Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 3/8)
- Sólo sé que… -Sirkka dio un paso adelante, quedando muy cerca del bello rostro de Lena. El tono de voz de la finlandesa descendió-, mis pechos aportan más peso a mi cuerpo que los tuyos.
- Eso no es lo que tus pechos demostraron ayer –susurró Lena, que entonces se giró sobre sí misma y se alejó. Cuando estaba a un par de metros de su rival, la miró por encima de de hombro izquierdo-. Más bien demostraron lo contrario –concluyó con una sonrisa y una mirada desafiante.
Sirkka frunció el entrecejo, enojada. Su cuerpo ardía por el duelo de palabras, pero se sentía frustrada porque la otra se apartara. Así, la siguió. Justo como Lena quería.
Así, Sirkka llegó hasta la zona de venta de los televisores. Allí, Lena la esperaba ante un televisor de plasma enorme, sonriente. La finlandesa miró la pantalla, y supo porqué sonreía su enemiga.
- Oh, lucha libre… femenina –Sirkka sonrió a Lena, y ambas intercambiaron una mirada sugerente.
- Aunque sea puro teatro, siempre me ha gustado ver como dos mujeres atléticas encaran sus cuerpos, sus virtudes y sus habilidades en cualquier tipo de desafío –dijo Lena, mirando fijamente a los ojos a Sirkka-. A cualquier desafío… y en cualquier lugar.
- Incluso en, digamos, ¿un supermercado? –la finlandesa lanzó la carnaza, y se mordió el labio inferior mientras su corazón se aceleraba.
La sueca miró a un lado y a otro, como si buscase algo. Finalmente pareció hallarlo, pues volvió a mirar a Sirkka, con fuego en su mirada.
- Quiero ver la ropa de oferta, ¿vienes? Seguro que habrá algo que te interese.
- ¿Cómo rechazar una oferta de ti, cariño? –dijo la finlandesa, que caminó para el sitio rápidamente, queriendo llevar esta vez la iniciativa. Lena la siguió de cerca hasta que se encontraron frente a un gran recipiente rectangular lleno de ropa pasada de temporada a un precio ínfimo. Allí, una docena de mujeres y chicas jóvenes buscaba entre la ropa como aves de rapiña, con algún empujón leve entre ellas en busca de la aguja en el pajar.
- Zorra lista –sonrió Sirkka mientras las dos se colocaban lado a lado, metiendo las manos en la ropa. Enseguida el lado derecho de la cadera de la finlandesa y el izquierdo de la sueca empezaron a rozarse, y a chocarse con suavidad. Era el inicio. Sus manos se encontraron disimuladamente bajo la ropa, y sus dedos batallaron. Lena hizo una mueca de dolor cuando la finlandesa pellizcó el dorso de su mano derecha, y enseguida Sirkka se mordió el labio al sentir como la sueca doblaba su pulgar izquierdo. Algún pellizco, tirón y apretón fue intercambiado entre sus manos mientras sus cuerpos se aplastaban lateralmente, ahora claramente. A ambos lados de las chicas se habían colocado dos adolescentes que alocadamente buscaban ropa, por lo que tenían la excusa perfecta para no separar sus cuerpos y batallar silenciosamente. De hecho, muchas mujeres más, al ver como tantas féminas se interesaban por aquella ropa, se acercaron a mirar.
Así, Lena aprovechó para empujar lateralmente con su teta izquierda sobre el costado derecho del pecho de Sirkka. La finlandesa soltó un suave gemido, que hizo sonreír con arrogancia a Lena. Sin embargo, la finlandesa empujó con el lateral de su teta derecha para contrarrestar a la sueca, y ambas comenzaron una batalla lateral de pechos mientras sus manos seguían en duelo bajo la ropa. Ambas mordieron sus labios para controlar sus respiraciones, pues las dos nórdicas empezaron a notar cómo una ola de calor –mezcla de odio y lujuria- recorría sus cuerpos, desde la punta de los dedos de sus pies hasta el último cabello de sus cabezas.
Justo cuando sus corazones iban a salirse de sus pechos, o eso parecía, fueron empujadas atrás por la masa de mujeres. Habían estado tan atentas a su propio duelo que ello les pilló desprevenidas. Tambaleantes, las dos retrocedieron, pero Sirkka, instintivamente, golpeó con su cadera a Lena, que cayó sobre su trasero ruidosamente, soltando un jadeo dolorido. Un hombre ayudó a la sueca a levantarse.
- ¿Te encuentras bien? –dijo el señor educadamente.
- Perfectamente –dijo Lena, sin dejar de traspasar con su mirada a Sirkka.
- ¡Oh! ¿Estás bien querida? –Sirkka se acercó con una media sonrisa en la cara. Entonces habló al hombre-. A veces es un poco torpe… -volvió a mirar a la sueca-, y no sabe cuando parar… sus pies. Alguna vez se hará daño de verdad.
Que Sirkka le insinuara eso hizo que Lena estuviera a punto de lanzarse sobre ella, agarrar su bonito pelo y destrozarla allí mismo. Sin embargo todo ello sólo se tradujo en que Lena entrecerró levemente sus ojos con odio.
- Cariño, gracias por tu preocupación –replicó Lena, con todo el veneno que pudo lanzar desde su boca sin que el hombre se percatara de ello-. Ahora, acabaré mis compras, pero espero verte pronto.
- Quizás antes de lo que quisieras –susurró Sirkka, mientras ambas se giraron, meciendo sus cabellos rubios orgullosamente, y se separaron.
Lena montó en el aglomerado metro, con su bolsa de la compra. No había sitio para sentarse, así que tuvo que conformarse con quedar de pie, en el pasillo del vagón, agarrada a la barra central con su mano izquierda, rodeada de una masa caótica de gente.
- Hora punta –susurró, agobiada.
La sueca se entretuvo mirando a una joven pareja que, sentada en los asientos, se besaba dulcemente, agarrados de las manos. Lena pensó en la última escena de la obra “Romeo y Julieta”, donde Hans agarraría sus manos de esa manera, y le daría un pequeño beso en los labios. Y cuando la obra terminase, ella y él…
Los pensamientos de Lena fueron interrumpidas por un ligero golpe en su firme trasero. La sueca hizo caso omiso de él, pues era algo normal en un vagón de metro lleno. Pero cuando vino un segundo y más enérgico choque, Lena hizo una mueca de molestia y se giró para pedir a quien fuera que se topaba con ella que tuviera un poco más de cuidado.
Y entonces, su corazón se paró durante un segundo, para enseguida acelerarse hasta casi salírsele del pecho. Allí estaba, justo tras ella, a escasos centímetros. Dándole la espalda, Sirkka le sonreía malévolamente por encima del hombro, agarrando con una mano la barra del metro y con otra su bolsa de la compra. La mirada de Lena bajó hasta ver el bien colocado trasero de la finlandesa. Su propio culo y el de Sirkka sobresalían sensualmente de sus cuerpos, dándoles un perfil maravilloso. Y ahora entre ellos apenas cabría la hoja de un cuchillo.
La mirada de Lena volvió arriba. Fríamente, ambas se sonrieron, con sus ojos ardiendo de impaciencia por comenzar lo que sus mentes ya habían pensado. Tras una última mirada despectiva, ambas volvieron a mirar adelante, para disimular su duelo y, aunque no quisieran reconocerlo, para no mostrar ninguna debilidad a su oponente.
Esta vez fue Lena la que dio el primer paso, con un muy suave roce de su trasero contra el culo de Sirkka. Las nalgas de la finlandesa respondieron con la misma delicadeza, y ambas nórdicas entraron en un duelo lento, metódico y calmado, suavidad contra suavidad. Así se tantearon durante un minuto completo, hasta que Sirkka decidió que ya habían perdido bastante tiempo.
La finlandesa apartó lo justo su trasero, tomó fuerzas apretando su culo, y lanzó un bien medido golpe contra las nalgas de la sueca. El empellón hizo a Lena morderse el labio inferior, pero no perdió tiempo en imitar la táctica rival: tomó una leve distancia, endureció su culo, y golpeó como un percutor. Sirkka hizo una mueca de desagrado, y volvió a embestir con la misma sutileza. Las dos chicas entraron en un juego de intercambio, con golpes cada vez más firmes pero igualmente indetectables para los numerosos ocupantes del vagón. El combate por turnos acabó degenerando en topetones simultáneos, donde sus duras nalgas perdían su forma perfecta durante centésimas de segunda mientras chocaban para volver a separarse, retomar su silueta original, endurecerse y volver a chocar.
Sus angelicales rostros ocultaban sus sensaciones, pero de vez en cuando una de ellas momentáneamente guiñaba un ojo, apretaba sus dientes, mordía su labio inferior o cerraba con fuerza su mano sobre la barra del metro. Justamente, a las dos mujeres les vino una imagen mental muy apropiada para el lugar donde estaban: dos locomotoras chocando, frente a frente.
Sus pechos subían y bajaban al ritmo de sus cada vez más desiguales respiraciones, mientras gotas de sudor empezaban a formarse en sus frentes, axilas y alrededor de sus redondos pechos. Habían perdido la noción del tiempo, del lugar.
El metro hizo entonces una parada, y mucha gente empezó a bajarse. Las jóvenes detuvieron su duelo por miedo a ser descubiertas, y esperaron a que más gente entrara para volver a llenar el vagón. Lena miró fuera, deseando que hubiera suficiente gente para ello. Entonces vio el nombre de la parada… era la suya. La sueca se mordió el labio inferior, pensativa. Si no se bajaba ahora, se alejaría mucho de su piso. Pero…
Con el vagón empezando a llenarse, Sirkka volvió a atreverse a rozar suavemente su trasero contra el de Lena, como si le recordara su desafío. La sueca tomó su decisión, y apretujó su culo contra la finlandesa. El vagón se llenó de nuevo, las puertas se cerraron, el transporte empezó a moverse por los raíles, y sus traseros volvieron a chocar duramente.
Rabiosa por haber perdido su parada por culpa de Sirkka, Lena decidió demostrar a su rival quién de ellas tenía el trasero más firme, más duro, más sensual. Así, lo aplastó decididamente contra las nalgas de su oponente, y Sirkka devolvió el favor de la misma manera, aceptando este duelo a todo o nada. Sus culos se tensaron bajo sus vaqueros hasta tornarse tan duros como rocas, aplanándose mutuamente de igual manera, sin tomar una mínima ventaja. Ambas reajustaron sus cuerpos agarrándose mejor de la barra, mientras hicieron un enorme esfuerzo de control para no estampar sus bolsas en la cabeza de la otra chica.
Finalmente, Sirkka logró hacer dar un paso adelante a Lena, e incluyo creyó oír un suave y bajo jadeo surgir de la garganta de la sueca. El pecho de Lena quedó aplastado contra la espalda de un alto hombre, provocándole una leve punzada de dolor. El hombre se giró, sonriente, y Lena se disculpó con una forzada sonrisa. Cuando el hombre, tras echar una mirada al cuerpo de la sueca con admiración, volvió a girarse, una enojada Lena usó todas sus fuerzas para recuperar ese paso perdido y, poco después, obligar a la finlandesa a dar un paso más. Lena creyó sentir un leve gemido en Sirkka, mientras ésta chocaba con una chica joven, aplastando sus tetas contra su espalda. Mientras un pequeño dolor recorría sus orbes, Sirkka tuvo que aguantar la mirada enojada de la chica, mientras con un gran esfuerzo recuperaba su paso perdido.
El ambiente en el vagón llegó a ser sofocante y agobiante para ambas. Les faltaba aire, el sudor empezaba a ser molesto y sus traseros empezaban a embotarse. Pero justo cuando ambas iban a dejar este duelo ante tal presión, el metro volvió a detenerse. La gente empezó a bajarse, y Sirkka y Lena aprovecharon para darse un descanso. Separando sus engomados y sudorosos culos, se giraron para encararse cara a cara por primera vez en el metro. Con sus manos aún en la barra, se miraron con desprecio.
- Así que te gusta chocar culos con otras mujeres, ¿no Sirkka? –gruñó por lo bajo Lena, dando un paso adelante.
- Me gusta demostrar que tengo mejor culo que otras, Lena, si es eso lo que preguntas –murmuró Sirkka, dando a su vez un paso adelante. Ambas quedaron a escasos centímetros de su rival, mirándose rápidamente las tetas con un claro desafío silencioso.
- Bien, ahora que YO he destrozado tu patético trasero, quizás pueda pasar a aplanar totalmente esas pequeñeces tuyas, finlandesa, cuando este vagón se llene de nuevo –susurró Lena con otra mirada de asco a las tetas de Sirkka.
- Bien, quizás sea YO la que, tras aplastar tu gordo culo, acabe con esas miniaturas tuyas, sueca –replicó la finlandesa con una nueva mirada de repulsa a los otros orbes redondos.
- Señoritas –oyeron de repente. Las dos rubias miraron a un lado, ruborizándose al creer que habían sido oídas. Fuera del metro, un revisor de la estación las miraba seriamente, con claras muestras de impaciencia-. Estáis en la última parada, así que por favor, dejen los cotilleos y salgan del vagón que las limpiadoras deben hacer su trabajo.
Asombradas, las nórdicas vieron que, en efecto, estaban totalmente solas en el vagón. Habían estado tan centradas en la rival, en publicar sus desafíos, que no se habían dado cuenta.
Con una disculpa, las chicas salieron del transporte, caminando rápidamente hasta salir de la estación de metro. Al salir a la calle, vieron a muchos niños disfrazados, y recordaron que estaban en Carnaval.
- ¿Por casualidad no irás esta noche a la fiesta de Carnaval de la Universidad? –preguntó entonces Sirkka, mientras su corazón latía rápidamente mientras esperaba, y deseaba, una respuesta afirmativa.
- ¿Irás tú? –replicó Lena, deseando con toda su alma que la finlandesa asistiera.
Ambas bellezas se miraron fijamente, los ojos azules claros de Sirkka contra los ojos azules verdosos de Lena. Se tomaron incluso esta pregunta como un duelo, para ver quién cedía antes su información.
- Iré –respondieron al unísono, y ambas sonrieron cruelmente al oírlo. Sin una palabra más, se separaron, deseando que llegase la noche.
Sirkka volvió a mirarse en su largo espejo, por enésima vez.
- Vamos, Sirkka, estás perfecta –dijo su compañera de piso, una bonita española morena llamada Verónica. Con su disfraz de Caperucita Roja, la española estaba fantástica-. ¡Vamos, que llegamos tarde!
- Tengo que estar perfecta, Verónica. Más que perfecta –dijo la finlandesa, girándose y mirando su trasero en el espejo-. Sabes porqué.
- ¿Por esa engreída sueca robanovios? –dijo la morena-. ¿Por qué no simplemente agarras su bonito cabello dorado y la destrozar contra el suelo? –Verónica mostró en gestos lo que decía.
- Esto es distinto –contestó Sirkka-. Nuestra rivalidad debe resolverse de otra forma –sus ojos azules brillaron-. No me gustaría acabar peleando delante de todos como al final tuviste que hacer con esa tal Macarena.
- No me recuerdes a esa zorra –gruñó la morena, recordando sus dos peleas con su antigua amiga. Ya hacía dos años de aquello.
- Bueno –Sirkka seguía mirándose en el espejo. Desde luego, brillaba con luz propia.
Desde pequeña le había gustado mucho el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, y ahora estaba disfrazada como su protagonista. Su cuerpo se mostraba muy sensual bajo ese corto vestido azul y blanco, sin mangas, con una falda corta y muy abierta en la misma pieza. El vestido estaba muy encajado a causa de un corsé azul muy apretado alrededor de su fina cintura; un corsé decorado con una especie de pequeño delantal blanco con símbolos rojos y negros sacados de una baraja de naipes. Sus firmes tetas se empujaban contra tal presión del vestido, exhibiéndose algo bajo el poco escote del vestido, algo que Sirkka lamentaba. Justo en el centro del escote el vestido tenía un lazo azul atado. El traje traía además también dos medias blancas, que llegaban hasta la altura de sus rodillas, y que también estaban decoradas con corazones, rombos, tréboles y picas. La finlandesa calzaba unos zapatos negros de ancho tacón, y además había trenzado su bello cabello brillante en dos coletas largas laterales, con dos lazos azules decorando el final de sus trenzas. Su rostro estaba perfectamente maquillado, sin abusar: sombra de ojos clara, pestañas bien definidas, cejas perfiladas, labios pintados de rosa-, ¡estoy lista!
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Domingo, Abril 13th, 2008 a 3:16 pm bajo