18 Abr

Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 8/8)

- ¡Para de morderme maldita zorra! –gruñó con dolor Sirkka, al tiempo que sentía como su espalda chocaba contra la pared. Su rival la había arrastrado hasta esa posición desfavorable, y un escalofrío recorrió su cuerpo, extraño entre el frío de la pared y el calor del cuerpo de la sueca.
- ¿No puedes tomar mi beso, furcia barata? –jadeó Lena, sabiéndose victoriosa ahora.
- ¡Puta, tú no pudiste tomar mis pezones! –se enojó Sirkka, y vio sonreír a Lena. Maldiciéndose por haber indirectamente admitido su derrota de su lengua y de sus labios, la finlandesa miró desafiante a su contrincante.
- ¿Entonces por qué no tomo un poco más de tus pezones y tu tomas un poco más de mi lengua? –desafió Lena, sacando la punta de su órgano húmedo de entre sus cremosos labios.

- Tomaré eso y lo que QUIERAS añadir, Lena –ronroneó lujuriosamente la finlandesa, frotando su cuerpo con suavidad contra el de su rival.
- Oh, sí, Sirkka, también tomaremos ESO –la sueca supo leer las palabras y la mirada de su oponente. Lena trajo lentamente su entrepierna hacia delante, y justo cuando ambas sintieron el roce de la otra braga mojada, cuando ambas jadearon casi imperceptiblemente ante la sensación, el ruido de una llave sonó en la puerta. Paralizadas, ambas no supieron qué hacer mientras la puerta se abría.

Verónica, la bonita compañera de piso de Lena, entró bruscamente en la habitación, como si la hubieran empujado. La llave cayó de sus dedos, al tiempo que se giraba con un gemido de rabia. Su vestido de Caperucita Roja estaba hecho harapos, y su cuerpo brillaba a causa del sudor. De un portazo, una bella muchacha de su misma edad entró en el piso, con fuego en sus ojos. La recién llegada era rubia, y vestía un destrozado disfraz de duende. Los cuerpos perfectos de las chicas chocaron en un ruidoso abrazo pecho a pecho, y las dos se tambalearon entre mordiscos y gemidos hacia la habitación de Verónica, tan absortas en su duelo, que ninguna vio a las dos nórdicas abrazadas contra la pared.

Las rubias vieron como Verónica empujaba sobre su cama a su oponente, antes de cerrar su puerta bruscamente. Ahora, sólo suave gemidos llegaron del dormitorio, y no podían decir si eran de placer, de dolor, o de ambas cosas.
Lena notó entonces algo entre sus piernas. Algo crecía en su interior, y enseguida supo que su clítoris empezaba a asomarse de entre la oscuridad húmeda de su sexo. Su larga lanza se endurecía ante esos gemidos, y no pudo pensar en otra cosa que en ella y Sirkka, desnudas, en un cuerpo a cuerpo final, con su clítoris empujando y doblando el de Sirkka. No sabía el porqué de ese pensamiento lésbico, el porqué venía a su mente justo ahora el deseo de acabar follando con su más odiada rival. No sabía de dónde venían esos pensamientos. Pero sabía que era ESO lo que había deseado desde la primera vez que la vio, aunque hasta ahora no había podido definir sus sensaciones.

Y, por el centelleo de los ojos azules de Sirkka, Lena supo que la finlandesa deseaba EXACTAMENTE lo mismo.
- ¿Lo notas? –susurró Sirkka entonces, y Lena de pronto se dio cuenta de a lo que su rival se refería. En su entrepierna, algo se clavaba insistentemente. No era la única cuya lanza sexual había despertado.
- Lo noto –jadeó la sueca, caliente-, y es pequeño.
- ¿Estás segura? –replicó la finlandesa, mientras ambas empezaban a frotar con insistencia sus entrepiernas. A pesar de sus destrozadas faldas y sus bragas, el calor en sus ingles fue descomunal-. ¿Podrías tomarlo sin nada por medio?
- Podría –dijo Lena-. ¿Podría tomarlo ese endeble clítoris tuyo?
Sirkka tembló entre sus brazos. Al fin habían dicho la palabra prohibida, y casi con sólo su pronunciación la finlandesa había estado a punto de estallar en un duro orgasmo. Tomando aire, trago saliva.
- Follemos –masculló Sirkka, y ambas perdieron el control. Agarrándose los restos del otro disfraz, empezaron a tironear de ellos, buscando la desnudez rival. Entre sonidos de telas rasgadas, fueron tambaleándose por el salón, hasta el dormitorio de Lena. Tras un mutuo empujón, Lena cerró la puerta de un portazo y se lanzó sobre su rival, cayendo ambas en la cama. Allí terminaron de rasgar sus vestidos, quedando ambas en bragas. Pero pronto las bragas azules de Sirkka y las amarillas de Lena fueron dolorosamente rasgadas, y las dos bellezas se lanzaron en un férreo abrazo, rodando en la cama.

Entonces, sus clítoris se tocaron accidentalmente, y ambas gritaron, separándose desesperadamente entre jadeos. Sentándose a un lado de la cama, Sirkka se llevó la mano enseguida a su entrepierna, asustada. Pero a pesar de la enorme humedad, no se había corrido como había creído. Pudo comprobar como Lena había tenido la misma duda, pues se tocaba su sexo… y entonces es cuando se fijó en él. Y, al verlo, la vista se le nubló, y sus pezones y clítoris crecieron en longitud y dureza.

- Depilada… como yo –jadeó lujuriosamente Sirkka.
- Veo que… Hans también te… convenció a ti –jadeó en respuesta Lena.
- Bueno –la finlandesa lamió sus labios-. Así nada se… interpondrá entre… nosotras.
- Perfecto… ven aquí.

Lentamente, las jadeantes nórdicas gatearon hacia la rival. Para ambas todo pareció trascurrir a cámara lenta: su rival se alzaba sobre sus rodillas a la velocidad que crece una planta. Una sudorosa y desnuda planta. Por instinto, sus cuerpos se abrazaron pegajosamente, sin que ninguna recordara haberlo hecho. Sus pechos y pezones se rasparon gastados, trasmitiendo más calor a sus entrepiernas, aún separadas por escasos milímetros. Con sus vientres juntos como lapas, las dos rubias notaron el ardor surgiendo del otro sexo. Sus clítoris crecieron aún más, tan duros como rocas. Sus ojos claros se encontraron entre brillos de odio y pasión, y sus brazos se ajustaron más férreamente alrededor del otro cuerpo desnudo.

Entonces, Lena empujó adelante con sus caderas, trayendo sus clítoris juntos. Con una mueca de desprecio, Sirkka imitó a su rival, maldiciéndose por dejar que la sueca hubiera llevado la iniciativa. Y, justo en ese momento, sus clítoris duros volvieron a tocarse. Y volvieron a gritar.
Sin embargo, esta vez ambas lograron mantener sus calientes clítoris en contacto. Sus lanzas placenteras se frotaron sensual y lentamente desde todas las direcciones, y de distintas maneras. Jadeando pesadamente, las dos mujeres movieron sus caderas arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Sus clítoris chocaron como espadas, dando tajos, embistiendo, defendiendo y perforando. Sus pechos se unieron a esta batalla, aplastándose juntos mientras los largos pezones se clavaban dolorosamente en la otra carne.

Sirkka vio entonces a Lena llorar. Calientes lágrimas caían desde sus bellos ojos, recorriendo sus mejillas y saltando a su propia cara. Entonces la finlandesa notó que ella también lloraba, y las lágrimas de ambas se mezclaban en sus perfectos rostros, que ahora mostraban muecas de angustia sexual. Sus bocas estaban abiertas, soltando respiraciones pesadas y cálidas, tragando lágrimas propias y ajenas que dejaban un regusto amargo en sus lenguas y labios.
Lena percibió miedo en los ojos de Sirkka, al mismo tiempo que se vio reflejada en sus profundos ojos azules, observando su propio temor. Ambas temblaban: de placer, de lujuria, y de miedo a la derrota y a la humillación sexual. Sus sexos palpitaban casi dolorosamente mientras ambas se sentían, ahora con movimientos más violentos y rápidos. Jadearon angustiosamente, deseando huir a la vez que deseando follar ese maldito cuerpo perfecto de la rival.

Sirkka, deseando apagar su propia respiración ruidosa, lanzó su boca abierta contra Lena, besándola ávidamente. La sueca aceptó el desafío, y sus largas lenguas rosadas se entretejieron en una nueva batalla. Sus brazos estrujaron con todas sus fuerzas el otro cuerpo, provocando que sus tetas se aplanaran casi totalmente. Ambas gimieron en la otra boca, sin dejar de besarse con violencia y fuerza.

Las dos nórdicas notaron como el mayor orgasmo de sus vidas iba haciéndose notar en sus ingles en duelo. Era doloroso, y ambas supieron que, seguramente, sería definitivo. Agotadas, y sin saber muy bien cómo, cayeron sobre el colchón de la cama, donde rodaron de un lado a otro, empujando con sus pelvis con fuerza. Descontroladas, sólo buscaban que la otra se corriese antes que su propio orgasmo la derrotase. Con gruñidos salvajes, intercambiaron sus posiciones a gran velocidad sin dejar de moler cuerpos.
- ¡Córrete puta! –gritaron a la vez.

Entonces, Sirkka empujó su clítoris con sus escasas fuerzas contra el de Lena, y la sueca gritó angustiada. La finlandesa logró montarla, mientras notaba como su sexo estaba a punto de explotar. El sudor y el olor llenó sus sentidos, y ambas batallaron en el final de su larga guerra. Lena, desesperada bajo Sirkka, besó con rabia los suaves labios de su rival, haciéndola jadear. Sirkka replicó al beso, mientras las rubias estrujaron juntas sus tetas desgastadas, y sus sexos calientes.

- No, no, no… -jadeó Sirkka, notando como el orgasmo llevaba. Iba a perder, y lloró. Esa zorra sueca iba a derrotarla finalmente…
Entonces, algo explotó entre sus piernas. La finlandesa se sorprendió al oír el grito agónico de Lena. ¡Ella se corría! La sueca tembló y se convulsionó bajo ella, maldiciéndola en su lengua natal, mientras Sirkka estrujaba su cuerpo para sellar su victoria final con su propio orgasmo. Su coño estalló entonces, y Sirkka disfrutó de él mientras saboreaba los suculentos labios de Lena, que ahora lloraba derrotada.

- No creas… que esto ha acabado… puta –jadeó Lena, mientras sus ojos se cerraban.
Diez minutos después, Sirkka salía del dormitorio, vestida con ropa del armario de Lena. Orgullosa, pero totalmente agotada, se tambaleó hasta la puerta de salida. Entonces, oyó un ruido, y una dulce voz.
- ¿Has ganado o perdido?
Girándose, Sirkka vio a la rubia que había entrado en la casa con Verónica. Como ella misma, la mujer estaba agotada, sudorosa, y vestida con ropa que la finlandesa había visto usar a la compañera de piso de Lena.
- Ganado, aunque por poco –tuvo que admitir Sirkka-. ¿Y tú?
- Gané. También por poco –la mujer se adelantó, y ofreció su mano a Sirkka-. Me llamo Suzanne, y soy holandesa.
- Sirkka, de Finlandia.
Sus manos se estrecharon, con más fuerza de la que ambas tenían, y sus miradas se cruzaron.
- Cuando quieras –fue todo lo que dijo Suzanne, leyendo la mente de Sirkka. Entonces la holandesa abrió la puerta, y se marchó, notando como Sirkka miraba su cuerpo con deseo y rivalidad.

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