11 Abr

Relatos eróticos: Noche de Carnaval: Sirkka vs Lena (parte 1/8)

Sirkka estaba harta de esa arpía sueca. No podía creer que Lena le hubiera quitado el papel protagonista de la obra de teatro “Romeo y Julieta”. Esa zorra había hablado con el director de la representación, y ahora sería la sueca la que interpretaría a Julieta junto a Hans, que haría de Romeo. Si el que el papel hubiera llegado a ella era bastante doloroso e irritante, el que su ex novio fuera la pareja artística de Lena era, realmente, insoportable. La odiaba por ello.

Realmente ella había cortado la relación con el alemán cuando, tras haberse mudado a Berlín, habían estado saliendo casi seis meses. Estaba cansada de sus paranoias y, sobre todo, de que su concepto de fidelidad fuera tan “liberal”. Pero aún así, le molestaba mucho que esa zorra barata fuera a ponerle las manos encima, y fuera a besarlo. No estaba enamorada de él ya, pero una especie de vínculo de propiedad era lo que sentía en su interior. Y sí, celos también. Celos cada vez que los veía en por la universidad, hablando juntos de la obra.

Sirkka seguía pensando en ello ese viernes, víspera de la fiesta de Carnaval. El sol estaba en lo más alto del cielo, haciendo a su cuerpo en movimiento sudar. La guapa finlandesa hacía “footing”, como todas las semanas, en el enorme parque Schlossgarten. Cruzado por diversas aguas, y con numerosos árboles y plantas, el lugar era un silencioso espacio donde disfrutar de la naturaleza. Sirkka cruzó un pequeño puente de madera en su ligera carrera, vestida con una camiseta blanca ajustada, de tirantes, unas mallas oscuras y unos calcetines claros. Su blanco calzado deportivo apenas sonaba en el camino de tierra, mientras su cabello rubio estaba atado en una simple coleta que se bamboleaba de un lado a otro al ritmo de su cuerpo en movimiento.

Sirkka, desde luego, no pasaba desapercibida al resto de corredores, ciclista y turistas del parque. Su rostro poseía una belleza angelical, casi virginal. Ojos azules como glaciales, labios dulcemente rosados, sin ser muy gruesos ni muy finos, y nariz perfilada. Sus realmente dorados cabellos tenían un toque casi blanco, resplandeciente. La joven estudiante de teatro de 22 años iluminaba a los que se atrevían a piropearla con su bella sonrisa, mostrando así sus blancos dientes perfectos.

Pero esa sonrisa fue cortada bruscamente, y sustituida por un ceño fruncido. No podía creerlo, pero Lena, esa puta sueca de su misma edad, estaba haciendo “footing” en ese mismo parque, a la misma hora que ella. Iba por su mismo camino, en dirección contraria a ella, e iban a cruzarse en segundos.

Los claros ojos de Sirkka recorrieron rápidamente el cuerpo de su rival, como habían hecho innumerables veces con el mismo resultado: un aumento de sus celos. Tan alta como ella –ambas medían poco más de 1´70-, Lena poseía un cuerpo prácticamente idéntico a ella. Ambas eran atléticamente delgadas, bien marcadas pero sin perder absolutamente nada de su feminidad. Tanto en Lena como en Sirkka destacaban sus largas piernas fuertes, extremadamente bellas y firmes, y principal orgullo de sus cuerpos para ambas junto con sus ojos. Sus vientres planos parecieron endurecerse ante la vista de la otra chica, donde unos pequeños ombligos destacaban por su casi perfecta redondez.

Sus caderas se contonearon más sensualmente, y sus pechos fueron observados en detalle por cada chica desde la lejanía: las dos nórdicas poseían pechos algo más grandes de la media, pero sin ser exagerados. Redondos, bien colocados, compactos. A causa de esa igualdad, ambas siempre habían deseado poder ver los otros pezones y aureolas para desequilibrar el empate técnico. Y ambas creían ciegamente en sus posibilidades. Los brazos de la sueca eran tan delgados como los suyos, pero Sirkka sabía que tendrían una fuerza mayor de la que aparentaban, al igual que sus propias extremidades.

Y el rostro de Lena, era, simplemente, una copia –barata según ella- del suyo propio. Pero había matices que saltaban a la vista de cualquier observador atento, y eran esos matices donde ambas se basaban para creerse más bellas que la oponente: el rubio cabello de Lena era algo menos liso y algo más castaño que el de Sirkka; sus ojos, en lugar de mostrar el azul claro de la finlandesa, mostraban un azul-verdoso; sus labios, idénticos en cuanto a grosor y delicadeza, eran más rojizos en Lena que en los rosados de Sirkka. La nariz de la sueca era levemente más puntiaguda, y la de la finlandesa levemente más ancha. Pero la suavidad del contorno de sus preciosas caras y la misma forma del cráneo volvía a acercarlas, y a hermanarlas, al igual que sus nacarados dientes perfectos que exhibían cuando sonreían.
Pero ahora no era el caso.

Lena estaba disfrutando del caluroso día en Berlín. Había decidido cambiar su rutina, yendo a Schlossgarten a hacer deporte en lugar de al Tiergarten, donde solía hacerlo. Con su camiseta de tirantes azul celeste y sus mallas negras ajustadas a su bello cuerpo, la joven se había colocado sus calcetines azules y su calzado del mismo tono azulón antes de salir de su piso compartido. Ahora, con su rubio pelo recogido en una coleta, recorría el paradisiaco lugar.
Pero esa bella mañana había sido frustrada al girar por esa curva del parque. Allí estaba esa furcia finlandesa, la que no dejaba de mirarla con desprecio en la universidad, la que había querido tener su papel de Julieta, la que había estado saliendo, y acostándose, con Hans. Sólo verla su corazón latía más deprisa, cargado de celos y odio.

Lena no disimuló sus miradas de desprecio y de análisis lanzadas al cuerpo y al rostro de Sirkka, y notó como la otra nórdica tampoco se esforzaba en disimular sus propias miradas. Los labios de Lena hicieron una mueca de asco cuando, al fin, se cruzaron, girando las cabezas y mirándose directamente a los ojos con altivez. Unos metros más adelante, Lena no pudo resistir más su impulso. Giró la cabeza y miró el trasero de Sirkka, y volvió a verlo tan bien formado como siempre. Al volver a mirar adelante, Lena no pudo ver como Sirkka había girado su rostro para observar su trasero, ni pudo ver como una celosa mirada devorada su firme trasero llamativo.
- Puta –masculló Lena, casi presintiendo la mirada de Sirkka.

Sirkka se había parado en un gran césped natural junto a un lago artificial, entre varios árboles, no lejos del camino de tierra. Echándose al suelo, empezó a hacer sus ejercicios de estiramiento. En estos momentos, sentada en el suelo, se estiraba con los brazos para agarrar el pie izquierdo, al final de su pierna estirada sobre el césped. Con gran flexibilidad, logró agarrarla y permanecer en esa posición durante 30 segundos, para entonces cambiar de pierna.

Fue justo entonces cuando un movimiento atrajo su atención. Mirando a su derecha, vio aparecer a Lena entre los árboles, procedente del camino. La reacción de la sueca fue obvia: no se esperaba ver allí a la finlandesa. Sin embargo, no queriendo irse de allí, algo que Sirkka podría tomar como una especie de victoria, Lena empezó a hacer justo a lo que había venido a ese algo apartado sitio: sus propios ejercicios de estiramiento.

Sirkka intentó olvidarse de la sueca, que se había echado al suelo a unos 10 metros de ella. Sin embargo, no pudo evitar mirarla de reojo y ver como hacía su mismo ejercicio. Inconscientemente, ambas entraron en una especie de batalla de aguante, siempre manteniéndose en la posición tensa algo más de lo que el ejercicio realmente requería.

Lena finalmente cambió de ejercicio, espatarrándose en dirección a Sirkka en una especie de reto silencioso, mientras estiraba al máximo sus piernas a ambos lados y con sus dos palmas se echaba adelante con su torso, flexionándose. Sin poder evitarlo, la finlandesa aceptó el desafío lanzado por la sueca e imitó su pose en dirección a ella, repitiendo su mismo ejercicio. Ambas trabaron sus ojos claros mientras siguieron con el ejercicio, aunque a veces alguna de ellas bajaba la vista hacia el otro pecho, intentando ver algo de él cuando sus camisetas de tirantes bajando con sus torsos. Sin embargo, estaban tan ajustadas que era misión imposible.

Notando una enorme caldera ardiente bajo su pecho por la tensión, Sirkka cambió de postura para hacer otro ejercicio de piernas, y Lena la imitó enseguida. Así, de ejercicio en ejercicio, las dos rubias esculturales se retaron una a otra a ser capaces de lograr las mismas posturas. Veinte minutos después, Sirkka decidió dejar ese juego y ver si Lena era capaz de ir un poco más allá.

La finlandesa se levantó, con su cuerpo brillando por el sudor a causa del esfuerzo físico. Entonces empezó a caminar hacia el camino, no sin antes echar por encima del hombro una mirada provocadora a la sueca. Entonces, volvió a hacer “footing” por el camino, intencionadamente de forma más lenta. Como esperaba, Lena apareció a su lado en cuestión de segundos, corriendo a su ritmo. Había aceptado el desafío.

Las dos bellas estudiantes aumentaron levemente el ritmo de carrera, mientras fueron cruzándose con gente a la que las bellezas no pasaban desapercibidas. A veces Lena o Sirkka lanzaba una rápida mirada de soslayo para observar el hermoso perfil de la otra, o el hipnótico rebote de los pechos de la rival. Incluso alguna vez una de ellas se retrasó intencionadamente un paso para poner mirar con envidia el bamboleante culo de la otra muchacha. Sólo una vez ambas giraron sus rostros y se miraron abiertamente a los ojos, pero esta tensa situación duro sólo un par de segundos.

Pocos minutos después, las chicas se detuvieron junto a una fuente de agua potable. Sudando, ambas contuvieron sus jadeos para no demostrar debilidad alguna ante la otra chica. La llegada de las dos llamativas nórdicos desvió muchas miradas de los que allí llenaban sus botellas de limpia agua, o bebían de sus chorros. Las chicas bebieron un poco y finalmente se apartaron del gentío, mientras algunos hombres se deleitaban con sus curvas.

Sirkka llegó hasta un árbol, donde levantó una mano más arriba de su cabeza y la apoyó sobre el tronco. Poniendo su otra mano en su cadera, se giró hacia Lena en actitud femeninamente arrogante. Lena levantó una ceja mientras se colocaba frente a la finlandesa, imitando su postura: una mano al árbol, otra a la cadera. Las nórdicas se miraron a los ojos unos segundos, en silencio.

- ¿Qué tal folla Hans? –habló directa y claramente Sirkka, con una sonrisa en los labios pero con seriedad en los ojos.
- Muy bien, gracias por preguntar –sonrió Lena, que echó una rápida mirada de desprecio al cuerpo de su rival, de arriba a abajo, antes de seguir hablando-. Parece que su última novia le dejo MUY insatisfecho –enfatizó la sueca, mientras la finlandesa sonreía aun más al oírla.
- Escucha, frígida –Sirkka movió su cabeza para ondear su coleta rubia al viento en un movimiento altanero que provocó en Lena una pequeña crispación en sus labios-, si fuera así ¿por qué iba a llamarme varias veces estos días? –la finlandesa fue la que miró ahora con desprecio el cuerpo de Lena- Quizás su novia ACTUAL sea la que no es capaz de satisfacer a un hombre tan básico como él.
- Él no te ha llamado, embustera –Lena se puso seria durante un segundo, para retomar el control de sí misma y volver a sonreír-. Y si lo ha hecho, será para decirte lo que es capaz de hacer una mujer de VERDAD.
- Una mujer de VERDAD es lo que tienes frente a ti, frígi…
- Si vuelves a llamarme eso, zorra, tendré que…
- ¿Qué harás, furcia? –se calentó Sirkka. Ambas se callaron, mirándose con odio a los ojos mientras tranquilizaban sus respiraciones. Sus últimas palabras habían aumentado de tono, y ello había atraído demasiada atención sobre las dos bellezas. Dándose cuenta, Lena decidió llevar a Sirkka a otro desafío, lejos de allí.
- ¿Cómo de rápida eres, Sirkka?
- Lo justo para dejarte atrás, Lena –la finlandesa captó el reto enseguida, y ambas volvieron al camino de tierra, alejándose de la fuente. Caminando un poco, llegaron a otro camino, menos transitado, que se cruzaba con el sendero por el que ahora estaban. Zigzagueante, y vacía, la ruta se abría hasta un pequeño lago.
- Bien, engreída, es hora de ver si eres tan rápida con esas piernecillas tuyas como lo eres con la lengua –dijo Lena, mirando a su rival.
- Sólo una fanfarrona como tú puede confiar en esas patéticas piernas tuyas –replicó la finlandesa, mientras intercambiaban miradas con clara repulsa al otro par de piernas-. ¿Estás lista para ser derrotada?
- ¿Lo estás tú? –concluyó la sueca. Ambas se agacharon levemente, listas para correr-. La primera que pase aquel cartel del lago ganará.
- ¿Qué ganará? –desafió repentinamente Sirkka, mirando a Lena-. ¿Cuál es la apuesta?
Lena miró a Sirkka, desconcertada. No había pensado en ninguna apuesta, simplemente quería humillar a esa arrogante furcia finlandesa. Pero no podía dejar sin contestar la última pregunta sin quedar como una cobarde. Su mirada bajó al pecho de Sirkka.
- Un abrazo –dijo de repente, teniendo una idea sucia-. La ganadora podrá abrazar a la perdedora, sin que ésta pueda replicar.
- Oh, qué bonito, un amistoso abrazo para zanjar esto –sonrió irónicamente Sirkka, mirando el pecho de la sueca-. Acepto.

Ambas volvieron a prepararse, con ese abrazo prometido en la cabeza. Las dos sabían que ocurriría: la vencedora estrujaría el torso superior de la otra, aplastando sus tetas sin oposición. Aún creyendo cada una de ellas que sus pechos eran más grandes, más firmes y más bellos que los de la contrincante, ambas sabían que en un abrazo sin oposición, la humillación y el dolor de sus orbes serían claros. Y no querían vivir con ello.

- Preparados… listos… ¡ya! –gritó Lena, y al unísono empezaron a correr. El oscilante camino de tierra fue de un lado para otro, esquivando árboles y arbustos. A veces, una de ellas tomaba una de las leves curvas demasiado cerrada, y se raspaba con uno de estos arbustos. Gruñendo, sin embargo, seguían.
Ya habían recorrido la mitad de la carrera, cuando empezaron los empujones. Al principio fueron leves choques, hombro a hombro, sin intención. Pero a cada golpe seguía uno de mayor intensidad, e intencionado. Estaban tan igualadas, que la frustración y el ardor del duelo les hizo olvidar toda deportividad. Sólo importaba conseguir ese abrazo que ambas deseaban.

Los últimos metros se abrieron rectos ante ellas. El cartel se acercó rápidamente, y en un último empujón el brazo izquierda de Sirkka se enredó con el derecho de Lena. Tropezando una contra otra, ambas se soltaron de un tirón y tambaleantes, casi cayéndose adelante, recorrieron la recta final. Instintivamente, las dos estiraron sus manos hacia la rival, como si quisieran derribar a la inestable rival. La mano derecha de la sueca y la izquierda de la finlandesa se cerraron juntas, trayendo sus cuerpos cercanos, hasta chocar hombro a hombro y, finamente, caer a tierra. Jadeando de dolor, ambas lograron evitar una caída peor al poner las rodillas y la mano libre debajo de sus cuerpos. Tras unos segundos para recuperarse, ambas alzaron la vista y vieron el cartel del lago. Estaba a un metro detrás de ellas, por lo que lo habían pasado en la caída. ¿Pero quién había ganado?

- He ganado, puta –jadeó Sirkka, sin soltar la mano derecha de la sueca.
- No, he ganado yo, puta –replicó Lena, apretando un poco la zurda de la finlandesa.
Sobre sus rodillas y su mano libre, las muchachas se observaron fijamente, no cediendo ante las palabras de la rival. Una lucha de voluntades se inició, mientras inconscientemente aumentaron el apretón en la otra mano.

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