17 Abr

Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 7/8)

El inicio brusco llenó de gemidos ultrajados el aire, pero tan pronto como había empezado el duelo violento, éste se convirtió en algo más lento, más sádico, más táctico. Nada más entrar en el salón se habían dejado llevar por el ardor del deseo, pero poco a poco el duelo volvía al cauce lento y sensual que había llevado desde que se habían encontrado en el Schlossgarten la mañana anterior.

A pesar de la tormenta de exterior, el silencio llenó la habitación, sólo roto por suaves jadeos y por el sonido de carne frotándose con carne. Cara a cara, labio a labio, las nórdicas batallaron con las miradas fijas en los otros bellos ojos claros. A veces, por sus rostros cruzaba una sombra angustiosa, como si alguien pasara un cuchillo por sus tetas. De hecho, es lo que les hacía sentir los otros largos pezones.
- ¿Aún crees que tus tetas son mejores que las mías, zorra? –jadeó Sirkka, dando un suave pero firme empujón con sus pechos.
- Definitivamente lo son, furcia –Lena replicó, frotando circularmente sus tetas con Sirkka-. Y Hans piensa lo mismo.

- ¡Embustera! –gruñó la finlandesa, abrazándose duramente a su rival, que jadeó dolorida antes de responder con la misma fuerza.
- ¡Demuéstrame que me equivoco! –desafió la sueca.
Ambas empezaron a usar más sus hombros para lograr mejores palancadas contra la oponente, trayendo sus orbes juntos sudorosamente, ansiando disminuir el otro pecho a su mínima expresión. Aumentando progresivamente la presión, sus tetas se hicieron literalmente puré de carne ante la enorme compresión. Sus cabezas terminaron giradas, quedando ambas mejilla a mejilla. El sudor las empapaba, haciendo más resbaladizos sus cuerpos y pechos. Pero nada de ello frenó la intensidad del duelo de senos.

Tras un largo minuto más de duelo, Lena apartó su rostro de Sirkka para mirar abajo, a sus pechos en duelo. Su cara mostró decepción: no había podido aplastar ni un milímetro del otro orbe. Sirkka miraba sus tetas también, con la misma frustración. Ese sentimiento las impulsó a usar todas sus fuerzas en ese empeño: machacar las otras tetas totalmente. Reajustando sus cuerpos, las dos colocaron sus cabezas sobre el otro hombro derecho, y se abrazaron aún más duramente, entre gemidos doloridos.

Ni una ni otra podía creer que unos pechos y sus pezones pudieran causar tanto sufrimiento. Y lo hacían. Sólo deseaban que la otra rubia estuviera soportando tanto dolor como ella misma.
Sirkka supo que el duelo podría alargarse durante horas a este ritmo, por lo que decidió cambiar de táctica para romper el estancamiento. La finlandesa aflojó sus brazos para echarse levemente atrás. Tras tomar aire e inflar sus tetas, Sirkka empujó con ellas, lenta pero pesadamente. Lena hizo una mueca de malestar, e imitó a su rival. Así, ambas inflaron sus pechos, y los aplastaron juntos, mirándose de nuevo a los húmedos ojos. Una, dos, tres veces; relajaron, endurecieron, atacaron. Sus pechos llenos de aire caliente se aplastaban en igualdad de condiciones, pero al observar el enrojecido rostro de Lena, Sirkka supo que ella estaba tomando de alguna manera la delantera. ¿Pero cómo?

Entonces, Sirkka lo notó. Sus pezones marrones estaban doblando las lanzas rojas de Lena. Levemente, por poco, pero sus pezones estaban ganando. Decidida, la finlandesa buscó con ansia el contacto directo, pezón a pezón. Lena, notando la derrota de sus pezones, intentaba evitar el choque entre sus palillos, pero el mutuo y férreo abrazo impedía que una u otra pudiera alejarse lo bastante. Jadeando, la sueca terminó desesperadamente entrando en el juego. Pero tras más de tres minutos de intensa lucha pezón a pezón, y a pesar de haber logrado alguna que otra victoria en sus choques, Lena supo leer en los ojos de la finlandesa que la batalla tomaba el color marrón de los pezones de Sirkka.

Una última embestida de los pezones de Sirkka dobló totalmente los pezones de Lena hacía abajo, haciendo gritar de angustia a la sueca. Las manos de Lena se convirtieron en garras entonces, y sus uñas se arrastraron de un lado a otro de la espalda desnuda de la finlandesa. Sirkka gruñó y apretó los dientes, levantando su cabeza mientras una lágrima se escapaba de sus ojos azules. Lena aprovechó para embestir con sus tetas. Sonoramente, sus pechos aplastaron los de Sirkka, haciéndola jadear de tormento. Los pezones de Lena, como lanzas de caballería, se hundieron en el pecho de su oponente, mientras Sirkka caía al suelo del piso de su enemiga. Lena cayó sobre ella, y jadeó al sentir como sus pechos se empalaban contra los perforantes pezones que esperaban en los orbes redondos de Sirkka. La finlandesa gritó de dolor al sentir como su cuerpo y sus pechos eran aplastados, y alzó su cabeza en un acto reflejo. Sus frentes chocaron ruidosamente, al mismo tiempo que un trueno resonaba en el cielo, y Lena cayó a un lado, llevándose las manos a su dolorida frente.

Con sus ojos azules llenos de lágrimas, las dos mujeres rodaron por el suelo, alejándose de la otra. Jadeantes, ambas quedaron tumbadas, frotándose la dolorida cabeza con una mano y masajeando sus aplastadas tetas con la otra.

Sirkka sollozaba, con la habitación dando vueltas alrededor suya. Decidió cerrar los ojos para combatir la sensación, y pareció funcionar cuando notó una fuerte mano agarrando su bello cabello ahora oscurecido por el barro seco. Dolorida, Sirkka abrió los ojos justo para ver a Lena asomarse sobre ella, con ojos asesinos. El puño libre de la sueca se alzó en el aire amenazadoramente, y antes de que Sirkka pudiera reaccionar, éste se clavó en su pecho izquierdo con enorme fuerza. El grito de la finlandesa resonó en todo el piso, y Lena pareció dudar. No quería despertar a los vecinos, no que llamasen a la policía. Pero Sirkka, enrabiada, no pensó en ello, y lanzó su puño contra la teta derecha de Lena, que gritó y se apartó de ella. Ambas se levantaron con rapidez, alzando sus puños cerrados de forma amenazadora.

- Puta, voy a destrozar esas malditas tetas tuyas –gruñó Lena.
- Supongo que no has tenido bastante con mis pezones destrozando tus pechos, zorra –replicó Sirkka, mientras ambas se circundaron-. Pero si quieres que ahora los destroce con mis puños, ven aquí.
- ¡Maldita engreída! –rabió Lena, sabiendo que el duelo de pechos lo había perdido. Tenía que equilibrar la balanza, pero no podía dejarse llevar por la rabia de nuevo. Si alguien las oía gritar sobre la tormenta, y la policía llegaba allí, las detendrían. Y no quería que todo acabase con Sirkka teniendo la ventaja de haber vencido a sus tetas. Así, se calmó-. Si quieres que sigamos con esto, deberemos hacerlo en silencio. No quiero que me detengan antes de acabar contigo.
- Valientes palabras para una chica con tetas tan sensibles –Sirkka había tomado al fin ventaja en algo, e iba a explotarlo. Pero sabía que Lena tenía razón-. Tampoco quiero que nos paren antes de enseñarte más lecciones, así que simplemente hagámoslo en silencio.
- Entonces que sea con palmas en vez de con puños, si te atreves –dijo Lena, abriendo sus manos-. Y nada de bofetadas. No quiero oírte gritar, zorra debilucha.
- Ni yo a ti, puta endeble.

Un nuevo trueno dio la señal. Las dos muchachas avanzaron con sus brazos colgando en sus costados y sus palmas abiertas. Cuando Sirkka estaba a tiro, Lena dio un rápido paso adelante y golpeó con su palma derecha sobre la teta izquierda de su odiada enemiga. No fue una bofetada al estilo clásico, sino un golpe recto con su palma, como si fuera una luchadora de sumo. Enseguida atacó con su otra palma, golpeando el otro pecho justo en el centro de gravedad del orbe de Sirkka, sobre su pezón. Lena vio los orbes perfectos de su rival estremecerse como dos globos del agua ante los impactos secos, y a Sirkka gemir de dolor. Los pezones de la finlandesa se sintieron ásperos y duros bajo sus palmas, y ello enojó a Lena, recordándolos contra los suyos. Al menos la mueca de dolor silenciosa de su contrincante aliviaba ese recuerdo.
Entonces, Sirkka replicó con una mirada de animadversión y lujuria.
La rubia golpeó con la misma técnica a su rival, alcanzando su teta derecha. Sirkka amagó un ataque con su otra mano, engañando a Lena, y volviendo a golpear la misma teta. A pesar de todas sus palabras arrogantes sobre los pechos de Lena, y a pesar de su victoria en el duelo de pechos, Sirkka notaba los otros orbes duros, firmes y resistentes bajo sus palmas, y los odió por ello. Lena gruñó por un tercer golpe, ahora en su otra teta, y replicó con un rápido y consistente golpe al pecho derecho de Sirkka, que jadeó mientras su pecho temblaba.

Girando una alrededor de la otra en el salón, Lena y Sirkka intercambiaron media docena de golpes más, y detuvieron otros tantos, antes de que Sirkka atorara deliberadamente su palma derecha en el vientre de Lena. Lena dio un paso atrás, jadeando por el golpe, y cuando Sirkka se le echó encima, golpeó rápidamente arriba, bajo la barbilla de su oponente. Entonces, mientras Sirkka gruñía, Lena golpeó con su palma el plano vientre de la finlandesa, cortándole brevemente la respiración, pero Sirkka pudo lanzar un golpe afortunado contra su pecho izquierdo como réplica, haciendo que ambas se separasen y, entre jadeos agotados, se circundaran atentamente.
- Así que quieres incluir nuestros vientres en esto, ¿no Sirkka? –jadeó Lena.
- ¿Tienes miedo de que también lo destroce como hice con tus tetas, Lena? –jadeó Sirkka.
- Mi vientre es mucho más duro que el tuyo.
- Demuéstramelo.

Las dos rubias volvieron a embestir, golpeándose mutuamente los vientres. Sin embargo, en vez de volver a golpear, Lena y Sirkka mantuvieron sus manos derechas en el tenso vientre rival, escavando con ellas mientras con sus brazos izquierdos cercaban el otro cuerpo por sus cuellos, medio abrazándose. Mirando abajo, ambas mantuvieron sus tetas separadas por un mutuo acuerdo silencioso mientras sus dedos arañaban, penetraban y tanteaban el firme estómago de la otra. Jadeando y gruñendo, ambas se metieron en este nuevo desafío de cuerpos con ardor y lujuria.

- ¿Sientes MIS músculos, perra? –jadeó Sirkka, orgullosa de su vientre plano-. ¿Crees que puedes tomarlo antes de que YO acabe con el tuyo?
- ¿Por qué no simplemente disfrutas de MIS músculos? –replicó Lena, apretando su vientre ante el vicioso ataque de los dedos de la finlandesa-. ¿O mis dedos son demasiado para TU fofo vientre, zorra?
- ¡Puedes traer tu vientre contra el mío y ver QUIÉN tiene el vientre fofo, puta! –se enojó Sirkka, metiendo un dedo en el ombligo de Lena y haciéndola temblar.
- ¡Tráelo entonces, furcia, porque estoy deseando humillar esa GORDA barriga tuya! –Lena imitó a su enemiga, penetrando su ombligo con su índice.
- ¡Espero que tu vientre lo haga mejor que tus pezones, Lena, o no tendré con lo que entretenerme!
- ¡Tendrás más de lo que esperas, Sirkka, y luego volveremos a ver qué podemos hacer pezón a pezón, si te atreves!

Las chicas apartaron sus manos tras unos últimos y viciosos arañazos, para chocar sonoramente vientre a vientre. Ambas mantuvieron aún sus tetas apartadas, aunque el duelo de vientres hizo que sus pezones se rozasen de vez en cuando, trayendo muecas de lujuria a sus bellas caras. Hambrientas, ambas agarraron el otro cabello mientras frotaron sus tensos vientres juntos, arriba, abajo, a un lado y a otro. Sus sudorosos y resbaladizos abdómenes eran perfectamente planos, y eran a la vez femeninos y firmes gracias a los ejercicios que diariamente realizaban las dos.

Sus ombligos se alinearon y succionaron juntos mientras las nórdicas ajustaron una y otra vez sus vientres en duelo, rehuyendo el contacto teta a teta. Sirkka admitió silenciosamente que el vientre de Lena era tan terso y resistente como el suyo, y por la mirada de respeto y lujuria de los ojos azul-verdosos de Lena, ella supo que la sueca pensaba lo mismo de su vientre. Ni una ni otra encontrarían nunca un desafío tan igualado como el que les daba la otra muchacha.
La pugna se alargó durante más de cinco agobiantes minutos, hasta que los constantes roces de pezones dieron paso a choques intencionados de pechos. Lena deseó una revancha con Sirkka, y la finlandesa estaba decidida a demostrar que su anterior victoria no fue fruto de la casualidad o la suerte. Ambas chicas embistieron teta a teta, pezón a pezón, tirándose del pelo con fuerza y manteniendo sus vientres lo más juntos posibles.

- ¡Debes amar sentir mis tetas aplastando las tuyas! –gruñó Sirkka, frotando sus pechos con Lena durante unos lujuriosos segundos antes de volver al duelo de choques de tetas-. ¡Volveré a destrozártelas como antes!
- ¡Lo único que amo es esta sensación de mis tetas abrumando las tuyas! –jadeó Lena, logrando un tembloroso jadeo de Sirkka tras una dura embestida-. ¡Y cuando acabe con ellas iré por esos pequeños pezones marrones!
- ¿Por qué esperar? –Sirkka empujó sus pezones directamente contra los de Lena, y la sueca gruñó ante la sensación-. ¡Voy a partir esos débiles pezones rojos tuyos en dos!
- ¡Si crees que vas a tener tanta suerte como antes, es que eres más estúpida de lo que creía!
Sirkka y Lena empujaron sus pezones juntos con rabia, y las dos no pudieron reprimir un pequeño grito de dolor y lujuria ardiente. El duelo de pezones se intensificó durante unos pocos segundos antes de que la tensión fuera demasiado para ambas, y con un gemido los dientes de Lena resbalando a través de la mejilla derecha de Sirkka, mordiéndola con efusividad. Triturando sus tetas totalmente ahora, las chicas empezaron a morderse las mejillas y barbillas, como animales, dejándose llevar por la lujuria de sus cuerpos sudorosos. Silbando, las rubias terminaron encajando sus bocas juntas, y tras un rápido intercambio jadeante de mordiscos en los otros suculentos labios, las jóvenes separaron sus dientes.

- ¿Quieres seguir con esto? –jadeó Sirkka, con sus labios calientes rozándose con los de Lena.
- ¿Podrás tomarlo? –replicó calientemente Lena.
Ambas torcieron sus cabezas y se besaron con una pasión que ninguna podía creer de sí mismas, con sus largas lenguas enlazándose lujuriosamente. Ninguna era lesbiana, pero esto les parecía una evolución natural de su ardiente duelo, una forma más de marcar el cuerpo rival con su sello, otra manera más de humillar la sexualidad de la enemiga. Ambas se odiaron ahora más que nunca, odiándose por haber tenido que llegar a esto, por sentir los otros suculentos labios y las otras húmedas lenguas. Pero ninguna se retiraría, por orgullo, y por deseo de humillación.
Así siguieron pasionalmente abrazadas, pecho a pecho, pezón a pezón, vientre a vientre, lengua a lengua, durante una eternidad, o eso le pareció a ambas. Antes de que se diera cuenta, Sirkka empezó a notar como la lengua de Lena hacía unos lentos pero firmes movimientos circulares alrededor de su propia lengua y del interior de su boca, causándole una sensación ardiente increíble.

Jadeaba de placer, y de humillación, y fue entonces cuando empezó a sentir como su lengua iba siendo dominada muy lentamente, iba siendo besada hasta la sumisión. Finalmente, Sirkka no pudo con la pasión demostrada por Lena y apartó su boca de la de la sueca con una explosión de aire caliente. Ambas jadearon entre los brazos rivales, y Lena enseguida fue a buscar los labios rivales, pero Sirkka la evitó, y Lena se lo hizo pagar con un ardiente mordisco en su mejilla.

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