12 Abr

Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 2/8)

- Bien, no importa eso ahora, Lena, porque éste parece un sitio tranquilo y… muy solitario –rompió el silencio Sirkka. Lena miró alrededor: árboles, arbustos y un puente de madera sobre el cercano lago, a unos 30 metros de ellas. Sólo alguien que viniera por el sendero o que cruzara el puente podría verlas allí, por lo que era, desde luego, un buen sitio para seguir con su juego.

- Sí, Sirkka. Quizás sea un buen momento para seguir con los estiramientos –la sueca soltó la mano de la finlandesa y se tumbó sobre su costado izquierdo, mirando fijamente a su oponente. Sirkka captó la indirecta, y se tumbó sobre su costado derecho frente a Lena. La finlandesa y la sueca pensaban en algo en ese momento: había una especie de afinidad entre ellas, que las llevaba a entender cada silencioso desafío rival, y a saber qué pensaba la otra en cada momento. Tomando nota mental de ello, Sirkka y Lena terminaron de ajustarse sus cuerpos frente a frente, a escasos centímetros.

- No sé tú, Lena, pero yo voy a empezar estirando mi pierna izquierda –dijo Sirkka, alzando su pierna hacia arriba con gran flexibilidad. La sueca, tras mirar la pierna extendida de la finlandesa, alzó su pierna derecha en dirección a la pierna de Sirkka.
- Esto va a ser interesante –fue todo lo que dijo Lena, mientras las dos piernas elevadas de las muchachas rubias se tocaban por las zapatillas.

Mirando sus pies, las nórdicas los entrelazaron por los tobillos lentamente. Los calcetines azules de Lena y los blancos de Sirkka las protegieron del áspero tacto de las zapatillas mientras los músculos de sus piernas temblaban por la tensión y el esfuerzo de mantener sus largas extremidades inferiores alzadas. Paulatinamente las bellas jóvenes fueron estirando y alzando más allá sus piernas, alcanzando finalmente un doloroso ángulo de 90 grados. Lena soltó un leve gruñido, mezcla de dolor y esfuerzo, mientras gotas de sudor llenaban su frente. La sueca vio sonreír suavemente a Sirkka ante su muestra de debilidad, pero la sonrisa de la finlandesa desapareció enseguida pues de entre sus dientes apretados escapó un pequeño jadeo angustioso que hizo saltar de su rostro pizcas de sudor.

Ninguna creía lo que estaba pasando. Hacía menos de una hora estaban tranquilamente haciendo “footing”, y ahora estaban enfrentando sus más preciados tesoros, sus fuertes piernas, con su más amarga rival. Todo había seguido un camino extrañamente natural desde que se cruzaron en el parque hasta ahora.
Sirkka bajó la vista de su alzada pierna y miró directamente a Lena, para encontrarla mirando sus propio rostro. Las rubias enlazaron sus miradas, buscando alguna muestra de debilidad en los ojos claros de la enemiga. Sólo el caluroso sol podía ver el duelo de las muchachas, y parecía disfrutar de ello pues aumentó la intensidad de su luz. El sudor comenzó a caer en chorros por sus frentes, mejillas, cuellos, vientres y piernas, y por el resto de sus cuerpos ocultos por camisetas ajustadas de tirantes y mallas oscuras.

Perdiendo la cuenta del tiempo, Lena empezó a notar un enorme peso muerto en su pierna levantada, mientras las fuerzas la abandonaban. Con un gruñido frustrado, la sueca intentó mantenerla estirada, pero segundos después gemía en voz algo más alta. Justo entonces una pareja de ciclistas cruzó el puente del lago, y el sonido de las bicicletas en las maderas hizo que, como resortes, las chicas separasen sus piernas y las bajasen, esperando que la distancia entre el puente y ellas hubiera sido suficiente para que no hubieran sido descubiertas. Los ciclistas cruzaron, mientras las nórdicas se sentaban sobre sus traseros y masajeaban sus piernas entumecidas.

- Salvada por esos ciclistas –gruñó Sirkka, limpiándose el sudor de la frente-. Considérate afortunada, ya te tenía.
- Perra arrogante –replicó enojada Lena, sabiendo que la finlandesa tenía razón-. Seguramente llevo haciendo ejercicio hoy más tiempo que tú, y por eso mis piernas están más agotadas –Sirkka sonrió irónicamente ante ello-. Aún así, no has vencido, pues mi otra pierna está esperando –dijo la sueca, esperando lograr así una revancha.
- Si te hace feliz que quiebre tus piernecillas suecas… –dijo Sirkka, encogiéndose de hombros.
- Sigue confiando en tus débiles piernas finlandesas, Sirkka, porque pronto verás lo que unas piernas de verdad pueden hacer… -concluyó Lena, mientras ambas te tumbaban sobre el otro costado para encarar sus piernas más frescas.

Entrelazando sus piernas por los tobillos desde abajo esta vez, ambas empezaron a alzarlas lenta y tensamente, sin dejar de mirarse fijamente a los ojos. A mitad de camino, ambas se detuvieron, asustadas por un ruido en el sendero. Sin embargo, nadie apareció, así que olvidaron la falsa alarma y siguieron con su duelo de piernas. Finalmente alcanzaron el ángulo recto, con los pies y las piernas apuntando directamente al soleado cielo azul. Pero el único azul que ambas veían era el de los ojos de la otra chica. Soltando alternativamente jadeos y gemidos bajos, Sirkka y Lena batallaron tercamente durante lo que pareció una eternidad.

La pierna derecha de la finlandesa empezó entonces a perder fuerza, o eso creyó notar Lena, que usó sus últimas fuerzas para estrujar a la sumisión a su rival. Sirkka gimió echando levemente atrás su cabeza, soltando entonces un juramento en su lengua natal.
Y entonces, de nuevo, un ruido sonó cerca, procedente del camino. Frustrada, Lena bajó su pierna, apartándola de la de Sirkka, mientras ambas se sentaban justo cuando un perro llevaba al lugar. Una voz masculina llamó al animal, y éste se marchó enseguida.

- Salvada por un perro, muy apropiado –jadeó Lena, mirando a Sirkka. Las chicas sacudieron sus brazos, intentando quitarse el sudor de ellos-. ¿Quién es la perra dominada ahora?
- Parece que olvidas que hace un momento era yo la que te tenía dominada, zorra presumida –respondió con enfado la finlandesa.
- Bueno, quizás nuestras piernas izquierdas sean algo más fuertes, pero mi pregunta es…
- ¿Qué pasaría si juntásemos las cuatro piernas a la vez? –leyó la mente Sirkka, y Lena sonrió.
- Me gusta que pienses como yo, puta. Sólo como piensas –aclaró rápidamente la sueca-, no que me gustes tú.
- En eso sentimos lo mismo, furcia.

Las dos chicas rubias se arrastraron adelante, quedando sentadas frente a frente. Poco a poco, fueron pacientemente entrelazando pies, piernas y muslos en un liso enredo, De nuevo se maravillaron por como sus mentes pensaban al unísono, y de la misma forma. Así, de cerca, pudieron examinar pausadamente las piernas de la rival, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Y parecían tan fuertes, largas, firmes y bellas como las propias. Las dos siempre habían deseado en secreto compararse en un duelo físico como éste, y en especial habían estado casi obsesionadas con la comparación de sus piernas, algo que mucha gente que las veía en la universidad hacía a menudo. Así pues, este duelo cara a cara con sus mayores orgullos era una cuestión de, prácticamente, vida o muerte para ellas.

Una vez bien entrelazadas, ambas pusieron sus manos con las palmas abajo detrás de sus espaldas, alzando sus cuerpos unos milímetros del suelo. Así, sólo sus manos y sus piernas entrelazadas tocaban tierra, aumentado la presión sobre sus cuerpos jóvenes. Sin ninguna señal, Sirkka y Lena empezaron a estrujar sus piernas juntas con sus ya no tan completas fuerzas. Mirando ahora sus piernas en duelo, ahora los enrojecidos rostros de la otra, las nórdicas gimieron con suavidad y apretaron sus blancos dientes en la búsqueda de una victoria física y moral. Sabían que ni una ni otra podía reclamar hasta ahora alguna victoria clara sobre la oponente, y por ello este duelo adquirió aún más importancia.

Incómodamente, ambas fueron rectificando con tenues movimientos sus posiciones, moviendo un poco a la derecha esa palma, o entrelazando un poco mejor ese tobillo izquierdo. Según avanzaba el duelo, cada suave cambio de posición provocaba mayor tensión en sus piernas. Las respiraciones de las rubias iban aumentado en profundidad al tiempo que el sudor de sus cuerpos aumentaba su presencia. Leves crujidos, casi silenciosos, resonaron en sus oídos procedentes de sus piernas en duelo. El dolor llegó a ser insoportable, y así se vio reflejado en las muecas de sus preciosos rostros.

A veces, el lejano puente era cruzado: ahora por una pareja con un niño pequeño, ahora por unos jóvenes ciclistas, ahora por un tranquilo jubilado. Cuando ello pasaba, ambas relajaban sus piernas para aparentar estar realizando algún tipo de ejercicio, y para no llamar la atención demasiado. Y cuando el “peligro” pasaba, el regreso a la pugna era terriblemente doloroso para ambas bellezas. Hacía minutos que habían esperado el desmoronamiento del vigor de las piernas rivales, pero ello no ocurría; al contrario, el duelo se alargaba indefinidamente en una espiral de angustia y frustración.

Finalmente, mirándose a los ojos, ambas se dieron una muda tregua. Dejando de presionar, ambas suspiraron audiblemente. Lentamente, con las piernas intensamente entumecidas, Sirkka y Lena fueron separando sus miembros, ayudándose de las manos. Entonces, sentadas en la hierba, estiraron sus miembros inferiores y los masajearon suavemente, mientras cruzaron miradas rencorosas.

- Espero que tus piernas sepan ahora quien manda –jadeó Lena, mirando con desprecio las piernas de Sirkka.
- Desde luego que lo saben –gruñó la finlandesa, mirando con una mueca de asco las extremidades inferiores de la sueca-. Saben que ellas son las que mandan.
- Veo que no sabes cuándo reconocer los fracasos –replicó Lena-. Quizás quieres volver a poner esas canijas piernecillas contra las mías y volver a sentir mi supremacía.
- Quizás es justo lo que debo hacer para que esa ridícula boquita tuya deje de soltar embustes de mis perfectas piernas –Sirkka concluyó.
Ambas dejaron de masajearse las piernas, pero ni una ni otra se movió más allá de ello. A pesar de sus parrafadas, ninguna se sentía con fuerzas para empezar de nuevo un duelo de sus largas piernas. Demasiado agotadas para ello, simplemente se miraron retadoramente a los ojos.
- ¿Aún quieres darme ese abrazo que me prometiste? –dijo repentinamente Sirkka, encarando la contienda hacia otro lugar. Lena sonrió.
- ¿Quieres dármelo tú? –Lena se inclinó adelante, arrodillándose, y Sirkka la imitó.

Ambas echaron una rápida mirada final al pecho rival. Sus camisas claras, a causa del sudor, no ocultaban demasiado bien el pecho de las chicas. Así, ambas vieron con claridad el sostén de la nórdica que la encaraba –blanco el de Sirkka, azul el de Lena-, mientras abrían sus brazos a la contrincante. Deseando haber visto más de las otras tetas, las rubias cerraron sus brazos alrededor del otro cuerpo lleno de curvas y estrujaron con delicadeza sus orbes redondos. Un suave quejido lujurioso salió inesperadamente de sus labios, mientras sus agotadas piernas temblaban sobre sus rodillas.

“Al fin”, pensó Lena. Había ansiado tanto saber cómo eran en realidad esos bonitos pechos de Sirkka… y ahora podía sentirlos. Y como ella, la finlandesa también se alegró al tantear con sus orbes las tetas de la sueca. Ambas sintieron sus propios pezones estirarse ante la excitación del momento, al tiempo que empezaban a notar a los pezones puntiagudos rivales traspasar sus propias camisetas de tirantes.

- Ahora verás… -susurró Sirkka, moviendo su hombro derecho adelante para clavar su pezón en la teta izquierda de Lena. Pero fue en ese momento, cuando la sueca en respuesta también movió uno de sus hombros, cuando una niña apareció repentinamente. Al verla, ambas quedaron paralizadas. Sus bellos rostros enrojecieron como volcanes, mientras la pequeña, de unos diez años, las miraba.
- ¿Qué ha pasado? –dijo la niña con una voz muy infantil-. ¿Se ha caído? –dijo, señalando a Sirkka, que ante la impresión de la repentina aparición, se había inclinado más abajo que Lena.
- Eh… -empezó Lena-, sí. Sí. Pobrecita, se ha caído y estaba abrazándola porque llora con mucha facilidad –dijo la sueca, mirando con sorna a Sirkka ahora. La finlandesa sonrió, pero sus ojos estallaron en odio mientras se levantaba, deshaciéndose del abrazo.
- No pasa nada, pequeña, esta señora –Lena frunció el cejo al oír la palabra “señora”-, me ha ayudado, pero no estaba llorando.
- Por poco –susurró malévolamente Lena, y ambas intercambiaron una corta mirada pasional de aborrecimiento, antes de que la sueca se dirigiera directamente al sendero, despidiéndose de la pequeña con una sonrisa y de Sirkka con una nueva mirada desafiante. La finlandesa observó la parte trasera del cuerpo de su enemiga, sin darse cuenta de la cháchara de la pequeña.
Lena salió de la ducha, envuelta en una toalla. Su cabeza también estaba liada con una, para secar su rubio cabello. Descalza, se sentó en el sofá, mirando sus piernas. Estaban doloridas, y ahora que se fijaba, algo enrojecidas por la zona de los tobillos y los muslos. Al tocarse, notaba unas pequeñas palpitaciones, y una sensación de agarrotamiento.
- Esa furcia finlandesa –masculló en su lengua, sin dejar de pensar en su particular duelo con Sirkka esa misma mañana.
- No, de verdad, no tengo ganas de salir hoy –decía Sirkka al teléfono a una amiga-. Estoy cansada, sí. Mañana nos veremos en Carnaval, eso te lo aseguro.

Colgando el teléfono, la finlandesa se dejó caer en la cama. Sus piernas estaban agotadas, algo lastimadas y en varias partes enrojecidas. Y sabía que todo era culpa de esa zorra sueca. Esa noche no saldría para recuperarse, pues sabía –y deseaba- que la rivalidad entre ambas sólo había empezado, y todo iría a más.
Lena terminó su desayuno, y salió a la calle. Como cada mañana, la sueca atrajo las miradas de los transeúntes. Vestida con ajustados vaqueros, camiseta de tirantes rosa y sandalias, Lena llevaba su rubio cabello suelto, cayendo más allá de sus hombros.
La chica llegó al supermercado, y tras coger una cesta empezó a llenarla con leche, pasta, pan y legumbres. Lena decidió darse un capricho, e ir a por algún dulce. Llegando al pasillo de la bollería, dudó entre ese croissant de chocolate o aquel donut relleno de mermelada.
- ¿Quieres meter más grasa AÚN en ese cuerpo fofo tuyo? –oyó la sueca a su lado, y antes de girarse ya supo de quién se trataba-. Los productos light están allí, no aquí.

- Sirkka –sonrió falsamente Lena, mirando a su recién llegada rival. La finlandesa estaba espléndida con sus ceñidos vaqueros, su camisa celeste que dejaba a la vista parte de su liso vientre y sus sandalias. Su bello cabello dorado, como el de Lena, estaba suelto-. Vaya, no soy la única que buscaba grasa para su cuerpo –Lena alzó la barbilla con orgullo, señalando con ella la cesta de la finlandesa-. ¿O esa napolitana no tenía como destino tu culo gordo?
- Mi cuerpo puede permitírselo –sonrió Sirkka, mientras ambas mantenían las apariencias ante todos los compradores. La finlandesa miró de arriba a abajo el cuerpo de la sueca, en silencio-. ¿Cuánto pesas, cariño?
- ¿Cuánto pesas TÚ, cariño? –replicó Lena, perdiendo la sonrisa durante unas milésimas de segundo. Si esa zorra quería comparar cada detalle de sus cuerpos, ella estaba dispuesta.

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