Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 4/8)
- ¡Al fin! –gritó Verónica.
- Dime que estoy perfecta –pedía Lena a su compañera de piso. Jennifer levantó la vista de su escritorio, de su libro de física, y tras recolocarse sus gafas, miró a su amiga.
- Lena, por favor, sabes que eres un bombón –dijo “la empollona”, como la llamaba cariñosamente la sueca-. Más quisiera yo tener ese cuerpo.
- No seas tan dura contigo –dijo Lena, mirando su reflejo en el espejo. Jennifer la miró con una mezcla de envidia y orgullo. La sueca estaba radiante disfrazada de Ricitos de Oro, con su cuerpazo adaptándose perfectamente al ajustado traje amarillo y blanco, de muy cortas mangas –apenas tapaban poco más allá de sus hombros- y con una pequeña falda de ancho vuelo en el mismo vestido. Un corsé amarillo apretaba su cintura y ajustaba el traje contra su curvilíneo cuerpo; del corsé, quedando justo en la parte frontal de la falda, salía un trozo de tela blanca a modo de delantal con tres pequeños ositos pintados. Las redondas tetas de Lena resaltaban ante el ajustado vestido, pero no mostraban todo su esplendor ante su prácticamente nulo escote, donde resaltaba un lazo anudado de color amarillo-. Tendría que haber comprado uno más escotado –se lamentó la sueca, mientras siguió analizando su vestido. En sus piernas dos medias blancas decoradas con algún osito tapaban desde sus rodillas hacia abajo, donde dos zapatos oscuros con tacón ancho elevaban algo su altura. La sueca se había hecho dos coletas con su largo cabello dorado, cada una a un lado de su rostro, y las había rematado con dos lazos amarillos. Así enmarcaba su bello rostro, maquillado con exquisitez y perfección: sus labios estaban pintados de un rojo claro, sus pestañas estaban bien resaltadas, sus cejas estaban perfectamente perfiladas, y sus ojos resaltados con una ligera sombra oscura de ojos-. Me voy Jennifer.
- Lena –dijo la compañera en el último momento. Cuando la sueca la miró, Jennifer sonrió-. ¡Patéale el trasero!
La sueca sonrió, y cabeceó, asintiendo, con una mirada de determinación en sus llamativos ojos azul-verdosos.
La fiesta de la Universidad era todo un éxito. La enorme carpa estaba a tope, con una pista de baile llena de bailongos universitarios. Todo el mundo estaba disfrazado. Sirkka, tras despedirse de Verónica, se cruzó con Superman, con Marilyn Monroe, con unos cuantos vikingos y con un par de orcos sacados directamente de “El Señor de los Anillos”. Pero sus ojos azules sólo buscaban a alguien en concreto: a su presa.
Lena rechazó la bebida que le ofrecía uno de los camareros, vestido de troglodita como el resto. Siguió buscando, casi olfateando el aire en busca y captura de su objetivo. Sus ojos claros pasaron sobre una pareja disfrazada de Aladdin y Jasmine, sobre unos cuantos y poco originales futbolistas, sobre algún Spiderman…
Se vieron al mismo tiempo. O mejor dicho, vieron los otros dos ojos azules, que mostraban el mismo deseo: encontrar. Casi empujando a la gente, se acercaron una a otra, sin dejar de enfocar directamente esos preciosos ojos desafiantes. De nuevo se olvidaron del resto del mundo, e incluso del resto del otro cuerpo: sólo tenían ojos para, justo, los otros ojos.
Se detuvieron a pocos centímetros de la otra, y entonces fue cuando parecieron despertar, y ser conscientes del otro cuerpo por completo. Sus rostros mostraron sorpresa, y luego odio. Sus vestidos eran, prácticamente idénticos. Igualmente ajustados, igualmente apretados, igualmente sensuales, igualmente… todo. Simplemente, donde uno era azul, el otro era amarillo.
Lena sintió un ardor nacer en sus entrañas, rápidamente extendiéndose por todo su cuerpo, resaltando especialmente en sus dos firmes pechos y en su entrepierna. Sus pezones se marcaron levemente a través de su disfraz, endureciéndose.
La sueca notó esto, e instintivamente bajó su mirada al pecho de su rival. Allí, percibió dos puntos remarcados a través del traje de Sirkka, y notó como sus propios pezones se endurecían aún más ante esta erótica visión. Obligándose a apartar la vista, Lena miró de nuevo el rostro de la finlandesa, para ver cómo Sirkka miraba su pecho con una mueca de desprecio. Lena notó como los ojos glaciales de Sirkka miraban directamente a sus pujantes pezones, y ello la excitó aún más. Con una rápida mirada arrogante, la sueca vio como los pezones de la finlandesa también se estiraban más y más bajo su disfraz.
Sirkka puso sus manos en sus caderas, en una posición desafiante, mientras trataba de controlar el calor que recorría su cuerpo. Ahora mantuvo sus ojos sobre los ojos azul-verdosos de su oponente, luchando contra su deseo de mirar los pezones de Lena, y pudo notar en la mirada de la sueca que ella también estaba usando toda su voluntad en mirar fijamente a sus ojos y no bajar la mirada. Sirkka casi notó cierto dolor en sus pezones al estar aprisionados bajo su sostén y su vestido, y deseó que Lena sintiera la misma sensación de malestar. La sensación de ardor hizo un amago de estallar cuando vio a la sueca colocar las manos en sus caderas, imitando su posición femeninamente provocadora. Sus ojos siguieron lanzándose dagas envenenadas, mientras a su alrededor la gente bailaba, reía, charlaba y ligaba sin darse cuenta de la lujuriosa batalla silenciosas de voluntades que se daba entre las dos calientes nórdicas.
Lena explotó finalmente, y sin poder evitarlo, lanzó su cara adelante. Sus labios se pegaron al oído izquierdo de Sirkka, mientras evitaba intencionadamente juntar sus excitadas tetas con los firmes pechos de su rival. Ambas agradecieron esto, pues ninguna se veía capaz de soportar el contacto de los otros calientes orbes y sus duros pezones en este momento. Sabían que perderían el control si ello ocurría, y no debían llamar la atención.
- Creo que ha llegado el momento de quitarle a Alicia esa arrogante mirada de su fea cara –Lena gritó en su oído, pues la alta música evitaba que pudieran hablar con normalidad. Mientras Lena se refería a ella como Alicia por su disfraz, Sirkka tembló levemente al notar los suaves labios de la sueca rozar su oreja, y pensó en su ex novio, Hans, besando esos esponjosos labios rojizos. Pensó si él compararía sus besos, y si ella era la deseada o la segundona en este examen. Apartando esos pensamientos fogosos de su mente, la finlandesa se inclinó adelante, sobre el oído izquierdo de Lena, mientras se lamía los labios.
- Si quieres luchar, Ricitos de Oro, vamos fuera y resolvamos esto en el césped, como mujeres –desafió Sirkka, harta de los rodeos. Ambas siguieron evitando el choque de pechos, mientras durante unos segundos ambas dieron vueltas en sus cabezas al desafío lanzado. Lena, tras aspirar el aroma de una coleta de Sirkka, lamió sus labios mientras rabiaba por la sensación de los dulces labios rosáceos de su rival en su oreja. ¿Hans los echaría de menos?
- No, zorra –jadeó Lena.
- Maldita cobar… -empezó Sirkka, pero Lena siguió su frase.
- Si deseas tenerme, tómame en la pista de baile, como mujeres –dicho esto, la sueca se separó de la finlandesa, y tras una última mirada lujuriosa, empezó a caminar hacia el gentío, hacia la abarrotada pista de baile.
Verónica bailaba con otra chica, una bonita holandesa disfrazada de sensual duende. A pesar de sus sonrisas, ambas estaban en una dura batalla por la atención de un atractivo chico, y el duelo estaba lejos de acabar. Ambas lo sabían.
- Si hace falta, terminaré con mis uñas en tus gordas tetas –masculló Verónica en español a la holandesa, sabiendo –o eso creía -que no la entendía.
Entonces, la bella morena vio pasar a Lena, seguida de cerca por Sirkka. Sonriendo, le deseó mentalmente suerte a su amiga, mientras volvía a enfocar a su rival. Ella y la holandesa chocaron teta a teta, y cuando sintió las garras de su rival en su culo, Verónica supo que el duelo había subido de nivel.
Sirkka siguió al contoneante cuerpo de Lena, muy enojada. Había perdido la calma hacía unos segundos, retando a su enemiga a una pelea barriobajera en el césped de la universidad. Lena había rechazado algo tan vulgar, desafiándola a un duelo mucho más íntimo, controlado y lujuriosamente caliente. Se odió por no haber sido ella la que hubiera lanzado el guante a su rival, y ahora sólo pensaba en cómo recuperar la lasciva iniciativa que ahora llevaba su fogosa antagonista.
Lena, mientras tanto, se movía entre los universitarios, sin atreverse a detenerse, sin atreverse a mirar atrás. No sabía si Sirkka la seguía, y no sabía si deseaba que así fuera. De hecho, no sabía cómo había sido capaz de desafiar a su enemiga a un duelo tan erótico en medio de una atiborrada fiesta. Había deseado con toda su alma salir fuera del lugar, agarrar las coletas de su rival y acabar con los vestidos destrozados mientras luchaba en el césped con ella. Pero algo en su interior le dijo que había otra manera de resolver sus cada vez mayores y más agrias diferencias.
Tomando aire, Lena, la sueca, se giró para encarar sus miedos, y sus más íntimos deseos. Y allí, frente a ella, la esperaba Sirkka, la finlandesa.
En el centro de la pista, separadas por apenas medio metro, las sensuales nórdicas se circundaron con recelo, empezando a sentir la música en su interior. Los primeros compases de “Mecasanova”, un tema de la cantante alemana Sandra Nasic, empezaron a sonar en la fiesta, y la gente empezó a bailar locamente. Recelosas, ambas bailaron en círculos, manteniendo la distancia. Sus miradas no dejaban de observar en detalle las otras atractivas curvas bajo sus disfraces.
La pista de baile fue apretándose a su alrededor, mientras las caóticas luces de colores conferían cierta intimidad a las duelistas. Ambas cerraron distancia, y se prepararon para el esperado contacto de sus cremosos cuerpos. La sensualidad llenó sus cuerpos, y, al fin, sus pechos se tocaron en un rápido frotamiento mutuo. Separándose, con un mudo jadeo, siguieron bailando, exasperadas porque el contacto les supo a poco. Volvieron a chocar, nariz a nariz, y esta vez presionaron sus tetas juntas con fuerza durante unos pocos segundos, los suficientes para sentir la firmeza de las otras tetas, la dureza de los otros pezones. Jadeantes, las chicas se volvieron a separar, deteniendo su baile durante un segundo para mirarse las tetas con odio.
Enseguida siguieron bailando, esta vez evitando el contacto para centrarse en un duelo de movimientos de cuerpos, de marcar su sensualidad con caderas, pechos y traseros, con coletas al aire y miradas lujuriosamente azules.
Sirkka supo que debía dar un claro paso adelante en este duelo, y tomar la iniciativa. Entonces empezó a sonar “She´s Hearing Voices”, de Bloc Party, y con el ritmo más pausado de este tema, Sirkka tuvo una caliente inspiración: llevaría el duelo a una escala más cercana.
Lena vio la determinación en la cara de Sirkka, mientras la finlandesa se le echaba encima. Juntando sus cuerpos, frente a frente, desde los dedos de los pies a sus barbillas, las mujeres empezaron a bailar al pegadizo ritmo de la batería, frotando la totalidad de sus frentes. Arriba y abajo, a derecha y a izquierda, bailaron en batalla. Sus manos estaban alzadas sobre sus cabezas, moviéndolas con lentitud mientras se miraban a la cara con pasión y envidia, y con mucha seguridad en sí mismas. Los minutos pasaron, y ambas siguieron con el erótico duelo mientras empezaban a sudar, y a atraer miradas.
Un nuevo tema empezó. Una voz femenina anunciaba el inicio de “Zerstören”, de Rammstein. Al unísono, justo cuando las guitarras hicieron su potente aparición en la canción, y sin poder resistirlo más, Sirkka y Lena se abrazaron, bailando muy juntas, y alocadamente. Sus pechos aplastaron, sus pezones perforaron, sus vientres besaron, sus entrepiernas frotaron.
- ¡No parecen tan grandes, zorra! –se gritaron al oído, mientras una fiebre lujuriosa las invadía en su constante frotar de tetas.
Pero, para su desgracia, ni una ni otra pudo seguir con este deseado duelo ardiente. La gente a su alrededor empezaba a murmurar, a mirar asombrados. Con un mutuo empujón, las bellezas rubias se separaron, sudorosamente jadeantes. Lena, entonces, se acercó a Sirkka para gritarle en el oído.
- ¿Aún sigue en pie lo de tomarme en el césped, puta?
La luna brillaba llena en el nocturno cielo, salpicado de estrellas, mientras una negras nubes casi invisibles se empezaban a otear en la lejanía. Y esa era toda la luz que necesitaban para su íntimo y personal duelo. El ruido de la fiesta resonaba a lo lejos, mientras las chicas se encaraban en el césped de la universidad, tras unos árboles y arbustos que las ocultaban del camino más cercano.
Ambas se concentraron en la otra, y el sonido de la fiesta se apagó en sus oídos. En el ahora absoluto silencio de la noche, Sirkka sólo oía la nerviosa respiración de Lena, y la suya propia. Empezaba a sentir esto casi como algo irreal: las encantadoras Alicia y Ricitos de Oro de los cuentos, peleando en una estrellada noche silenciosa, para demostrar quién de ellas era la mejor mujer.
- ¿Desde cuándo has deseado esto, Sirkka? –rompió el silencio Lena. Su voz sonó baja, nerviosa y viciosa.
- Podría decir que desde que te vi con Hans, Lena, pero mentiría –replicó la finlandesa con un susurro excitado y cargado de lujuria-. Te he odiado desde la primera vez que te vi, sentada en la biblioteca…
- Oh, recuerdo ese día –cortó la sueca-, ha quedado marcado con fuego en mi corazón, furcia. También te he odiado desde que te vi entrar ese día en la biblioteca.
- Bien, parece que estamos hechas la una para la otra –ironizó la finlandesa.
- Debes sentirte humillada por lo de Hans –Lena decidió hurgar en la herida de su rival, buscando tomar ventaja en este duelo de palabras-. Debe joderte que me prefiera a mí antes que a ti.
- Cuando esta noche te arranque hasta el último pelo de tu bonito cabello veremos a quien prefiere ese estúpido –replicó Sirkka, cada vez más impaciente por empezar.
- Cuando haga explotar esas gordas tetas tuyas en unos minutos veremos si vuelves a atraer a cualquier otro hombre –dijo Lena, mirando con desprecio los pechos de su oponente.
- Me has estado evitando mucho tiempo, perra, pero eso se acabó ahora mismo.
- ¿Evitándote yo? No me hagas reír. Estoy aquí, enfrente tuya, y estamos solas. ¿Qué vas a hacer?
Sirkka empezó a caminar decididamente adelante, y Lena la imitó para ir a su encuentro, ansiando agarrar ese bonito pelo dorado. Pero entonces, sorprendentemente, Sirkka se arrodilló. Lena se detuvo, a escasos centímetros de ella, con una mueca de extrañeza. La finlandesa, sonriendo, alzó sus dos manos desnudas, en un claro desafío. Deseaba iniciar una prueba de fuerza.
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Lunes, Abril 14th, 2008 a 3:21 pm bajo