16 Abr

Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 6/8)

- Has notado más de lo que he notado yo en ti.
- Tengo ABUNDANTES argumentos ahí mismo, todos para ti –dijo Sirkka, empujando su pecho suavemente contra el de Lena.
- No son argumentos de suficiente PESO para convencerme, zorra –replicó Lena, frotando sus tetas contra las de Sirkka con lentitud.
Sirkka sintió como los pezones de Lena traspasaban ambos vestidos y se clavaban directamente en sus pechos, junto a sus aureolas. Por el gesto en el bello rostro de la sueca, sin embargo, la finlandesa supo que sus pezones estaban haciendo bien su trabajo también en las tetas de Lena. Mordiendo su labio inferior, Sirkka movió levemente los hombros, al tiempo que Lena hacía lo mismo. Sus cuatro pezones se tocaron bajo sus telas, y las dos rubias jadearon, mirándose con odio a los ojos.

Cada vez más empapadas por la cada vez más fuerte tormenta, Lena y Sirkka usaron sus calientes pechos y sus largos pezones duros una contra otra, siempre lentamente y sin apartar la mirada de la otra cara. Sirkka tuvo que cerrar momentáneamente sus bonitos ojos cuando el pezón derecho de Lena dobló su pezón izquierdo durante un segundo. La finlandesa gruñó, y segundos después logró torcer el pezón izquierdo de la sueca, haciéndola gemir de dolor. Sirkka se preguntó lo que ambas podrían hacer si no estuvieran separadas por sus ropas y sostenes, y el daño y la humillación que ello traería al duelo.

Siguiendo el lento combate, ambas bellezas rastrillaron tetas y pezones, una contra otra, con un ritmo cada vez algo mayor. Ignorando la lluvia que caía sobre sus cabezas, hombros y espaldas, las dos nórdicas siguieron inclinadas adelante con sus torsos superiores, moliendo, frotando y clavando.

Lena entonces soltó un angustiado jadeo al sentir todo el peso completo de ambos pechos de Sirkka sobre los suyos. Sirkka se había hartado de jugar con pezones, y ahora embestía con todo. Lena replicó con toda su masa de carne, y la finlandesa sintió todo el peso completo del otro pecho firme. En una especie de juego lujurioso, ambas intercambiaron por turnos sus embestidas: Lena, Sirkka, Lena, Sirkka, Lena, Sirkka. Tras una docena de topetazos, las nórdicas echaron levemente atrás sus cuerpos, para embestir enseguida duramente. Tras el golpe, ambas gruñeron de dolor, pero dejaron sus pechos presionados juntos, comenzando una intensa y lenta pugna de tetas exprimidas. Deseaban saber cuáles orbes podían soportar más presión, aún cubiertos por sus cada vez más deshilados y húmedos trajes.

Tras soltar algún que otro jadeo de esfuerzo y sufrimiento, las chicas apartaron sus doloridos pechos, y sus miradas bajaron a los senos rivales. A causa de la lluvia y de la presión entre sus cuerpos, ahora sus disfraces de Alicia y de Ricitos se empezaban a trasparentar a la altura de sus redondas tetas, donde los sostenes ya no se ocultaban y donde sus pezones destacaban cada vez más. Rabiosas ante tal visión, ambas volvieron a batallar pecho a pecho, con bruscos movimientos de hombro y angustiados jadeos de esfuerzo. La lucha de pechos se tornó áspera, con choques más rápidos, violentos y descontrolados. El sonido del intercambio combatió con el de los truenos, mientras la lluvia traspasaba sus ropas.

- ¡Maldita puta! –jadeó Lena, golpeándose frustrada contra Sirkka, pecho a pecho. Su salvaje golpe derribó repentinamente a la finlandesa, que cayó todo lo larga que era sobre el embarrizado césped. Entre respiraciones pesadas, una y otra se miraron, asombradas ambas. La sueca enseguida dejó el estupor para atacar verbalmente a Sirkka-. ¿Quién tiene las mejores tetas ahora, Sirkka? ¿Cuáles pechos son los más grandes, eh puta?

Con una mirada asesina, Sirkka alzó su cuerpo para volver a encarar a su rival. Gruñendo de dolor al tener que apoyarse en sus agotados brazos, la finlandesa se lanzó con todas sus fuerzas contra Lena, teta a teta. El duelo de pechos volvió a empezar, ésta vez más ardiente y violento que antes. Lena tuvo que defenderse de las acometidas rabiosas de Sirkka al principio, pero finalmente el duelo volvió a igualarse entre sus dañados pechos.

- ¡Cae perra! –gritó Sirkka bajo la lluvia, estampando su pecho totalmente contra las tetas de Lena, justo al tiempo que un relámpago cruzaba el nocturno cielo. Lena gritó de dolor, y cayó atrás, derribada por el ataque de su enemiga. La nueva pausa alivió a ambas, cuyas tetas empezaban a dejar descargas muy doloridas sobre sus cuerpos. Sirkka miró con desprecio a su caída rival-. ¿Qué tienes que decir de mis tetas ahora, Lena? ¿Sabes ya qué pechos son los mejores y los más grandes, zorra?

Lena se levantó como pudo del embarrado suelo, mientras traspasaba con la mirada a su rival. Encarándose, ambas simplemente se miraron a los ojos. Esta vez mantuvieron sus tetas apartadas, sin que ninguna se atreviera a batallar con ellas. Las dos rubias las sentían zumbando, entre tensos dolores. La tormenta, además, estaba empeorando.
- No serías tan dura sin ese traje cubriéndote, zorra engreída –masculló agotada Lena, cruzando la línea que ambas deseaban traspasar.
- Justo pensaba lo mismo de ti, puta altiva –replicó sin fuerzas Sirkka, ansiosa por ver adónde llevaba el hasta ahora igualado duelo-. No creo que pudieras tomarme en algo más cercano, más íntimo y… más sucio –susurró finalmente la finlandesa, dejándose llevar por el calor que sentía bajo su pecho.
- Puedo tomar todo lo que tu cuerpo me dé –la sueca miró el trasparentado pecho de Sirkka con lujuria-, sea lo que sea.
- Bien –gruñó la finlandesa-. ¿En tu casa o en la mía?
El fino dedo de Lena llamó al ascensor. Mientras ella y Sirkka esperaban que bajara, la sueca miró a un lado y otro de la entrada del edificio donde vivía. No quería que algún vecino la viera allí, con su traje destrozado, y con su cuerpo embarrado y mojado, en compañía de otra muchacha con idéntico aspecto. No quería tener que responder preguntas. Bastante difícil había sido tener que llegar hasta aquí, en plena noche lluviosa, manteniéndose en pie a pesar de que sus piernas no daban más de sí sólo por mantener su orgullo ante su odiada rival finlandesa. Lena se preguntaba si Sirkka estaba tan cansada como ella, pero si lo estaba, lo ocultaba bien, como ella misma.

El ascensor abrió sus puertas, y Lena miró con repulsa a la otra chica.
- Si sabes lo que es bueno para ti, y para tu cuerpo, no entres en el ascensor –amenazó la sueca. Eran las primeras palabras que se dirigían desde que abandonaron el césped de la universidad.
Por respuesta, Sirkka la miró con desprecio, y entró en el iluminado espacio del ascensor. Lena sonrió malévolamente, entrando enseguida y pulsando el botón del quinto piso. Las puertas se cerraron, y el ascensor subió en silencio.
- ¿Has llegado a esto alguna vez con otra chica, antes? –preguntó de repente Sirkka, rompiendo el silencio, cuando iban por el segundo piso. La pregunta pilló por sorpresa a Lena, que sólo pensaba en sobreponerse a su agotamiento para poder humillar a la finlandesa. La sueca, incluso, detecto en la voz de Sirkka cierto matiz de deseo.

- No, nunca. ¿Y tú?
- Tampoco, eres la primera –replicó Sirkka.
Lena notó en su rostro satisfacción. Entonces, supo que ella también se alegraba de que Sirkka nunca hubiera llegado a esto con nadie antes. Era la primera vez de ambas, y las dos amaban entrar en este desconocido mundo vicioso, y descubrirlos juntas, paso a paso.
- Ya he pensado qué hacer con tu cuerpo una vez que te haya batido TOTALMENTE –gruñó Lena, cuando estaban a punto de alcanzar el quinto piso.
- Yo también lo he pensado, y sé que NO te va a gustar –replicó Sirkka. Lena tuvo que resistir fuertemente sus ganas de pulsar el botón que pararía el ascensor, ansiando tomarla ahí mismo.

Con un ligero timbre, las puertas se abrieron, y ambas caminaron seguras hacia su destino final.
La palma abierta de Sirkka golpeó ruidosamente la mejilla izquierda de Lena. Mientras la sueca gruñía de dolor y alzaba su mano para devolver el golpe, la finlandesa seguía pensando en cómo habían llegado a esto. El golpe fue seco y duro, y Sirkka jadeó dolorida. La hostilidad inicial que había sentido por Lena desde que la vio por primera vez había degenerado en una sensación húmeda, viciosa y odiosa. Pero al mismo tiempo, revitalizante. Mientras retrocedía un paso atrás, Lena volvió a abofetearla, y rabiosa, Sirkka le devolvió el golpe con fuerza. Viéndola gritar y retroceder, la finlandesa disfrutó del sentimiento caliente que recorría su cuerpo: una mezcla de ira, odio, fuerza y sensualidad. Un deseo, un pasión por humillar, más fuerte que nada que hubiese sentido antes, llenó el perfecto cuerpo de Sirkka, mientras ambas bellezas se abofetearon a la vez, gimiendo. Lena agarró el traje de Sirkka, y tiró de él, rasgándolo.

La finlandesa replicó igualmente, enseñando sus dientes a su enemiga.
Las mejillas enrojecidas de Lena ardían. Tras entrar en su piso, la sueca había empezado enseguida un intercambio de bofetadas con su rival, en el salón, sin mediar una palabra entre ellas. Frustrada por la igualdad, había decidido desnudar y humillar a su oponente. Un secreto deseo lujurioso por verla desnuda invadía su cuerpo y, mientras las finas manos de Sirkka tiraban de su disfraz, también deseó enseñar su perfecto cuerpo a la finlandesa. Lena amaba haber llegado a esto con Sirkka. No sabía cómo la pequeña bola de nieve se había convertido en una avalancha épica, pero ya no le importaba. Sólo quería destrozar ese cuerpo tan similar al suyo, ver el sufrimiento reflejado en ese rostro tan bello como el suyo, ver lágrimas en esos bonitos ojos azules que desafiaban a los suyos. Mientras la mano de Sirkka rozó su pecho derecho, Lena deseó que la finlandesa la sintiera bien. Sin poder evitarlo, rasgó el escote rival, sintiendo los pechos de Sirkka bajo la tela. Mientras su sexo palpitaba, Lena, por primera vez, pensó en follársela.

La tela de sus disfraces embarrados cayeron al suelo del iluminado salón con sonidos rasgados. Ambas muchachas jadeaban y gemían mientras sus piernas se enlazaban juntas como serpientes y sus manos trabajaban sobre los torsos superiores y las faldas, y las medias blancas. Sus manos, intencionadamente o no, pellizcaron la carne bajo la ropa, mientras el duelo se calentó. Enseguida ambas quedaron en sostén, con los jirones de la falda aún colgando precariamente en sus cinturas. Ante la vista de los redondos pechos de la rival, ninguna pudo resistir la tentación y lanzó desesperadamente sus manos hacia los perfectos orbes.
Y, entonces, se sintieron.

- ¡Puta! –jadearon a la vez. Ambas cavaron con sus dedos en las glándulas temblorosas rivales, sintiéndolas suaves pero firmes bajo el otro sostén. Las manos de Lena palparon duramente bajo el sujetador azul de Sirkka, y las manos de Sirkka hurgaron férreamente bajo el sostén amarillo de Lena. Gruñendo y apretando sus dientes, la sueca y la finlandesa acercaron más sus rostros, apretándose más pierna a pierna y estrujando los otros pechos. Quedando casi boca a boca, las dos nórdicas sintieron la caliente respiración de la contrincante. Sirkka bajó la vista a los suculentos labios de Lena, y momentáneamente una extraña sensación de deseo nubló su mente. Las palabras de Lena distrajeron entonces a la finlandesa de ese oculto deseo.

- ¿Cómo se sienten esos pechitos bajo mis dedos, zorra?
- Se sienten más firmes que tus tetitas bajo los míos, puta –replicó Lena.
Enojadas, ambas agregaron más presión en los pechos cercados entre sus dos cercanos cuerpos medio desnudos. Haciendo muecas de dolor, las chicas giraron en lentos círculos en el centro del salón, acercándose al sofá sin darse cuenta.
- Noto esos pequeños pezones tuyos, Sirkka –jadeó Lena, notando como las lágrimas acudían a sus ojos-. Se sienten débiles bajo mis palmas.
- Yo en cambio apenas siento tus delicados palillos, Lena –la finlandesa usó la rabia acumulada en su interior para estrujar las tetas de la sueca, y notó como Lena le devolvía el favor con la misma fuerza-. Pronto no quedará nada de ellos para encarar los míos después.
Lena jadeó de placer y dolor ante las últimas palabras de Sirkka. Había captado la indirecta, y el desafío. Pero no pudo seguir con ese pensamiento, pues notó como sus piernas tropezaban contra el sofá. Con un leve grito de sorpresa, la sueca cayó al revés sobre el sofá, con Sirkka sobre ellas. Sin embargo, ninguna perdió el asimiento sobre los pechos de la otra.
- Oh, esto va a ser divertido –sonrió Sirkka, sobre Lena. Las dos rubias torcieron toda la masa caliente de pecho posible entre sus manos, dolorosamente, mientras las piernas de Sirkka iban encerrando el cuerpo de Lena bajo el suyo, inmovilizándola. La cara de Sirkka mostraba seguridad, con una media sonrisa dibujada en su rostro, mientras la de Lena era una máscara de odio y frustración. El sudor llenó sus cuerpos, cayendo de Sirkka sobre Lena ácidamente. Sobre el sofá, ambas trataron los otros pechos como si fuera la masa de alguna receta de cocina, exprimiendo y amasando, hasta que Lena logró empujar a Sirkka.

Cayendo al suelo, la finlandesa gimió de dolor mientras el cuerpo de la sueca aplastaba el suyo. Siguiendo estrujándose las tetas, las mujeres lucharon en el suelo, con Lena sobre Sirkka. Las dos se mascullaron insultos, amenazas y sucias palabras en sus lenguas natales, y a pesar de no entenderse ambas leyeron en las extrañas palabras mensajes de humillación, envidia y rivalidad.
Con gran esfuerzo, Sirkka logró finalmente empujar a Lena a un lado. Las chicas se arrodillaron con gran rapidez, y hundiendo sus manos profundamente en el otro pelo embarrado, chocaron cuerpo a cuerpo con un grito de rabia. Gritando ante una desconocida y electrizante sensación que recorrió entonces sus cuerpos, las dos muchachas cayeron atrás, sobre sus traseros. Fue entonces cuando ambas vieron al fin los otros pechos desnudos, jadeantes y sudorosos, y supieron que sus sostenes se habían terminado deshaciendo bajo sus uñas y dedos. También supieron que la extraña sensación eléctrica había sido producida por sus ahora desnudos pezones, que se habían doblado mutuamente juntos.

Pero ahora era el momento más esperado por ambas, y sus ojos claros volaron de arriba a abajo, de derecha a izquierda, a través del otro desnudo pecho, espectacular a pesar de las marcas de las garras. Examinaron y compararon, haciendo rápidos cálculos sobre tamaño, firmeza, levantamiento, forma. Ambas siempre habían estado seguras de que tenían el par más agradable, más grande, más bello… pero ahora, dudaban. Parecían igualadas en tamaño y forma, y tras haberse sentido pecho a pecho y con sus manos ambas creían estar igualadas también en firmeza. Y sus pezones no rompían el empate técnico: de la misma longitud y grosor, sólo el tono más rojizo de Lena y el más pardo de Sirkka diferenciaban ambos pares de lanzas. Unas lanzas que iban creciendo más y más por momentos.

- Esto SÍ va a ser divertido –gruñó Lena, obligándose a parecer confiada mientras se arrodillaba de nuevo. Sirkka la imitó, y sin necesidad de palabra alguna ambas se encararon, y muy lentamente se abrazaron. Sus vientres desnudos fueron los primeros en tocarse, y las rubias notaron la otra tersura y dureza mientras sus ombligos se absorbieron juntos. Intencionadamente, Sirkka y Lena mantuvieron apartados sus pechos mientras cercaban el otro cuerpo con sus finos y fuertes brazos y miraban profunda e inquietantemente los otros ojos, buscando alguna ventaja psicológica antes del lujurioso duelo.

Sus pezones se rozaron, y todo empezó violentamente. Con un sonoro golpe de carne a carne, sus cuerpos chocaron violentamente, y ambas usaron sus pechos como puños contra la rival, estrujando, aplastando, embistiendo, chocando. Los pezones acuchillaron, y la carne firme de pecho estalló junta.

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