Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 5/8)
- Vamos, puta. ¿Tienes miedo de ir abajo conmigo? –retó Sirkka.
- Deberías recordar nuestro primer encuentro ayer, en el Schlossgarten. Así sabrías que soy más fuerte que tú, zorra –respondió Lena, agachándose frente a su amarga enemiga. La sueca sabía que su duelo de piernas quedó en claro empate, pero no estaba dispuesta a conceder eso a Sirkka.
- Demuéstramelo ahora –masculló Sirkka, mientras las nórdicas alzaban sus manos y brazos lentamente, sobre sus cabezas. Sirkka respiró profundamente, al tiempo que sus yemas de los dedos se tocaban juntas. Increíblemente, una fuerte presión ya se notaba aquí, procedente únicamente de las yemas en duelo. Ambas jadearon suavemente, y supieron que el duelo de fuerza iba a ser largo y duro. Ambas eran chicas muy deportistas, y más fuertes de lo que aparentaban sus delgados cuerpos. Mirándose directamente a los ojos, Lena y Sirkka juntaron ahora las palmas de las manos, agregando mucha más presión al silencioso duelo. Con los dedos separados, las rubias empujaron adelante, aun manteniendo sus cuerpos superiores separados, mientras abrían algo más sus rodillas en la tierra para aumentar su estabilidad. Lentamente, acumularon energía y fuerza tras sus manos, empujando, buscando algún signo de debilidad en los preciosos ojos de la otra mujer.
La prueba de presión mutua siguió dos minutos más, causando leves chasquidos de dolor en sus hombros. Lena decidió que así no resolverían nada, por lo que tomando aire, se puso nariz a nariz con su odiada rival, trayendo sus pechos en leve contacto. Sirkka y Lena jadearon ante el contacto, notando como sus pezones y los de la rival se rozaban a través de sus disfraces. Lena, sin dejarse distraer por las tetas de Sirkka, siguió con su plan, deslizando con lentitud sus dedos entre los de su oponente. Así, ambas chicas entrelazaron sus dedos y manos, y el verdadero duelo de fuerza empezó.
Las manos de ambas mujeres se notaban irrompibles, tenaces. Y así se reflejaba en sus bellos rostros, donde el odio y la frustración se podían observar con facilidad. Sirkka sentía como sus antebrazos temblaban de tensión, con molestias, mientras se inclinaba adelante y traía un contacto directo desde las manos enlazadas hasta las axilas. Ambas jadearon de dolor, con sus brazos totalmente estirados arriba, mientras sus tetas ahora se aplastaban totalmente juntas, pezón a pezón. Presionadas mejilla a mejilla, las mujeres reajustaron sus torsos superiores, causando gemidos de dolor cuando sus pezones, aún bajo sus vestidos, eran capaces de cortar los otros pechos. Ambas pensaron en qué serían capaces de hacer los otros pezones si estuvieran desnudas, y se preguntaron si serían capaces de tomarlo.
Presionadas mejilla a mejilla ahora, las chicas empujaron con todas sus fuerzas, con brazos, manos y pechos. Ambas se alzaron un poco más sobre sus rodillas, buscando alguna ventaja, pero su idéntica altura ayudaba a la igualdad. Sirkka decidió ir más allá, y trajo sus hombros al juego. Lena, casi como si le hubiera leído el pensamiento, empezó a usar sus hombros al mismo tiempo que su rival, y ambas jadearon y gruñeron ante la fuerte presión en sus brazos y en sus tetas.
De repente, un giro brusco de Lena trajo su pecho izquierdo entre las dos tetas de Sirkka, quedando así atrapada al igual que el pecho derecho de la finlandesa quedaba encerrada entre los orbes de la sueca. Sus pechos se condensaron en esta nueva posición, y ambas agradecieron estar vestidas, pues las sensaciones ardientes que lanzaban sus bustos en duelo estaban distrayéndolas mucho del duelo de fuerza.
Sirkka ajustó una rodilla por detrás suya, buscando un mayor impulso en su duelo. Con un gemido de esfuerzo, Lena imitó rápidamente a la finlandesa, al notar la fuerza extra conseguida por su contrincante. Ambas jadearon mientras el duelo dejaba de ser lento y silencioso y se volvía violento, entre gemidos. De repente sus brazos bajaron hasta quedar en cruz con sus cuerpos, temblorosos por el esfuerzo. Sus tendones ardían, a punto de explotar.
- Estás temblando, puta –jadeó Sirkka, mientras notaba como Lena traía al duelo su vientre.
- Tú también, furcia –replicó Lena, notando el plano vientre de Sirkka luchar contra el suyo a través de sus telas.
- Aún no me has demostrado nada, guarra –gruñó la finlandesa, casi sin aire.
- Tú me has demostrado aún menos, zorra –jadeó la sueca, con su pecho aprisionado.
Ninguno pudo hablar más. Las otras tetas y la fuerza del otro torso superior estaban dejándolas sin aire en sus pulmones. Pensando en ello, las dos tuvieron la misma idea a la misma vez.
- ¡Es hora de dejarte sin aire! –gritaron a la vez, soltando sus manos y abrazándose con todas sus fuerzas restantes, justo cuando un lejano trueno resonó en el aire. Con sus brazos derechos por arriba y sus izquierdos por sus cinturas, las nórdicas se estrujaron cuerpo a cuerpo sobre sus rodillas, sin darse cuenta de la tormenta que se acercaba. Sus caras descansaban en los otros hombros, y las dos sintieron el caliente jadeo de la rival en su cuello. Sin embargo, sus brazos no podían más, y sus músculos se desinflaron en sólo unos segundos de duelo agónico. Así, ambas dejaron de presionarse, quedando abrazadas, arrodilladas, jadeantes, sudorosas.
Tomando aire momentáneamente, ambas descansaron, vertiendo a veces, y brevemente, algo de sus pocas fuerzas en sus doloridos brazos para intentar someter a la rival. Pero sus fuerzas se deshacían por momentos, y sus mutuos quejidos de agotamiento evidenciaban que sus brazos no podían dar más de sí, al menos durante varios minutos. Había sido un largo duelo, y ahora debían pensar en seguir con su pelea de otra forma.
Lena pensaba en ello, pero no quería pedir un cambio de táctica en su enfrentamiento, pues podría quedar como cobarde, o como derrotada.
- ¿Quieres que siga estrujando tu patético cuerpo entre mis fuertes brazos? –jadeó, amenazantemente, pero deseando que Sirkka no aceptara. Durante un segundo, la finlandesa estrujó su cuerpo, y algo insegura de seguir, Lena replicó con otro abrazo con sus últimas fuerzas, pero Sirkka enseguida dejó la presión.
- Si mis fuertes brazos ya te han dado bastante, podemos pasar a otra cosa, zorra –replicó Sirkka. Ahora fue Lena la que en respuesta a sus palabras estrujó a su rival levemente, y la finlandesa replicó con sus escasas fuerzas. Sólo duró medio segundo.
- Puedo lucharte de cualquier manera que esa sucia mente tuya piense –jadeó Lena en el oído de Sirkka.
- Y de todas esas maneras, y más, te sometería, sarnosa –la finlandesa susurró al oído de la sueca. Sirkka notó como el cuerpo de Lena temblaba bajo sus palabras, y se dio cuenta de que su propio cuerpo palpitaba también ante sus propias palabras lascivas. Pero no era un temblor de miedo, sino una mezcla de lujuria, rivalidad y duda ante una línea que cruzar.
Con un nuevo relámpago, seguido enseguida de un trueno, empezó a llover con suavidad. Pequeñas gotas frías cayeron sobre sus cabezas y hombros.
- ¿Siguen doloridas esas piernas gordas tuyas? –dijo en voz baja Lena, con arrogancia en su voz.
- No tanto como esas patéticas piernas tuyas –replicó con un jadeo Sirkka. La finlandesa quiso tomar la iniciativa iniciada por Lena-. ¿Lo quieres?
- Lo quiero –masculló con sensualidad la sueca.
Separando sus cuerpos calientes, las dos rubias se sentaron sobre sus perfectos traseros, mientras la lluvia, aún muy suave, caía sobre ellas, humedeciendo sus disfraces. Sirkka y Lena se quitaron los zapatos oscuros de ancho tacón, lanzándolos a un lado del césped. Sus bellos rostros se endurecieron con una mueca de rivalidad, al tiempo que trababan sus largas piernas mojadas. Estirándose, sus piernas se entrelazaron como serpientes, longitud contra longitud, antes de contraerse levemente en su mutuo duelo. Lena se preguntó de quién sería el par más largo. Siempre había supuesto presuntuosamente que sus piernas eran mejores en cada aspecto que las de Sirkka, incluyendo la longitud de éstas, pero mientras ahora miraba con deleite y celos las otras firmes piernas, la sueca empezó a tener sus dudas. Por el centelleo de los ojos claros de la finlandesa sobre sus propias piernas, Lena supo que Sirkka tenía los mismos pensamientos, y titubeos.
Bajo la lluvia, Sirkka jadeó mientras su muslo derecho, atrapado entre las piernas de Lena, fue estrujado. Ella pudo oír el mismo jadeo de Lena mientras aún estaban colocándose en posición. La finlandesa, por las sensaciones entre sus piernas, notó que ambas, a pesar de sus sucias palabras desafiantes, estaban muy tensas. Por alguna razón este duelo no iba a tener nada que ver con la lucha de piernas del día anterior. Quizás todo lo que había ocurrido desde entonces, con sus innumerables piques, y especialmente su ardiente baile en la carpa sólo unos minutos antes, había cambiado la perspectiva y el camino de su rivalidad. Las palabras lanzadas sin temor también habían dado una nueva dimensión lujuriosa al desafío, y ambas sabían perfectamente que la derrota vendría acompañada de alguna sucia humillación por parte de la rival.
Las mujeres inclinaron sus torsos atrás, colocando las manos en el césped tras sus cuerpos tras tomar una buena posición. Sus brazos, poco recuperados aún de su duelo de fuerza, temblaron visiblemente, pero ambas apretaron los dientes y resistieron mientras las palmas de las manos se manchaban con tierra mojada y césped húmedo.
Desde esa posición, Sirkka puedo ver como la falda blanca y amarilla del disfraz de Lena se alzaba, mostrando más de los muslos de su rival. Se veían dulces, y apetecibles, y por un momento Sirkka reconoció, con envidia, que Hans encontrara atractivas esas piernas y esos muslos. Imaginándose al hombre entre esos muslos, el corazón de la finlandesa latió a gran velocidad, rabioso, bajo la lluvia. Sirkka pudo ver, brevemente, unas bragas amarillas al fondo de esos muslos, pero las perdió de vista en menos de un segundo.
Lena tampoco había perdido la oportunidad de analizar más de los muslos de su oponente. Aprovechando que la falda blanca y azul de Sirkka no ocultaba ahora los muslos finlandeses, Lena los analizó. Húmedos bajo la tenue lluvia, esos muslos se mostraban esplendorosos y atractivos. La sueca envidió esa belleza, y durante un momento un negro pensamiento cruzó su mente: ¿Añoraba Hans estar entre esos muslos? Siguiendo con esa idea, la sueca intentó ver más allá, pero sólo tuvo un fugaz vistazo de unas bragas azules más allá de los muslos de Sirkka.
Con estas reflexiones envidiosas en sus cabezas, las chicas alzaron la vista de sus muslos a sus ojos. Azules frente a azules, aunque con tonos rojizos de rabia y furia. Sirkka dio al muslo prisionero de su enemiga un apretón amenazador, desafiante. Lena replicó con idéntica fuerza, con idéntica amenaza. Era la señal.
Con mucha lentitud, gradualmente, las chicas empezaron a estrujar, a acumular presión, sobre las otras piernas y muslos, mientras la lluvia mojaba todo el frente de sus cuerpos. Las gotas de lluvia se mezclaban con las de sudor en sus piernas y frentes, saltando bruscamente con cada apretón. Sus miradas inflamadas subían y bajaban, desde sus piernas en duelo a sus ojos azules, deteniéndose continuamente en el otro pecho, que se movía pesadamente bajo sus ropas al ritmo de sus cada vez más irregulares respiraciones. Ambas podían intuir los otros pezones bajo sus disfraces, endurecidos por el frío de la lluviosa noche y el calor de sus tensos cuerpos en duelo.
- Cuando mis piernas humillen a esos debiluchos palillos tuyos, Lena, seguiré con esas tetas –gruñó calientemente Sirkka. La finlandesa notó como los pezones de su rival se alargaban ante sus palabras, y sus propios pezones también se endurecieron bajo su disfraz, provocando cierto dolor ante la presión a la que estaban sometidos.
- Sirkka –jadeó Lena, pronunciando el nombre como si le provocara una ardiente lujuria su sola mención-, no creas que tus tetas quedaran intactas cuando termine de partir tus piernas.
Sus músculos de las piernas se tensaron con adrenalina, causando un gemido angustiado en ambas chicas. Sus brazos no pudieron mantener más el peso de sus cuerpos, y se doblaron, lanzando las espaldas de las mujeres contra el cada vez más embarrizado césped.
Tumbadas, siguieron presionándose pierna a pierna, mientras sus brazos descansaban muertos en sus costados. Sus cabellos rubios se mancharon de barro al quedar tendidas, por lo que sus perfectas coletas doradas se oscurecieron mientras el duelo de piernas siguió bajo la lluvia. Cerrando los ojos y la boca para evitar las frías gotas de la tormenta que se avecinaba, Lena y Sirkka gimieron de dolor ante el tormentoso reto. Sus piernas exprimieron totalmente a las rivales con una fuerza que nunca ninguna de ellas creyó tener, pero aún así ninguno se rindió.
La lluvia fue haciéndose más fuerte, con unos truenos y rayos cada vez más frecuentes. La intensidad cada vez mayor de la tormenta se emparejaba con la intensidad cada mayor de su enfrentamiento de piernas. Los gemidos y jadeos pasaron a ser gritos y sofocos. Nunca habían sentido tanto dolor en su vida.
- ¡Puta! –jadeó Lena.
- ¡Zorra! –replicó Sirkka.
El dolor pasó a convertirse en algo casi interno, embotado, constante, mientras también sus piernas iban perdiendo sus fuerzas. Ambas rubias usaron sus últimas reservas en un intento de tomar ventaja, pero aquello alcanzó un nivel insoportable de tensión, que concluyó con un doble grito de frustración mientras sus piernas crujían audiblemente y las chicas dejaban repentinamente de apretar. Sus largas extremidades inferiores quedaron entumecidas, paralizadas. Como dos peces fuera del agua, las mujeres jadeaban y se ahogaban bajo la lluvia mientras muy lentamente separaban sus destrozadas piernas.
Cada vez más llenas de barro y agua, ambas se sentaron, con enorme esfuerzo. Ni sus brazos ni piernas daban más de sí, pero ni una ni otra quiso pedir una tregua o un descanso, temiendo quedar como una cobarde.
Lena, entonces, alzó su mano derecha hacia su pecho. Ese pequeño gesto provocó una mueca de sufrimiento en su rostro, pues los músculos de su brazo estallaban con eléctricas sacudidas de dolor. La sueca agarró el lazo amarillo que tenía sobre el cerrado escote, y lo desabrochó, logrando que sus aprisionadas tetas tuvieran algo más de maniobra bajo su disfraz de Ricitos de Oro. Lena miró fijamente a Sirkka mientras hacía el gesto de la forma más desafiantemente posible. La finlandesa imitó su gesto, y con el mismo dolor abrió su lazo azul, preparándose mentalmente para el duelo que sabía que vendría.
Mirándose a los ojos, donde lágrimas y agua de lluvia se confundían, las dos nórdicas se arrastraron torpemente adelante. Sus piernas seguían sin dar señales de vida, e incluso este movimiento causó jadeos irregulares en las chicas. Al fin quedaron frente a frente, sentadas. Ambas estiraron sus derrotadas piernas a un lado de la otra, evitando el contacto entre ellas, mientras sus embarrados traseros quedaban lado a lado, rozándose. Ambas giraron sus torsos –Lena a la izquierda, Sirkka a la derecha-, encarándose bajo la lluvia. Si no podían usar sus brazos o sus piernas para pelear, tenían que emplearse con otra parte del cuerpo…
- Tráelas de una vez, perra engreída –jadeó Sirkka.
- Tráelas tú, furcia arrogante –replicó Lena.
- ¿Tienes miedo de acabar lo que hemos empezado varias veces? –dijo la finlandesa.
- Sabes que siempre he tenido ventaja ahí –contestó la sueca.
- Nunca he notado nada destacable ahí.
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Martes, Abril 15th, 2008 a 3:23 pm bajo