por culpa de Sirkka, Lena decidió demostrar a su rival quién de ellas tenía el trasero más firme, más duro, más sensual. Así, lo aplastó decididamente contra las nalgas de su oponente, y Sirkka devolvió el favor de la misma manera, aceptando este duelo a todo o nada. Sus culos se tensaron bajo sus vaqueros hasta tornarse tan duros como rocas, aplanándose mutuamente de igual manera, sin tomar una mínima ventaja. Ambas reajustaron sus cuerpos agarrándose mejor de la barra, mientras hicieron un enorme esfuerzo de control para no estampar sus bolsas en la cabeza de la otra chica.

Finalmente, Sirkka logró hacer dar un paso adelante a Lena, e incluyo creyó oír un suave y bajo jadeo surgir de la garganta de la sueca. El pecho de Lena quedó aplastado contra la espalda de un alto hombre, provocándole una leve punzada de dolor. El hombre se giró, sonriente, y Lena se disculpó con una forzada sonrisa. Cuando el hombre, tras echar una mirada al cuerpo de la sueca con admiración, volvió a girarse, una enojada Lena usó todas sus fuerzas para recuperar ese paso perdido y, poco después, obligar a la finlandesa a dar un paso más. Lena creyó sentir un leve gemido en Sirkka, mientras ésta chocaba con una chica joven, aplastando sus tetas contra su espalda. Mientras un pequeño dolor recorría sus orbes, Sirkka tuvo que aguantar la mirada enojada de la chica, mientras con un gran esfuerzo recuperaba su paso perdido.
El ambiente en el vagón llegó a ser sofocante y agobiante para ambas. Les faltaba aire, el sudor empezaba a ser molesto y sus traseros empezaban a embotarse. Pero justo cuando ambas iban a dejar este duelo ante tal presión, el metro volvió a detenerse. La gente empezó a bajarse, y Sirkka y Lena aprovecharon para darse un descanso. Separando sus engomados y sudorosos culos, se giraron para encararse cara a cara por primera vez en el metro. Con sus manos aún en la barra, se miraron con desprecio.

- Así que te gusta chocar culos con otras mujeres, ¿no Sirkka? –gruñó por lo bajo Lena, dando un paso adelante.
- Me gusta demostrar que tengo mejor culo que otras, Lena, si es eso lo que preguntas –murmuró Sirkka, dando a su vez un paso adelante. Ambas quedaron a escasos centímetros de su rival, mirándose rápidamente las tetas con un claro desafío silencioso.
- Bien, ahora que YO he destrozado tu patético trasero, quizás pueda pasar a aplanar totalmente esas pequeñeces tuyas, finlandesa, cuando este vagón se llene de nuevo –susurró Lena con otra mirada de asco a las tetas de Sirkka.
- Bien, quizás sea YO la que, tras aplastar tu gordo culo, acabe con esas miniaturas tuyas, sueca –replicó la finlandesa con una nueva mirada de repulsa a los otros orbes redondos.
- Señoritas –oyeron de repente. Las dos rubias miraron a un lado, ruborizándose al creer que habían sido oídas. Fuera del metro, un revisor de la estación las miraba seriamente, con claras muestras de impaciencia-. Estáis en la última parada, así que por favor, dejen los cotilleos y salgan del vagón que las limpiadoras deben hacer su trabajo.

Asombradas, las nórdicas vieron que, en efecto, estaban totalmente solas en el vagón. Habían estado tan centradas en la rival, en publicar sus desafíos, que no se habían dado cuenta.
Con una disculpa, las chicas salieron del transporte, caminando rápidamente hasta salir de la estación de metro. Al salir a la calle, vieron a muchos niños disfrazados, y recordaron que estaban en Carnaval.
- ¿Por casualidad no irás esta noche a la fiesta de Carnaval de la Universidad? –preguntó entonces Sirkka, mientras su corazón latía rápidamente mientras esperaba, y deseaba, una respuesta afirmativa.
- ¿Irás tú? –replicó Lena, deseando con toda su alma que la finlandesa asistiera.
Ambas bellezas se miraron fijamente, los ojos azules claros de Sirkka contra los ojos azules verdosos de Lena. Se tomaron incluso esta pregunta como un duelo, para ver quién cedía antes su información.
- Iré –respondieron al unísono, y ambas sonrieron cruelmente al oírlo. Sin una palabra más, se separaron, deseando que llegase la noche.
Sirkka volvió a mirarse en su largo espejo, por enésima vez.
- Vamos, Sirkka, estás perfecta –dijo su compañera de piso, una bonita española morena llamada Verónica. Con su disfraz de Caperucita Roja, la española estaba fantástica-. ¡Vamos, que llegamos tarde!
- Tengo que estar perfecta, Verónica. Más que perfecta –dijo la finlandesa, girándose y mirando su trasero en el espejo-. Sabes porqué.
- ¿Por esa engreída sueca robanovios? –dijo la morena-. ¿Por qué no simplemente agarras su bonito cabello dorado y la destrozar contra el suelo? –Verónica mostró en gestos lo que decía.
- Esto es distinto –contestó Sirkka-. Nuestra rivalidad debe resolverse de otra forma –sus ojos azules brillaron-. No me gustaría acabar peleando delante de todos como al final tuviste que hacer con esa tal Macarena.
- No me recuerdes a esa zorra –gruñó la morena, recordando sus dos peleas con su antigua amiga. Ya hacía dos años de aquello.
- Bueno –Sirkka seguía mirándose en el espejo. Desde luego, brillaba con luz propia.

Desde pequeña le había gustado mucho el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, y ahora estaba disfrazada como su protagonista. Su cuerpo se mostraba muy sensual bajo ese corto vestido azul y blanco, sin mangas, con una falda corta y muy abierta en la misma pieza. El vestido estaba muy encajado a causa de un corsé azul muy apretado alrededor de su fina cintura; un corsé decorado con una especie de pequeño delantal blanco con símbolos rojos y negros sacados de una baraja de naipes. Sus firmes tetas se empujaban contra tal presión del vestido, exhibiéndose algo bajo el poco escote del vestido, algo que Sirkka lamentaba. Justo en el centro del escote el vestido tenía un lazo azul atado. El traje traía además también dos medias blancas, que llegaban hasta la altura de sus rodillas, y que también estaban decoradas con corazones, rombos, tréboles y picas. La finlandesa calzaba unos zapatos negros de ancho tacón, y además había trenzado su bello cabello brillante en dos coletas largas laterales, con dos lazos azules decorando el final de sus trenzas. Su rostro estaba perfectamente maquillado, sin abusar: sombra de ojos clara, pestañas bien definidas, cejas perfiladas, labios pintados de rosa-, ¡estoy lista!

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